lunes, 1 de agosto de 2016

99. LA AGUJA DE PALACIO. LOGROÑO



Ya saben que en este blog mezclo comentarios de arquitectura con notas personales, así que no esperen un artículo sesudo de esos que escriben los historiadores del arte. Simplemente quería responder a la hipotética pregunta de cuál es el edificio que más "me gusta" de Logroño, o... al que más aprecio tengo. E inevitablemente me viene a la memoria un recuerdo muy personal. Tenía yo diez años, mi familia se acababa de mudar de Madrid a Logroño, y en uno de los primeros paseos que di con mi padre por la ciudad me dijo que la aguja de Palacio era un edificio excepcional en España y que no había otro igual. Creo recordar que la fuente de datos que utilizaba era la sabiduría y memoria de su hermano Justo, quien a su vez decía que sus formas tenían que ver, en todo caso, con algún remoto modelo del norte de Europa. Así pues yo no lo asocié nunca con las agujas de las torres góticas ni con los capirotes de nuestras semanas santas, sino con un modelo arquitectónico venido de muy lejos. Sin embargo, con todo lo que he viajado y visto por Europa después, nunca he encontrado un cimborrio parecido y lo que más me ha recordado a nuestra querida aguja de Palacio es la extravagante "flecha" de hierro que le pusieron al cimborrio de la catedral de Rouan a mediados del diecinueve. Busco ahora en internet y tampoco encuentro nada similar, pues la mayoría de los cimborrios están más pendientes de la entrada de la luz al crucero que de lograr una forma exterior tan rotunda. Una forma que se aprecia desde unos cuantos lugares de la ciudad que, por eso mismo, han sido para mí lugares muy singulares. 

Intentando reconstruir aquel paseo que di con mi padre cuando nos trasladamos a vivir a Logroño, el pasado mes de julio del 2016 di otro paseo con mi hija Elena para fijar los puntos de la ciudad desde donde suelo disfrutar de la perspectiva de la aguja de Palacio, y este es el reportaje fotográfico que hicimos. Empiezo por la vista que se tiene desde la embocadura de la plaza Amos Salvador, que es el punto desde el que más veces la veo a lo largo del año:


Me encanta ver su esbelta figura en el estrecho espacio que se abre entre la trasera del palacio de los chapiteles y la casa donde estaba la antigua tienda de la Logroñesa de Armas. Cuando te adentras en el espacio duro y semipeatonal de la plaza, parece como si quisiera esconderse:


En la reconstrucción de la casa, que en un principio querían tirar los arquitectos municipales para abrir una calle entre San Bartolomé y Palacio, han puesto un par de chimeneas que casi la hacen desaparecer de verdad:


Nos adentramos por entre las casas, los porches, las farolas, jardineras, bancos y juegos infantiles de uno de los planes de "reconstrucción" del casco viejo y obtenemos otra fuerte imagen de contraste:


Ay, qué lugar tan desazonante. Pero bueno, al menos hemos llegado a los pies de la aguja y podemos contemplarla de cerca:


No les voy a contar la historia de las reformas que se hicieron en el siglo XVII para evitar su ruina y que dejaron a los ventanales de la corona del cimborrio como paso de palomas . Lo tienen contado en la wikipedia o en las varias guías de arquitectura de Logroño (en la mía, cómo no, hay un comentario irónico sobre la forma local de hacer Historia de la Arquitectura y lo que pueden encontrar si buscan por ahí: pag 65)

Por otra parte, en internet he encontrado el curioso blog de una estudiante riojana aficionada al rugby, abierto tan sólo para contarnos su relación con la iglesia. Enseguida se cansó de la relación, claro, pero ahí ha quedado su blog hasta que le dé a google o a ella misma por quitarlo. María Puy se llama. Ahora prefiere contar sus cosas en facebook. 

Con el regusto del relato sentido de María y sus pinceladas costumbristas sobre los vagabundos que pueblan su entrada, bajamos por el cantón hacia la Rúa Vieja esquivando otros juegos infantiles para ver la aguja con la torre de Raón:


Y nos damos cuenta de que lo singular de "nuestra aguja de Palacio" es que por estar enclavada en el centro de la iglesia es evidente que no quiere nuestra proximidad, y que la mejor expresión de ese deseo es la exagerada forma piramidal con que apunta al cielo. 

Nos alejamos entonces por el ruinoso tramo de la calle Mayor que va hacia el hospital y nos damos la vuelta de vez en cuando a contemplar la aguja:


Mira por dónde que cuando nos paramos a hacer la foto nos percatamos que tras nosotros viene la máxima autoridad de la ciudad, la alcaldesa doña Cuca Gamarra, acompañada del concejal de urbanismo, un guardaespaldas y hasta la policía municipal. Menuda comitiva que traemos detrás. 


Estarán arreglando el casco antiguo, me digo. Les dejamos pasar y la sra Gamarra mira al suelo para no saludarme. Aunque nos veíamos casi todos los días tomando café en el Bar de la Glorieta cuando aún no era alcaldesa, y supongo que sabe bien quién soy, lo cierto es que nunca nos han presentado, y según los protocolos sociales tiene razón en mirar al suelo. Pero también es verdad que hace más de un año le pedí una audiencia para hablarle de mi ilusión de continuar con la Guía de Arquitectura y todavía estoy esperando. Por el fondo de la calle Mayor se asoma la trasera de la torre blanca. Miramos también nosotros al suelo, pero en señal de duelo, y seguimos un poco más adelante hasta el cruce con la calle de la Cadena y del Puente para tomar otro par de vistas de nuestra querida aguja, imágenes inéditas y sólo ahora posibles por la ruina del barrio:



Los omnipresentes bolardos parecen hacer juego o representar una procesión. Vemos por la izquierda que las torres de la Redonda quieren sumarse al funeral.


Aunque nunca se sabe qué es peor, si la ruina o la reconstrucción banal. El Colegio de Médicos de Aurelio Ibarrondo, con sus ventanas de espejos y su excesiva altura nos vuelven a esconder la aguja cuando empezamos a cruzar el Ebro por el puente de piedra. 


Y cuando no son las construcciones de la "rehabilitación" es la nueva vegetación del parque que tanto nos hace añorar las imágenes de la fachada al Ebro que tenía Logroño hace tan sólo medio siglo.


Aún con todo, la aguja de Palacio se sigue asomando por encima del arbolado acompañada a lo lejos por la torre de San Bartolomé y las dos de la Redonda.

Tiramos lo que podemos de teleobjetivo para acercarnos en lo posible a su huidiza figura...


... y finalmente encuentro al final del puente un único punto en el que vuelven a equilibrarse las torres de las tres iglesias (como en las fotos antiguas), aunque en vez de la cuarta, la de Santiago, me sale el mamotreto de la Torre de la Gran Vía. 


El pasado nunca vuelve. Sólo son raíces. O modelos. Pero ahí están: para alegrarnos los paseos por la ciudad. O para hacernos pensar que nadie le ha escrito nunca un poema, aunque la poesía a un famoso ciprés bien podría aplicarse a nuestra aguja de Palacio:

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza...
etc.

viernes, 1 de julio de 2016

98. ST PAUL EN COVENT GARDEN, IÑIGO JONES, 1631



A mi hija pequeña le debo un libro, pero como no tengo perspectivas de escribir ninguno, le dedico hoy este post porque cuando tenía sólo once años recién cumplidos la hice posar en la columna de St Paul Church en Covent Garden para evocar la transformación que el profesor Higgins hizo de la Hepburn a través del lenguaje en My Fair Lady.


Y mira por dónde que tiene gracia la cosa porque mi hija ha acabado siendo filóloga y enseñando lengua por esas tierras bárbaras de Europa.


Pero dedicatorias aparte, lo que nos interesa en este blog es la arquitectura y el escenario en que se inició dicha transformación: la iglesia de St Paul en Covent Garden, proyectada por Iñigo Jones en la primera mitad del siglo XVII, cuando Inglaterra acababa de ser, también transformada, y para siempre, por el genio teatral de William Shakespeare.

Estudiando en la Escuela de Arquitectura de Barcelona, hice un viaje de estudios a Inglaterra en la primavera de 1975 dirigido por el catedrático de Urbanismo Manuel Ribas Piera del que guardo un recuerdo imborrable, seguramente porque era uno de esos primeros viajes en los que uno descubre el mundo, pero también porque decidí hacerlo sin cámara de fotos. Una de las noches de los cuatro o cinco días que pasamos en Londres salí a dar un solitario paseo por la zona de Covent Garden y alcanzó a pillarme un buen chaparrón, por lo que me resguardé en el pórtico de St Paul a ver salir la gente del teatro (o de la ópera) compartiendo el espacio con un vagabundo.


Aunque yo sólo tenía veintiún años, ya por entonces había visto la célebre película de George Cukor (1964) y había podido descubrir en el segundo volumen de la Arquitectura del Renacimiento de Leonardo Benévolo la elegancia en el diseño de Iñigo Jones. Probablemente también tuviera en la memoria alguna clase de Rafael Moneo sobre algún aspecto compositivo de dicho edificio que ya no logro recordar.


Digo bien, "aspecto compositivo" y no lectura historicista del mismo. Y la diferencia es esencial: porque Moneo no enseñaba historia sino arquitectura, y mientras que la mayor parte de la gente (el noventa y nueve por ciento de lo que podamos leer) ve los edificios antiguos y no saben hacer con ellos otra cosa que historia, Moneo nos descubrió que antes de que Le Cobusier y la Bauhaus abolieran las columnas y los ornamentos también había habido arquitectura, y que esforzándonos un poco, podíamos aprender mucho de ellos. Lo más importante. Lo mejor. Sus más interesantes virtudes: el espacio, la elegancia, la impronta, la proporción, la mezcla de elementos aúlicos y vernáculos o los trucos de composición.


Volví a Londres en mayo del 2004 dirigiendo esta vez un viaje de mi Escuela de Diseño y llevé allí a mis alumnos a dibujar. Y también a mis colegas profesores, los javieres:


Y si me tocara otra vez pasar por Londres, es seguro que no dejaría de visitar tan curiosa obra de arquitectura porque el misterio de sus proporciones y la sobriedad de sus decoraciones me siguen teniendo embobado.


Lejos del envaramiento del texto de Benévolo o del otro texto del mismo estilo que tenía a mi alcance antes de internet (el de Christian Norberg Schulz del volumen de Aguilar), leo ahora en la red algunas anécdotas más sabrosas que nos aproximan a los entresijos de la construcción del templo, como la del encargo de Lord Bedford a Iñigo Jones pidiéndole que no hiciera la iglesia mucho mejor que un granero, y la respuesta de Jones: Then you shall have the handsomest barn in England.



Como era de esperar, el otro tratadista que nos faltaba, Summerson, lleva el agua al molino del ejercicio arqueológico de los estilos clásicos diciendo que se trata de una reinvención de lo etrusco, lo que nos sitúa en la pista de los estupendos viajes de Jones por Italia y nos devuelve a la historia, los estilos y otras cosas sin mayor interés. Por eso, lo más jugoso del asunto puede que esté en las razones urbanísticas y especulativas del nuevo trazado a la hora de renovar esta parte de la ciudad, y la respuesta de Iñigo Jones creando el doble juego de una plaza italiana por delante (donde luego se construiría el famoso mercado) y un recoleto jardín por detrás.



De las tres veces que he estado en su porche no había entrado nunca a su interior, pero eso nos lo soluciona internet en un plis plas. No es un granero ni es el Banqueting Hall, pero decoraciones aparte es un espacio luminoso y dignísimo.


Y tampoco había estado en el jardín trasero, carencia la mía que vuelvo a arreglar echando mano de esta inagotable fuente de información. Hasta las plantas, las fachadas y secciones encuentro ahora en internet. Qué lujazo.










Prefiero no comentar mucho y que seáis los lectores quienes recorráis el edificio a partir de todo el material que pongo aquí, pero como yo también soy nuevo en la mayor parte de sus elementos no puedo dejar de acompañaros en la sorpresa que me produce el juego de las puertas de entrada, la inversión de la posición de la cabecera o la transición entre la noble piedra del gran pórtico hacia la modestia del ladrillo, mezclándolo todo en la fachada trasera y metiendo las campanas dentro del frontón (!!!) con el nuevo dios Cronos por delante y por detrás.


Una primera aproximación a un edificio no debe hacerse nunca sin mencionar sus medidas, pero como de los planos no se pueden obtener, me voy a la regla de Google Earth para descubrir (con la imprecisión lógica de la herramienta) que la planta la forman dos cuadrados de 21,5 m de lado, por lo que su longitud total es de 43 metros, y que el jardín trasero es otro cuadrado de justamente 43 por 43 metros (!).


No sé si volveré a sentarme en la basa donde Audry Hepburn encontró a su Higgins, pero lo que tengo claro es que en internet he encontrado una fuente de sabiduría que suple con creces a toda mi librería y que es capaz de complementar con una eficacia sin precedentes a todos los viajes que podamos hacer. Un placer haber vuelto a St Paul de Covent Garden, haber viajado al siglo XVII y  saludar cordialmente a Iñigo Jones. Una alegría también compartirlo con ustedes gracias a internet. Y la gran satisfacción de dedicarle este post a mi hija Elena.

miércoles, 1 de junio de 2016

97. PASEO EN BARCO AL ESTE DE ESTOCOLMO



En junio hará veinte años que organicé un viaje de arquitectos a Estocolmo con extensión a Uppsala y a los Brucks, colonias del acero cercanas a esta ciudad de Suecia. Con tanto tiempo por medio trato de recordar el acontecimiento arquitectónico más importante de aquel viaje y compitiendo con algunos célebres capítulos de la Historia de la Arquitectura como el Cementerio de Enskede (edLHD 13), la famosa Biblioteca de Gunnar Asplund, el Ayuntamiento de Ragnar Otsberg o el museo Skansen, creo que me quedaría con en el paseo que hicimos en barco la tarde del día 10 de junio por la salida de Estocolmo hacia el mar.


Todo comenzó inocentemente como un rato de relax sobre el agua y de despreocupación respecto de la arquitectura; pero cuando el sol fue cayendo lentamente, como lo hace por aquellas latitudes y en esas fechas, y las casitas de vacaciones construidas en el borde las islas que dan al gran paso de los barcos hacia el mar, fueron como incendiándose de luz, tuve que sacar la cámara de fotos varias veces para certificar luego que lo que estaba viendo no era un sueño.


Es inevitable volver al farragoso artículo de Heidegger sobre Construir, Pensar y Habitar, para recoger cuando menos las palabras que coaligan la tierra y la construcción en el ejemplo del puente porque casi sin querer aparecen también el agua y finalmente la noción de lugar. El agua como elemento fundamental para la vida o medio idóneo para la comunicación mediante la navegación es a su vez la manifestación del espacio más diáfano y la negación del lugar, pero quizás por ello, es en su exclusivo contacto con la tierra donde se dan las mejores condiciones para que se produzca el feliz acontecimiento de la humanización del espacio, es decir, de la arquitectura.


En el plano meramente técnico, era lógico pensar que toda esta zona no podía estar afectada por un régimen de mareas y que el nivel del agua se ha mantenido constante durante mucho tiempo.


Y como urbanistas y arquitectos tampoco podíamos dejar de preguntarnos por la sociedad tan armónica o por la normativa tan perfecta que ha creado semejante redistribución de las casas por la línea costera sin aglomeración alguna; y por la belleza y sencillez de unas viviendas construidas en madera según patrones y colores tradicionales.


Cuando el barco de paseo se aproximaba más a las casas podíamos apreciar también el juego compositivo y de escalas entre el cuerpo principal de las mismas  y su embarcaderos.


Tan emocionado estaba contemplando la capacidad de la arquitectura para humanizar la tierra y crear verdaderos lugares, que los ferrys de las líneas regulares del Baltico que pasaban ocasionalmente parecían alterar la escala del mundo de las cosas, de la misma forma que lo hacen los bloques de vivienda masiva.


Llegado a cierto punto o cierta hora de la tarde, el barco dio la vuelta y regresamos a Estocolmo mientras el sol parecía no querer ponerse nunca.


Cuando volvimos del viaje a Suecia, organizamos en el Colegio de Arquitectos una exposición con las fotografías de los viajeros y algunos textos que las juntaran o articularan en unos paneles. Ya entonces me ocupé de presentar el asunto de las relaciones de Estocolmo con el agua y lo hice apuntando a tres temas: el de la obsesión veneciana, el de las infraestructuras de transporte y el de este magnífico paseo en barco por la periferia (v artículo en UNA VOZ EN UN LUGAR). Las fotos de los viajeros se quedaron en los paneles y el artículo que confeccioné para esa recopilación de textos que no encontró editor, no tenía ilustraciones. La verdad es que yo hice pocas fotos (aún no se había inventado la cámara digital) y me salieron bastante chapuceras. Recuerdo que la luz nórdica le hizo varias jugarretas al fotómetro automático de mi cámara y que por haberlas hecho en formato diapositiva las copias en papel aún perdieron más calidad. Pero aún así las considero un verdadero tesoro: porque a pesar de su deficiente calidad expresan mejor que ninguna otra cosa los inciertos y borrosos caminos que emprenden la memoria y el pensamiento después de las experiencias y sus sensaciones más concretas.

Al salir en barco hacia el este de Estocolmo y meterse el sol por occidente, la ciudad compacta se convierte en una mera silueta negra mientras que las casas aisladas junto al agua brillan cual estrellas de arquitectura.

domingo, 1 de mayo de 2016

96. EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA



Hablo en este blog de euforias arquitectónicas o de emociones urbanas, y eso mismo es lo que he vuelto a sentir este mes de abril al llegar a Segovia y toparme con su acueducto.


Una alegría que probablemente esté en que su grandeza no haya que buscarla únicamente en su carácter de gran infraestructura, sino más bien en su nivel de detalle. Por eso he puesto la imagen de las piedras de un pilar antes que la foto de la gran arquería que hace de puerta y tamiz de la ciudad. Porque hay una mezcla en esa imagen de la perfección geométrica humana y de la irregularidad formal producida por el propio material  o por el paso del tiempo, en cuya simbiosis está la clave de la belleza de la arquitectura. O de su alegría. Geometría por un lado, y vicisitudes del tiempo por otro.


A nivel de detalle tiene además el Acueducto otra pieza que me causa especial simpatía: la moldura decorativa que va estableciendo los pisos y cambios de tamaño de los pilonos. Una tontadita ornamental de esas de las que la modernidad abominó en su día olvidando que las molduras sirven para "modular", y que la modulación arquitectónica es la clave de la humanización de un gran edificio.


En su zona central el acueducto tiene un primer piso como de cimientos o de adaptación al terreno. Luego dos pisos iguales de cinco o seis sillares cada uno, y a partir de ahí, un esbelto piso que se estira hacia arriba para dar arranque a los arcos.


Unos arcos que en la desnudez de sus dovelas muestran como ninguna otra pieza de arquitectura la magia de la geometría contra la ley de la gravedad.


Parecen tan frágiles esos arcos del primer nivel que las molduras de las pilastras del segundo no se atreviesen a cargar sobre ellos y se quedan con un simple pie hacia delante apoyado en unas pocas piedras de la  plementería que hacen maravillas para encajar entre los arcos.


Sólo en la zona central las molduras que hacen de base de las pilastras del segundo piso se prolongan y unen entre sí para dar soporte a ese frontispicio simbólico que consigue centrar la composición de un artefacto que se extiende por el valle hasta perderse en sus requiebros.


Llama poderosamente la atención también que el remate superior sea de opus incertum, como si no fuera con el resto del acueducto, como si guardara la forma de una acequia excavada en la tierra. Toda esa gigantesca obra de arquitectura es el soporte de un humilde hilo de agua.


La curiosidad se apodera de nosotros y corremos a uno y otro lado para ver ese pequeño río que ha dado pie a obra tan grandiosa. Y por el camino vamos viendo cómo el organismo del acueducto se hace más modesto, más tosco, más cercano a nosotros y a las casas que le rodean.


Es entonces como uno de esos toros altivos que dominan todo el espacio a su alrededor, y que al sentirse cansados requiebran y permiten que los mozos se le vayan acercando.



Pasamos por la zona destruida por los moros y reconstruida en el renacimiento con unos arcos que hablan de otros tiempos, otra sensibilidad:


Y al final llega a nuestra altura, jugamos con él, inclina la cabeza y somos hasta más altos que su primer arco:



Nos quedamos a solas con su modesta acequia de mampostería y llegamos no sin cierta emoción hasta el final actual, donde en sus tiempos acabaría empotrado en la tierra y donde ahora ha sido cercenado para dar paso a la ampliación de las calles de la nueva ciudad.


Meto entonces la cámara de fotos para poder estar en el motivo y esencia de tan gran arquitectura:


Y nos volvemos al punto de partida para seguir disfrutando ahora de los diferentes juegos que el acueducto hace con la ciudad: sirviendo de final de perspectiva de todas esas piezas que se apiñan en la ciudades en ladera,


Haciendo de cortina de sol y sombra con el sol de la mañana:


O recibiendo los últimos rayos de sol de la tarde, como las montañas que rodean las ciudades:


Segovia es una ciudad herida de gravedad por el fenómeno del turismo, la pérdida de sentido de sus numerosos edificios nobles o religiosos (qué tristeza da entrar en su helada catedral negocio, por no hablar del desolado espacio anterior a sus pies). Segovia es otra de esas ciudades que se vacían a sí mismas convirtiéndose en museos y cayendo en una peatonalización generalizada que menoscaba su Plaza Mayor y se hace más hiriente en la avda Fernández Ladreda (foto de arriba). Segovia es una ciudad al servicio o en venta al visitante, lo que da en general bastante pena. Pero la contemplación y el diálogo con su acueducto le devuelve a uno la sencilla alegría de la arquitectura. Y quién sabe, si hasta la esperanza.