lunes, 1 de agosto de 2016

viernes, 1 de julio de 2016

98. ST PAUL EN COVENT GARDEN, IÑIGO JONES, 1631



A mi hija pequeña le debo un libro, pero como no tengo perspectivas de escribir ninguno, le dedico hoy este post porque cuando tenía sólo once años recién cumplidos la hice posar en la columna de St Paul Church en Covent Garden para evocar la transformación que el profesor Higgins hizo de la Hepburn a través del lenguaje en My Fair Lady.


Y mira por dónde que tiene gracia la cosa porque mi hija ha acabado siendo filóloga y enseñando lengua por esas tierras bárbaras de Europa.


Pero dedicatorias aparte, lo que nos interesa en este blog es la arquitectura y el escenario en que se inició dicha transformación: la iglesia de St Paul en Covent Garden, proyectada por Iñigo Jones en la primera mitad del siglo XVII, cuando Inglaterra acababa de ser, también transformada, y para siempre, por el genio teatral de William Shakespeare.

Estudiando en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, hice un viaje de estudios a Inglaterra en la primavera de 1975 dirigido por el catedrático de Urbanismo Manuel Ribas Piera del que guardo un recuerdo imborrable, seguramente porque era uno de esos primeros viajes en los que uno descubre el mundo, pero también porque decidí hacerlo sin cámara de fotos. Una de las noches de los cuatro o cinco días que pasamos en Londres salí a dar un solitario paseo por la zona de Covent Garden y alcanzó a pillarme un buen chaparrón, por lo que me resguardé en el pórtico de St Paul a ver salir la gente del teatro (o de la ópera) compartiendo el espacio con un vagabundo.


Aunque yo sólo tenía veintiún años, ya por entonces había visto la célebre película de George Cukor (1964) y había podido descubrir en el segundo volumen de la Arquitectura del Renacimiento de Leonardo Benévolo la elegancia en el diseño de Iñigo Jones. Probablemente también tuviera en la memoria alguna clase de Rafael Moneo sobre algún aspecto compositivo de dicho edificio que ya no logro recordar.


Digo bien, "aspecto compositivo" y no lectura historicista del mismo. Y la diferencia es esencial: porque Moneo no enseñaba historia sino arquitectura, y mientras que la mayor parte de la gente (el noventa y nueve por ciento de lo que podamos leer) ve los edificios antiguos y no saben hacer con ellos otra cosa que historia, Moneo nos descubrió que antes de que Le Cobursier y la Bauhaus abolieran las columnas y los ornamentos también había habido arquitectura, y que esforzándonos un poco, podíamos aprender mucho de ellos. Lo más importante. Lo mejor. Sus más interesantes virtudes: el espacio, la elegancia, la impronta, la proporción, la mezcla de elementos aúlicos y vernáculos o los trucos de composición.


Volví a Londres en mayo del 2004 dirigiendo esta vez un viaje de mi Escuela de Diseño y llevé allí a mis alumnos a dibujar. Y también a mis colegas profesores, los javieres:


Y si me tocara otra vez pasar por Londres, es seguro que no dejaría de visitar tan curiosa obra de arquitectura porque el misterio de sus proporciones y la sobriedad de sus decoraciones me siguen teniendo embobado.


Lejos del envaramiento del texto de Benévolo o del otro texto del mismo estilo que tenía a mi alcance antes de internet (el de Christian Norberg Schulz del volumen de Aguilar), leo ahora en la red algunas anécdotas más sabrosas que nos aproximan a los entresijos de la construcción del templo, como la del encargo de Lord Bedford a Iñigo Jones pidiéndole que no hiciera la iglesia mucho mejor que un granero, y la respuesta de Jones: Then you shall have the handsomest barn in England.



Como era de esperar, el otro tratadista que nos faltaba, Summerson, lleva el agua al molino del ejercicio arqueológico de los estilos clásicos diciendo que se trata de una reinvención de lo etrusco, lo que nos sitúa en la pista de los estupendos viajes de Jones por Italia y nos devuelve a la historia, los estilos y otras cosas sin mayor interés. Por eso, lo más jugoso del asunto puede que esté en las razones urbanísticas y especulativas del nuevo trazado a la hora de renovar esta parte de la ciudad, y la respuesta de Iñigo Jones creando el doble juego de una plaza italiana por delante (donde luego se construiría el famoso mercado) y un recoleto jardín por detrás.



De las tres veces que he estado en su porche no había entrado nunca a su interior, pero eso nos lo soluciona internet en un plis plas. No es un granero ni es el Banqueting Hall, pero decoraciones aparte es un espacio luminoso y dignísimo.


Y tampoco había estado en el jardín trasero, carencia la mía que vuelvo a arreglar echando mano de esta inagotable fuente de información. Hasta las plantas, las fachadas y secciones encuentro ahora en internet. Qué lujazo.










Prefiero no comentar mucho y que seáis los lectores quienes recorráis el edificio a partir de todo el material que pongo aquí, pero como yo también soy nuevo en la mayor parte de sus elementos no puedo dejar de acompañaros en la sorpresa que me produce el juego de las puertas de entrada, la inversión de la posición de la cabecera o la transición entre la noble piedra del gran pórtico hacia la modestia del ladrillo, mezclándolo todo en la fachada trasera y metiendo las campanas dentro del frontón (!!!) con el nuevo dios Cronos por delante y por detrás.


Una primera aproximación a un edificio no debe hacerse nunca sin mencionar sus medidas, pero como de los planos no se pueden obtener, me voy a la regla de Google Earth para descubrir (con la imprecisión lógica de la herramienta) que la planta la forman dos cuadrados de 21,5 m de lado, por lo que su longitud total es de 43 metros, y que el jardín trasero es otro cuadrado de justamente 43 por 43 metros (!).


No sé si volveré a sentarme en la basa donde Audry Hepburn encontró a su Higgins, pero lo que tengo claro es que en internet he encontrado una fuente de sabiduría que suple con creces a toda mi librería y que es capaz de complementar con una eficacia sin precedentes a todos los viajes que podamos hacer. Un placer haber vuelto a St Paul de Covent Garden, haber viajado al siglo XVII y  saludar cordialmente a Iñigo Jones. Una alegría también compartirlo con ustedes gracias a internet. Y la gran satisfacción de dedicarle este post a mi hija Elena.

miércoles, 1 de junio de 2016

97. PASEO EN BARCO AL ESTE DE ESTOCOLMO



En junio hará veinte años que organicé un viaje de arquitectos a Estocolmo con extensión a Uppsala y a los Brucks, colonias del acero cercanas a esta ciudad de Suecia. Con tanto tiempo por medio trato de recordar el acontecimiento arquitectónico más importante de aquel viaje y compitiendo con algunos célebres capítulos de la Historia de la Arquitectura como el Cementerio de Enskede (edLHD 13), la famosa Biblioteca de Gunnar Asplund, el Ayuntamiento de Ragnar Otsberg o el museo Skansen, creo que me quedaría con en el paseo que hicimos en barco la tarde del día 10 de junio por la salida de Estocolmo hacia el mar.


Todo comenzó inocentemente como un rato de relax sobre el agua y de despreocupación respecto de la arquitectura; pero cuando el sol fue cayendo lentamente, como lo hace por aquellas latitudes y en esas fechas, y las casitas de vacaciones construidas en el borde las islas que dan al gran paso de los barcos hacia el mar, fueron como incendiándose de luz, tuve que sacar la cámara de fotos varias veces para certificar luego que lo que estaba viendo no era un sueño.


Es inevitable volver al farragoso artículo de Heidegger sobre Construir, Pensar y Habitar, para recoger cuando menos las palabras que coaligan la tierra y la construcción en el ejemplo del puente porque casi sin querer aparecen también el agua y finalmente la noción de lugar. El agua como elemento fundamental para la vida o medio idóneo para la comunicación mediante la navegación es a su vez la manifestación del espacio más diáfano y la negación del lugar, pero quizás por ello, es en su exclusivo contacto con la tierra donde se dan las mejores condiciones para que se produzca el feliz acontecimiento de la humanización del espacio, es decir, de la arquitectura.


En el plano meramente técnico, era lógico pensar que toda esta zona no podía estar afectada por un régimen de mareas y que el nivel del agua se ha mantenido constante durante mucho tiempo.


Y como urbanistas y arquitectos tampoco podíamos dejar de preguntarnos por la sociedad tan armónica o por la normativa tan perfecta que ha creado semejante redistribución de las casas por la línea costera sin aglomeración alguna; y por la belleza y sencillez de unas viviendas construidas en madera según patrones y colores tradicionales.


Cuando el barco de paseo se aproximaba más a las casas podíamos apreciar también el juego compositivo y de escalas entre el cuerpo principal de las mismas  y su embarcaderos.


Tan emocionado estaba contemplando la capacidad de la arquitectura para humanizar la tierra y crear verdaderos lugares, que los ferrys de las líneas regulares del Baltico que pasaban ocasionalmente parecían alterar la escala del mundo de las cosas, de la misma forma que lo hacen los bloques de vivienda masiva.


Llegado a cierto punto o cierta hora de la tarde, el barco dio la vuelta y regresamos a Estocolmo mientras el sol parecía no querer ponerse nunca.


Cuando volvimos del viaje a Suecia, organizamos en el Colegio de Arquitectos una exposición con las fotografías de los viajeros y algunos textos que las juntaran o articularan en unos paneles. Ya entonces me ocupé de presentar el asunto de las relaciones de Estocolmo con el agua y lo hice apuntando a tres temas: el de la obsesión veneciana, el de las infraestructuras de transporte y el de este magnífico paseo en barco por la periferia (v artículo en UNA VOZ EN UN LUGAR). Las fotos de los viajeros se quedaron en los paneles y el artículo que confeccioné para esa recopilación de textos que no encontró editor, no tenía ilustraciones. La verdad es que yo hice pocas fotos (aún no se había inventado la cámara digital) y me salieron bastante chapuceras. Recuerdo que la luz nórdica le hizo varias jugarretas al fotómetro automático de mi cámara y que por haberlas hecho en formato diapositiva las copias en papel aún perdieron más calidad. Pero aún así las considero un verdadero tesoro: porque a pesar de su deficiente calidad expresan mejor que ninguna otra cosa los inciertos y borrosos caminos que emprenden la memoria y el pensamiento después de las experiencias y sus sensaciones más concretas.

Al salir en barco hacia el este de Estocolmo y meterse el sol por occidente, la ciudad compacta se convierte en una mera silueta negra mientras que las casas aisladas junto al agua brillan cual estrellas de arquitectura.

domingo, 1 de mayo de 2016

96. EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA



Hablo en este blog de euforias arquitectónicas o de emociones urbanas, y eso mismo es lo que he vuelto a sentir este mes de abril al llegar a Segovia y toparme con su acueducto.


Una alegría que probablemente esté en que su grandeza no haya que buscarla únicamente en su carácter de gran infraestructura, sino más bien en su nivel de detalle. Por eso he puesto la imagen de las piedras de un pilar antes que la foto de la gran arquería que hace de puerta y tamiz de la ciudad. Porque hay una mezcla en esa imagen de la perfección geométrica humana y de la irregularidad formal producida por el propio material  o por el paso del tiempo, en cuya simbiosis está la clave de la belleza de la arquitectura. O de su alegría. Geometría por un lado, y vicisitudes del tiempo por otro.


A nivel de detalle tiene además el Acueducto otra pieza que me causa especial simpatía: la moldura decorativa que va estableciendo los pisos y cambios de tamaño de los pilonos. Una tontadita ornamental de esas de las que la modernidad abominó en su día olvidando que las molduras sirven para "modular", y que la modulación arquitectónica es la clave de la humanización de un gran edificio.


En su zona central el acueducto tiene un primer piso como de cimientos o de adaptación al terreno. Luego dos pisos iguales de cinco o seis sillares cada uno, y a partir de ahí, un esbelto piso que se estira hacia arriba para dar arranque a los arcos.


Unos arcos que en la desnudez de sus dovelas muestran como ninguna otra pieza de arquitectura la magia de la geometría contra la ley de la gravedad.


Parecen tan frágiles esos arcos del primer nivel que las molduras de las pilastras del segundo no se atreviesen a cargar sobre ellos y se quedan con un simple pie hacia delante apoyado en unas pocas piedras de la  plementería que hacen maravillas para encajar entre los arcos.


Sólo en la zona central las molduras que hacen de base de las pilastras del segundo piso se prolongan y unen entre sí para dar soporte a ese frontispicio simbólico que consigue centrar la composición de un artefacto que se extiende por el valle hasta perderse en sus requiebros.


Llama poderosamente la atención también que el remate superior sea de opus incertum, como si no fuera con el resto del acueducto, como si guardara la forma de una acequia excavada en la tierra. Toda esa gigantesca obra de arquitectura es el soporte de un humilde hilo de agua.


La curiosidad se apodera de nosotros y corremos a uno y otro lado para ver ese pequeño río que ha dado pie a obra tan grandiosa. Y por el camino vamos viendo cómo el organismo del acueducto se hace más modesto, más tosco, más cercano a nosotros y a las casas que le rodean.


Es entonces como uno de esos toros altivos que dominan todo el espacio a su alrededor, y que al sentirse cansados requiebran y permiten que los mozos se le vayan acercando.



Pasamos por la zona destruida por los moros y reconstruida en el renacimiento con unos arcos que hablan de otros tiempos, otra sensibilidad:


Y al final llega a nuestra altura, jugamos con él, inclina la cabeza y somos hasta más altos que su primer arco:



Nos quedamos a solas con su modesta acequia de mampostería y llegamos no sin cierta emoción hasta el final actual, donde en sus tiempos acabaría empotrado en la tierra y donde ahora ha sido cercenado para dar paso a la ampliación de las calles de la nueva ciudad.


Meto entonces la cámara de fotos para poder estar en el motivo y esencia de tan gran arquitectura:


Y nos volvemos al punto de partida para seguir disfrutando ahora de los diferentes juegos que el acueducto hace con la ciudad: sirviendo de final de perspectiva de todas esas piezas que se apiñan en la ciudades en ladera,


Haciendo de cortina de sol y sombra con el sol de la mañana:


O recibiendo los últimos rayos de sol de la tarde, como las montañas que rodean las ciudades:


Segovia es una ciudad herida de gravedad por el fenómeno del turismo, la pérdida de sentido de sus numerosos edificios nobles o religiosos (qué tristeza da entrar en su helada catedral negocio, por no hablar del desolado espacio anterior a sus pies). Segovia es otra de esas ciudades que se vacían a sí mismas convirtiéndose en museos y cayendo en una peatonalización generalizada que menoscaba su Plaza Mayor y se hace más hiriente en la avda Fernández Ladreda (foto de arriba). Segovia es una ciudad al servicio o en venta al visitante, lo que da en general bastante pena. Pero la contemplación y el diálogo con su acueducto le devuelve a uno la sencilla alegría de la arquitectura. Y quién sabe, si hasta la esperanza.

viernes, 1 de abril de 2016

95. LA EUFORIA DE LA GRAN CIUDAD



No estoy muy seguro pero creo que fue el arquitecto limeño Augusto Ortiz de Ceballos el que me contó hace años, mientras compartíamos piso en Barcelona, que cuando los indios bajaban a Cuzco y se quedaban boquiabiertos ante su catedral, se les acercaban ciertos timadores ofreciéndosela en venta. No sé si la historia es cierta ni si fue Augusto el que me la contó, pero lo que sí recuerdo es que yo me sentí muy identificado con la emoción o euforia que podían sentir los indios primitivos de las montañas o de la selva ante la gran arquitectura, y ante la gran ciudad.


Habiendo pasado mayormente mi infancia en un pueblecito riojano de quinientos habitantes que apenas empezaba a salir del neolítico, me mandaron a estudiar el bachillerato a Santoña, en la provincia de Santander. A las siete de la mañana cogía un tren en Haro que llegaba a Bilbao entre las nueve y las diez; y hasta las 3 de la tarde no salía el tren de vía estrecha a Santander que me debía llevar a Cicero-Santoña, por lo que tenía entre cuatro o cinco horas para aburrirme en la espera. ¿Aburrirme? No, eso nunca. Recuerdo muy bien que con once o doce años me aventuraba a recorrer la Gran Vía de Bilbao porque había allí un par de edificios que me fascinaban, y que de haber habido algún timador, igual me los hubieran vendido. Eran unas sedes bancarias con unas grandes columnas que recorrían sus fachadas causándome una emoción mayor incluso que las de la gran arquitectura religiosa. Una especie de euforia de la gran ciudad que el mes pasado, cuando volví por unos días a Barcelona pastoreando a nuestros alumnos, volví a experimentar con la misma déjà vu que Proust con su magdalena.

Pues bien, ya que me he puesto a hacer un blog con los edificios de mi vida, justo es que eche un vistazo a las guías de arquitectura para homenajear cuando menos a los hombres que habían hecho aquellos grandes edificios. Me entero así, que el edificio que ahora ocupa el BBVA cuya foto he puesto arriba, fue el Banco del Comercio y su arquitecto, el vizcaíno Pedro Guimón. En aquella gloriosa época de las grandes ciudades no había que recurrir a arquitectos japoneses o de California para hacer chirlos con sus firmas. Está datado en 1919.



No tan vistoso como el anterior o algo más separado del viandante porque el zócalo de la gran columnata de la fachada tiene la altura de toda la planta baja, el otro edificio por el que se me iba la vista era el entonces Banco Hispano Americano, ahora Banco de Santander, situado un poco más cerca de la estación de tren, y del que mirando la Guía de Arquitectura de Bilbao me entero que lo hizo el arquitecto Manuel Ignacio Galíndez, también vizcaíno, entre 1945 y 1952, o sea, que cuando yo lo vi, tenía poco más de diez de años de vida (!!!). ¡Era contemporáneo mío!. Entre arquitectos, Galíndez en mucho más conocido por ser el autor del edificio de la Equitativa del año 1932, por aquellos que apuntaba maneras "racionalistas" o "modernas"; pero ese tipo de adoctrinamientos estilísticos vendría mucho después. Mi Galíndez es el de la euforia de la gran ciudad, el de la arquitectura con grandes columnas del edificio de la Gran Vía.


Puesto ya a unir puntos de mi vida en torno a grandes arquitecturas, no puedo dejar de mencionar que habiendo acabado ya la carrera de arquitectura, es decir, habiendo sido adoctrinado en las teorías de la modernidad, según las cuales todos estos edificios con columnas eran anticuallas sin valor, me tocó hacer la mili en Madrid, concretamente en la Agrupación Obrera y Topográfica del Ejército de Tierra cuyo cuartel estaba en la calle Barquillo, por lo que para acceder a ella desde la boca del metro de Plaza España, tenía que pasar todos los días por delante del edificio del entonces Banco Central (en origen Banco Español de Río de la Planta y ahora sede del Instituto Cervantes) que a mí me traía el recuerdo (y la emoción) de los dos grandes edificios de Bilbao. Antonio de Palacios y Joaquín de Otamendi fueron sus arquitectos y 1911 la fecha que da la Guía de Madrid.

La euforia que experimenté al llegar a Barcelona el mes pasado no se debió a ningún edificio en concreto de tantos como conozco de esa ciudad, pero puestos a evocar, expresar o comunicar mejor esa misma misma sensación, me viene a la mente el artículo que escribí en este mismo blog sobre la Barcelona más Universal. Les dejo el enlace por si no lo leyeron en su día.