sábado, 3 de junio de 2017

101. FERROCARRIL HARO - EZCARAY 1971



Había dado por cerrado este blog en el post anterior como quien escribe el último capítulo de un libro sin haber caído en la cuenta de que un blog no es un libro. Once años después de haber empezado a escribir blogs todavía tengo muchas dudas sobre su razón de ser o su futuro. La mayor parte de los que han probado a escribir un blog se han sentido muy orgullosos de poder expresarse sin cortapisas a través de la red, y la mayor parte, también hay que decirlo, han dado por concluida la experiencia y han cerrado sus blogs pasándose a la brevedad e inmediatez de las redes sociales. Yo sin embargo, he llevado un rumbo muy distinto: en vez de cerrárseme, los blogs se me han ido multiplicando, ramificando y creciendo sin parar, hasta un punto en que no sabría decir muy bien si todos juntos podrían formar un organismo (un corpus de conocimiento) o si por el contrario son un cáncer, una patología incurable de la comunicación virtual, más grave aún que la de las redes sociales. Cuando hace seis meses di por concluido este blog supongo que quería asegurarme cuando menos una obra cerrada, pero cuando en los pasados meses he ido visitando algunos lugares memorables, ya había empezado a echarlo en falta para poder poner sus fotos y contar algo de ellos. Ayer mismo, por ejemplo, recorrí en bicicleta la "vía verde" que hace unos años creó el Gobierno de la Rioja sobre los restos del trazado del desaparecido ferrocarril Haro-Ezcaray, y de vuelta a casa me puse a buscar las fotografías que hice cuando lo estaban desmantelando. ¿Cómo fijar este bello recuerdo sacado del cajón? me he estado preguntando esta noche... ¿Cómo compartirlo con quien no lo vio nunca? Pues... volviendo a abrir este blog. Dándole continuidad. No tengo otra fórmula.


Fue al comienzo del verano de 1971, recién acabado el  primer curso de arquitectura, cuando aún no había cumplido los dieciocho años. Me había dejado un amigo una mochila para salir por ahí y ver mundo y lo primero que se me ocurrió fue echarme a andar por la vía del tren entre Haro y Ezcaray, que según había podido ver al paso por la carretera entre Haro y Anguciana, estaban empezando a desmantelar. Antes de que desaparezca del todo, voy a hacer un último viaje por ella, supongo que me dije. Salí de Anguciana en bicicleta a primera hora de la mañana, la dejé a buen recaudo en el portal de la casa de un pariente en Haro, y me bajé al tramo que enlazaba la estación del tren de vía estrecha de Haro con la estación de vía ancha. Allí hice la primera foto, la que encabeza este post: la de un montón de chatarra sobre las vías en el cortado de tierra que enlazaba las dos estaciones. Al no poder seguir hacia la estación de vía ancha, volví mis pasos hacia la abandonada estación de Haro e inicié mi lento viaje a pie hasta Ezcaray. Las puertas de la estación estaban cerradas con tablas y en la cubierta crecían los hierbajos. Antes de llegar al "paso a nivel" con la carretera Haro Anguciana que tantas veces había cruzado de niño eché la vista atrás e hice una foto sobre los restos del encachado de piedra y las traviesas de madera donde ya se habían llevado los raíles. Al fondo se ve la torre de Santo Tomás de Haro.


Más esperanzado que nostálgico debí de seguir mi camino porque bien sabía que por delante iba a tener uno de los tramos más bonitos de todo el recorrido: el paso de la vía por Fuente del Moro y los venajos de Haro.


Mi alegría debió de ser perfecta cuando un poco más adelante descubrí que en ese tramo aún no habían quitado los raíles:


Qué belleza de lugar. Un poco corto para los largos descampados que me esperaban, pero insuperable como inicio. En seguida la vía salía a "la loma" entre Anguciana y Casalarreina.


Pronto iban a desaparecer los árboles y quedar sólo como acompañamiento los postes de los hilos telefónicos. Por la derecha también se ven los primeros postes de hormigón de los tendidos de alta tensión que habían puesto en "la loma".


Como el tren dejaba Casalarreina a la derecha, me imagino que la foto de su estación está hecha hacia atrás. En efecto, la línea de montañas del fondo es la de la sierra de Cantabria y la fila de árboles que se ve delante de ella es seguramente de la carretera entre Haro y Casalarreina. Debía de estar aún habitada por el jefe de la estación porque se ven tiestos sobre el andén y una antena de televisión por el otro lado.


Siguiente parada, Castañares. Se la ve alejada del pueblo. Los árboles de la derecha de la foto serían de la carretera a Santo Domingo. Sólo la caseta de los aseos y un árbol solitario acompañaban al edificio de la estación, similar al de Casalarreina.


Al paso por una curiosa señal me doy la vuelta hacia atrás y vemos que la estación de Castañares no estaba tan sola. Algunas casas o pajares se habían ido acercando a ella.


Próxima parada, Bañares. Esta sí que estaba lejos del pueblo. A más de dos kilómetros y medio. Como el pueblo queda esta vez al Este de la vía, la foto debe de estar también hecha hacia atrás. Otro árbol y la misma caseta de aseos. Dos vías para el cruce de trenes.


Hacia delante, la llanura de Santo Domingo de la Calzada. Ni un árbol. Y el piso bastante áspero para andar. Recuerdo muy bien lo incómodo que fue andar todo el día por la vía.


En Santo Domingo de la Calzada paré a almorzar. La estación tenía otro nivel. Con cantina y todo. Ropa tendida en le primer piso.


Y restos de vagones desmantelados a los que me subí:




Aún me quedaba mucho camino por delante. Santurde y Santurdejo compartían estación:


Por la posición de la montaña, parece que estaba en el lado de Santurde.

La estación de Ojacastro es distinta a todas las demás. No tiene marquesina. Y es la única de las paradas intermedias que aún se mantiene en pie, reconvertida desde hace años en vivienda de vacaciones. Curiosamente no está en el lado del pueblo por lo que para esperar al tren o sacar el billete los viajeros de Ojacastro tenían que cruzar las vías


Entre Ojacastro y Ezcaray encontré a un hombre mayor sacando los tornillos de la vía con una gran llave en forma de T que manejaba sin agacharse. Me paré a hablar con él y me contó que esas mismas tuercas que sujetaban los raíles a las traviesas los había puesto él siendo un chaval. Me ofreció un cigarro de liar con tabaco de picadura y nos sentamos en la vía a descansar un rato. Fue el único encuentro humano en todo el día. Algo así como una aparición. La vida de un hombre fue en esta ocasión más amplia que la vía del tren


En la estación de Ezcaray estaba aún el último vehículo que transitó por la vía. Una especie de autobús diesel al que se le llamaba "el automotor" o también el "Bobadilla" porque el maquinista que lo conducía debía de ser de ese pueblo.


Mi recorrido acabó en la estación de Ezcaray, que también subsiste reconvertida ahora en el bar de un pequeño parquecito. De Ezcaray a Haro volví en el autobús de la tarde. No creo que hubiera muchos autobuses pero de no haber llegado a cogerlo hubiera regresado a Haro en autoestop. En aquella época era la forma en que viajábamos muchos jóvenes. Aquel día, sin embargo, se ve que me debía al transporte público.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

100. LA ESCUELA DE ARTES Y OFICIOS DE LOGROÑO



El destino ha querido que esta fuera mi segunda casa. Y eso ha sido una gran suerte para mí. También va a ser el edificio con el que cierro este blog justo cuando me jubilo de enseñar en la Escuela que alberga. De Artes y Oficios cuando llegué; Superior de Diseño ahora; y Escuela de Arte entre medio. En mi despedida voy a dar una charla sobre los cambios que he visto desde sus muros y ventanas en estos treinta años y hasta puede que hable también de los cambios que el edificio haya podido operar en mí.




Pero a los lectores de este blog simplemente les voy a acompañar en un amable paseo por su interior comentando acaso alguna cosilla y dejándome cientos de historias que podría también contar.



Este es el amplio hall, tan exagerado en sus dimensiones por lo que a función se refiere, como justo y perfecto para el tránsito procesional de la solemne entrada al trabajo de cada día


Hablando del tránsito de acceso, me dejaba atrás el magnífico espacio exterior de acogida entre la calle y la fachada con el pavimento en opus reticulatum y la escalera de cinco peldaños que hace de primer plinto y estancia de la Escuela. 



Me olvidaba también de enseñarles las puertas que diseñaron y construyeron los propios alumnos y profesores de la Escuela en la fragua y taller de forja situado donde ahora está el taller de mantenimiento. 



Qué espacio tan hermoso el del hall. Qué lujo haber pasado por él durante los treinta años de mi vida docente aquí. 



Pero eso no es nada para lo que nos espera al traspasar las dos puertas batientes blancas y acristaladas y llegar a la escalera imperial de acceso al primer piso, el piso en el que se refugió la Escuela de Artes y Oficios cuando la de "Artes Industriales" empezó a crecer y a empujar tanto que casi la echa del edificio.



Pasamos de la planta baja, la de "la Industrial", y seguimos hacia arriba en mi itinerario diario.  




La gran puerta con arco del piso superior da acceso al Salón de Actos. No entramos ahora, como no lo hacemos en el día a día, y lo dejamos para algún evento importante. Como mi charla de despedida, por ejemplo. 



 Al llegar al descansillo del Salón de Actos giramos hacia la derecha y vamos al pasillo de la que ha sido mi última gran Aula: la del taller de Proyectos de Primer Curso de Diseño de Interiores.



Antes de entrar les invito a detenerse en el zócalo de cerámica de Talavera que está ahí desde que se construyó la Escuela a comienzos de siglo XX. Me ha acompañado todos estos años y me ha alegrado mucho la vista. No así ese suelo posterior y reiterativo que colocó el Ministerio poco antes de que yo llegara a la Escuela y del que es mejor olvidarse ahora.



Antes de entrar a mi aula echamos un vistazo a la escalera lateral por la que se sube al taller de Cerámica o se baja al bar. 



En mi aula los alumnos de Cultura del Diseño de Segundo Curso se están contando unos a otros los últimos descubrimientos de todo aquello que suene a cultura y diseño. Es así como enseño ahora: que sean ellos los que se enseñen cosas entre sí.  Mejor no molestar.   



Les paso al cuarto de baño y no para hacer pis sino para contarles que después de mi primer contrato como interino en la Escuela me encargaron un proyecto para la rehabilitación de estos aseos y la recuperación de unos talleres en el sótano para aulas de modelado y vaciado. Opté por el color azul liso del zócalo para los azulejos de suelo y los marcos de las puertas, un azul oscuro que luego se iría extendiendo por toda la Escuela cuando elegí también ese color para los primeros estores que se colocaron en mi aula de diseño y que hemos podido ver en la foto anterior.    



Este es el gran aula de Volumen, el primer espacio por el que se empezó la recuperación del semisótano para la Escuela de Artes y Oficios. 



En el proceso de reconquista sobre los abandonados terrenos dejados por la Industrial le seguiría la gran sala de Exposiciones ubicada bajo el gran patio central, que cuando yo llegué a la Escuela aún estaba llena de cizalladoras, fresadoras, tornos y demás maquinaria de transformación metálica.



Luego se recuperó la nave que hizo la Industrial en medio del patio. Primero fue aula de Dibujo. Yo di aquí uno o dos cursos de Fundamentos de Diseño ya no recuerdo qué años. Ahora veo que la ocupan los de la especialidad de Moda. 



Pero volvamos al piso de arriba porque donde ahora está el ascensor para minusválidos (y... para los movimientos de materiales del conserje y superman del mantenimiento, o sea Ignacio),
 en ese marco de puerta vacío estuvo mi primer aula: el aula de Matemáticas. Y es que fue así: yo entré en la Escuela de Artes y Oficios como profesor de Matemáticas (!)



Con el paso de los años he dado clase en los tres torreones, en las dos grandes aulas de los laterales y en varias de las pequeñas del piso de arriba; pero si tuviera que escoger una, mi aula preferida es la del torreón noreste, la que ocupó antes que yo el escultor Vicente Ochoa, y que ahora ocupa preferentemente Mónica Yoldi, la... futura directora de la Escuela, si todo va bien.



La puerta lateral a la calle Gaona da entrada a una escalera de servicio del ala Oeste que es de lo más útil a nivel de circulaciones. Por ella salimos a comprar suministros a Trazos o entramos al bar que lleva regentando Miguel con una paciencia infinita..., ¡porque aún sigue sin acceso directo a la cocina! 



Ahí están las sillas Toledo de Jorge Pensi y aún queda un par de los taburetes altos de Pep Cortés que supongo que compraría Ricardo González en los años en que apostó también por la modernidad y el crecimiento de la Escuela.  



Los pasillos del sótano parecen la sala de máquinas de un viejo transatlántico. Creo que el color amarillo limón de los tubos de aire acondicionado lo eligió el arquitecto Julián Torres en su breve paso por la Escuela. 



Nos asomamos un segundo a los pasillos del primer piso pero huimos despavoridos. Un gresite gris sustituyó en el zócalo a los originales azulejos de Talavera y no hay forma de que se le vaya a todo este piso el tufo rancio de los años en que estuvo ocupado por la Industrial y luego por el CEP. 



Quien más ha trabajado en estos treinta años por modernizar la Escuela ha sido el arquitecto y compañero Javier Dulín. Primero en el bar, luego en el Salón de Actos, después en la Biblioteca y finalmente en la puerta de entrada a la Sala de Exposiciones. A pesar de que Dulín arriesga siempre y jamás pastichea, la gran estructura espacial de la Escuela se resiste a la modernidad y recibe y acepta las aportaciones de nuestro tiempo como pequeñas piezas de un collage que aún puede dar mucho de sí.  



La vieja Escuela de Artes Industriales y Oficios Artísticos, luego de Artes y Oficios y luego de Arte, se salvó de quedarse en mera "escuela" o "escuelilla" como vaticinaba Félix Reyes, dio el salto a "Superior" y a dar títulos de Grado y hasta de Masters. 



Ahora sí, para acabar este recorrido me hago una selfie con los alumnos de Composición de Primero de Interiores de este último curso del 2016-2017 que ya no terminaré de dar yo. Han salido un poco borrosos pero así es como están en los primeros meses de su formación. Me gustaría de verdad que se fueran aclarando y que el edificio de la Escuela les enseñara lo que ya no les voy a enseñar. Suerte que tienen. 

Bueno, la misma que he tenido yo, porque desde que entré en esta Escuela hasta hoy 30 de noviembre del 2016 en que me jubilo, mi idea de la arquitectura ha cambiado por completo. Ciento ochenta grados. Pues en todo lo relativo a la arquitectura y la ciudad hace tiempo que descubrí, gracias en buena parte a esta Escuela, que más que tener perdida la vista en el futuro hay que estudiar y aprender del pasado. 


lunes, 1 de agosto de 2016

99. LA AGUJA DE PALACIO. LOGROÑO



Ya saben que en este blog mezclo comentarios de arquitectura con notas personales, así que no esperen un artículo sesudo de esos que escriben los historiadores del arte. Simplemente quería responder a la hipotética pregunta de cuál es el edificio que más "me gusta" de Logroño, o... al que más aprecio tengo. E inevitablemente me viene a la memoria un recuerdo muy personal. Tenía yo diez años, mi familia se acababa de mudar de Madrid a Logroño, y en uno de los primeros paseos que di con mi padre por la ciudad me dijo que la aguja de Palacio era un edificio excepcional en España y que no había otro igual. Creo recordar que la fuente de datos que utilizaba era la sabiduría y memoria de su hermano Justo, quien a su vez decía que sus formas tenían que ver, en todo caso, con algún remoto modelo del norte de Europa. Así pues yo no lo asocié nunca con las agujas de las torres góticas ni con los capirotes de nuestras semanas santas, sino con un modelo arquitectónico venido de muy lejos. Sin embargo, con todo lo que he viajado y visto por Europa después, nunca he encontrado un cimborrio parecido y lo que más me ha recordado a nuestra querida aguja de Palacio es la extravagante "flecha" de hierro que le pusieron al cimborrio de la catedral de Rouan a mediados del diecinueve. Busco ahora en internet y tampoco encuentro nada similar, pues la mayoría de los cimborrios están más pendientes de la entrada de la luz al crucero que de lograr una forma exterior tan rotunda. Una forma que se aprecia desde unos cuantos lugares de la ciudad que, por eso mismo, han sido para mí lugares muy singulares. 

Intentando reconstruir aquel paseo que di con mi padre cuando nos trasladamos a vivir a Logroño, el pasado mes de julio del 2016 di otro paseo con mi hija Elena para fijar los puntos de la ciudad desde donde suelo disfrutar de la perspectiva de la aguja de Palacio, y este es el reportaje fotográfico que hicimos. Empiezo por la vista que se tiene desde la embocadura de la plaza Amos Salvador, que es el punto desde el que más veces la veo a lo largo del año:


Me encanta ver su esbelta figura en el estrecho espacio que se abre entre la trasera del palacio de los chapiteles y la casa donde estaba la antigua tienda de la Logroñesa de Armas. Cuando te adentras en el espacio duro y semipeatonal de la plaza, parece como si quisiera esconderse:


En la reconstrucción de la casa, que en un principio querían tirar los arquitectos municipales para abrir una calle entre San Bartolomé y Palacio, han puesto un par de chimeneas que casi la hacen desaparecer de verdad:


Nos adentramos por entre las casas, los porches, las farolas, jardineras, bancos y juegos infantiles de uno de los planes de "reconstrucción" del casco viejo y obtenemos otra fuerte imagen de contraste:


Ay, qué lugar tan desazonante. Pero bueno, al menos hemos llegado a los pies de la aguja y podemos contemplarla de cerca:


No les voy a contar la historia de las reformas que se hicieron en el siglo XVII para evitar su ruina y que dejaron a los ventanales de la corona del cimborrio como paso de palomas . Lo tienen contado en la wikipedia o en las varias guías de arquitectura de Logroño (en la mía, cómo no, hay un comentario irónico sobre la forma local de hacer Historia de la Arquitectura y lo que pueden encontrar si buscan por ahí: pag 65)

Por otra parte, en internet he encontrado el curioso blog de una estudiante riojana aficionada al rugby, abierto tan sólo para contarnos su relación con la iglesia. Enseguida se cansó de la relación, claro, pero ahí ha quedado su blog hasta que le dé a google o a ella misma por quitarlo. María Puy se llama. Ahora prefiere contar sus cosas en facebook. 

Con el regusto del relato sentido de María y sus pinceladas costumbristas sobre los vagabundos que pueblan su entrada, bajamos por el cantón hacia la Rúa Vieja esquivando otros juegos infantiles para ver la aguja con la torre de Raón:


Y nos damos cuenta de que lo singular de "nuestra aguja de Palacio" es que por estar enclavada en el centro de la iglesia es evidente que no quiere nuestra proximidad, y que la mejor expresión de ese deseo es la exagerada forma piramidal con que apunta al cielo. 

Nos alejamos entonces por el ruinoso tramo de la calle Mayor que va hacia el hospital y nos damos la vuelta de vez en cuando a contemplar la aguja:


Mira por dónde que cuando nos paramos a hacer la foto nos percatamos que tras nosotros viene la máxima autoridad de la ciudad, la alcaldesa doña Cuca Gamarra, acompañada del concejal de urbanismo, un guardaespaldas y hasta la policía municipal. Menuda comitiva que traemos detrás. 


Estarán arreglando el casco antiguo, me digo. Les dejamos pasar y la sra Gamarra mira al suelo para no saludarme. Aunque nos veíamos casi todos los días tomando café en el Bar de la Glorieta cuando aún no era alcaldesa, y supongo que sabe bien quién soy, lo cierto es que nunca nos han presentado, y según los protocolos sociales tiene razón en mirar al suelo. Pero también es verdad que hace más de un año le pedí una audiencia para hablarle de mi ilusión de continuar con la Guía de Arquitectura y todavía estoy esperando. Por el fondo de la calle Mayor se asoma la trasera de la torre blanca. Miramos también nosotros al suelo, pero en señal de duelo, y seguimos un poco más adelante hasta el cruce con la calle de la Cadena y del Puente para tomar otro par de vistas de nuestra querida aguja, imágenes inéditas y sólo ahora posibles por la ruina del barrio:



Los omnipresentes bolardos parecen hacer juego o representar una procesión. Vemos por la izquierda que las torres de la Redonda quieren sumarse al funeral.


Aunque nunca se sabe qué es peor, si la ruina o la reconstrucción banal. El Colegio de Médicos de Aurelio Ibarrondo, con sus ventanas de espejos y su excesiva altura nos vuelven a esconder la aguja cuando empezamos a cruzar el Ebro por el puente de piedra. 


Y cuando no son las construcciones de la "rehabilitación" es la nueva vegetación del parque que tanto nos hace añorar las imágenes de la fachada al Ebro que tenía Logroño hace tan sólo medio siglo.


Aún con todo, la aguja de Palacio se sigue asomando por encima del arbolado acompañada a lo lejos por la torre de San Bartolomé y las dos de la Redonda.

Tiramos lo que podemos de teleobjetivo para acercarnos en lo posible a su huidiza figura...


... y finalmente encuentro al final del puente un único punto en el que vuelven a equilibrarse las torres de las tres iglesias (como en las fotos antiguas), aunque en vez de la cuarta, la de Santiago, me sale el mamotreto de la Torre de la Gran Vía. 


El pasado nunca vuelve. Sólo son raíces. O modelos. Pero ahí están: para alegrarnos los paseos por la ciudad. O para hacernos pensar que nadie le ha escrito nunca un poema, aunque la poesía a un famoso ciprés bien podría aplicarse a nuestra aguja de Palacio:

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza...
etc.