domingo, 1 de mayo de 2016

96. EL ACUEDUCTO DE SEGOVIA



Hablo en este blog de euforias arquitectónicas o de emociones urbanas, y eso mismo es lo que he vuelto a sentir este mes de abril al llegar a Segovia y toparme con su acueducto.


Una alegría que probablemente esté en que su grandeza no haya que buscarla únicamente en su carácter de gran infraestructura, sino más bien en su nivel de detalle. Por eso he puesto la imagen de las piedras de un pilar antes que la foto de la gran arquería que hace de puerta y tamiz de la ciudad. Porque hay una mezcla en esa imagen de la perfección geométrica humana y de la irregularidad formal producida por el propio material  o por el paso del tiempo, en cuya simbiosis está la clave de la belleza de la arquitectura. O de su alegría. Geometría por un lado, y vicisitudes del tiempo por otro.


A nivel de detalle tiene además el Acueducto otra pieza que me causa especial simpatía: la moldura decorativa que va estableciendo los pisos y cambios de tamaño de los pilonos. Una tontadita ornamental de esas de las que la modernidad abominó en su día olvidando que las molduras sirven para "modular", y que la modulación arquitectónica es la clave de la humanización de un gran edificio.


En su zona central el acueducto tiene un primer piso como de cimientos o de adaptación al terreno. Luego dos pisos iguales de cinco o seis sillares cada uno, y a partir de ahí, un esbelto piso que se estira hacia arriba para dar arranque a los arcos.


Unos arcos que en la desnudez de sus dovelas muestran como ninguna otra pieza de arquitectura la magia de la geometría contra la ley de la gravedad.


Parecen tan frágiles esos arcos del primer nivel que las molduras de las pilastras del segundo no se atreviesen a cargar sobre ellos y se quedan con un simple pie hacia delante apoyado en unas pocas piedras de la  plementería que hacen maravillas para encajar entre los arcos.


Sólo en la zona central las molduras que hacen de base de las pilastras del segundo piso se prolongan y unen entre sí para dar soporte a ese frontispicio simbólico que consigue centrar la composición de un artefacto que se extiende por el valle hasta perderse en sus requiebros.


Llama poderosamente la atención también que el remate superior sea de opus incertum, como si no fuera con el resto del acueducto, como si guardara la forma de una acequia excavada en la tierra. Toda esa gigantesca obra de arquitectura es el soporte de un humilde hilo de agua.


La curiosidad se apodera de nosotros y corremos a uno y otro lado para ver ese pequeño río que ha dado pie a obra tan grandiosa. Y por el camino vamos viendo cómo el organismo del acueducto se hace más modesto, más tosco, más cercano a nosotros y a las casas que le rodean.


Es entonces como uno de esos toros altivos que dominan todo el espacio a su alrededor, y que al sentirse cansados requiebran y permiten que los mozos se le vayan acercando.



Pasamos por la zona destruida por los moros y reconstruida en el renacimiento con unos arcos que hablan de otros tiempos, otra sensibilidad:


Y al final llega a nuestra altura, jugamos con él, inclina la cabeza y somos hasta más altos que su primer arco:



Nos quedamos a solas con su modesta acequia de mampostería y llegamos no sin cierta emoción hasta el final actual, donde en sus tiempos acabaría empotrado en la tierra y donde ahora ha sido cercenado para dar paso a la ampliación de las calles de la nueva ciudad.


Meto entonces la cámara de fotos para poder estar en el motivo y esencia de tan gran arquitectura:


Y nos volvemos al punto de partida para seguir disfrutando ahora de los diferentes juegos que el acueducto hace con la ciudad: sirviendo de final de perspectiva de todas esas piezas que se apiñan en la ciudades en ladera,


Haciendo de cortina de sol y sombra con el sol de la mañana:


O recibiendo los últimos rayos de sol de la tarde, como las montañas que rodean las ciudades:


Segovia es una ciudad herida de gravedad por el fenómeno del turismo, la pérdida de sentido de sus numerosos edificios nobles o religiosos (qué tristeza da entrar en su helada catedral negocio, por no hablar del desolado espacio anterior a sus pies). Segovia es otra de esas ciudades que se vacían a sí mismas convirtiéndose en museos y cayendo en una peatonalización generalizada que menoscaba su Plaza Mayor y se hace más hiriente en la avda Fernández Ladreda (foto de arriba). Segovia es una ciudad al servicio o en venta al visitante, lo que da en general bastante pena. Pero la contemplación y el diálogo con su acueducto le devuelve a uno la sencilla alegría de la arquitectura. Y quién sabe, si hasta la esperanza.

viernes, 1 de abril de 2016

95. LA EUFORIA DE LA GRAN CIUDAD



No estoy muy seguro pero creo que fue el arquitecto limeño Augusto Ortiz de Ceballos el que me contó hace años, mientras compartíamos piso en Barcelona, que cuando los indios bajaban a Cuzco y se quedaban boquiabiertos ante su catedral, se les acercaban ciertos timadores ofreciéndosela en venta. No sé si la historia es cierta ni si fue Augusto el que me la contó, pero lo que sí recuerdo es que yo me sentí muy identificado con la emoción o euforia que podían sentir los indios primitivos de las montañas o de la selva ante la gran arquitectura, y ante la gran ciudad.


Habiendo pasado mayormente mi infancia en un pueblecito riojano de quinientos habitantes que apenas empezaba a salir del neolítico, me mandaron a estudiar el bachillerato a Santoña, en la provincia de Santander. A las siete de la mañana cogía un tren en Haro que llegaba a Bilbao entre las nueve y las diez; y hasta las 3 de la tarde no salía el tren de vía estrecha a Santander que me debía llevar a Cicero-Santoña, por lo que tenía entre cuatro o cinco horas para aburrirme en la espera. ¿Aburrirme? No, eso nunca. Recuerdo muy bien que con once o doce años me aventuraba a recorrer la Gran Vía de Bilbao porque había allí un par de edificios que me fascinaban, y que de haber habido algún timador, igual me los hubieran vendido. Eran unas sedes bancarias con unas grandes columnas que recorrían sus fachadas causándome una emoción mayor incluso que las de la gran arquitectura religiosa. Una especie de euforia de la gran ciudad que el mes pasado, cuando volví por unos días a Barcelona pastoreando a nuestros alumnos, volví a experimentar con la misma déjà vu que Proust con su magdalena.

Pues bien, ya que me he puesto a hacer un blog con los edificios de mi vida, justo es que eche un vistazo a las guías de arquitectura para homenajear cuando menos a los hombres que habían hecho aquellos grandes edificios. Me entero así, que el edificio que ahora ocupa el BBVA cuya foto he puesto arriba, fue el Banco del Comercio y su arquitecto, el vizcaíno Pedro Guimón. En aquella gloriosa época de las grandes ciudades no había que recurrir a arquitectos japoneses o de California para hacer chirlos con sus firmas. Está datado en 1919.



No tan vistoso como el anterior o algo más separado del viandante porque el zócalo de la gran columnata de la fachada tiene la altura de toda la planta baja, el otro edificio por el que se me iba la vista era el entonces Banco Hispano Americano, ahora Banco de Santander, situado un poco más cerca de la estación de tren, y del que mirando la Guía de Arquitectura de Bilbao me entero que lo hizo el arquitecto Manuel Ignacio Galíndez, también vizcaíno, entre 1945 y 1952, o sea, que cuando yo lo vi, tenía poco más de diez de años de vida (!!!). ¡Era contemporáneo mío!. Entre arquitectos, Galíndez en mucho más conocido por ser el autor del edificio de la Equitativa del año 1932, por aquellos que apuntaba maneras "racionalistas" o "modernas"; pero ese tipo de adoctrinamientos estilísticos vendría mucho después. Mi Galíndez es el de la euforia de la gran ciudad, el de la arquitectura con grandes columnas del edificio de la Gran Vía.


Puesto ya a unir puntos de mi vida en torno a grandes arquitecturas, no puedo dejar de mencionar que habiendo acabado ya la carrera de arquitectura, es decir, habiendo sido adoctrinado en las teorías de la modernidad, según las cuales todos estos edificios con columnas eran anticuallas sin valor, me tocó hacer la mili en Madrid, concretamente en la Agrupación Obrera y Topográfica del Ejército de Tierra cuyo cuartel estaba en la calle Barquillo, por lo que para acceder a ella desde la boca del metro de Plaza España, tenía que pasar todos los días por delante del edificio del entonces Banco Central (en origen Banco Español de Río de la Planta y ahora sede del Instituto Cervantes) que a mí me traía el recuerdo (y la emoción) de los dos grandes edificios de Bilbao. Antonio de Palacios y Joaquín de Otamendi fueron sus arquitectos y 1911 la fecha que da la Guía de Madrid.

La euforia que experimenté al llegar a Barcelona el mes pasado no se debió a ningún edificio en concreto de tantos como conozco de esa ciudad, pero puestos a evocar, expresar o comunicar mejor esa misma misma sensación, me viene a la mente el artículo que escribí en este mismo blog sobre la Barcelona más Universal. Les dejo el enlace por si no lo leyeron en su día.

martes, 1 de marzo de 2016

94. ALDECO, Iguria, Elorrio, Vizcaya



Suele pasar que cuando te enamoras de alguien, por extensión emotiva o expansión territorial, te enamoras también de su lugar de origen. Eso me ocurrió con el País Vasco cuando me tocó pasar por esa tan conocida enfermedad juvenil. Y como lo más genuino del País Vasco en su arquitectura vernácula son los caseríos, yo me enamoré también de uno. No, no era el de mi novia, que era muy urbana, sino el de un tío del marido de mi hermana, también vasco él, concretamente de Elorrio. Viviendo en Bilbao no perdía ocasión de ir a verlo y tengo un recuerdo maravilloso de una vez que estuve a solas con Gregorio Mendizábal, que así se llamaba el inquilino del caserío, y con Angel Igartua, el padre de mi cuñado. Hablaban los dos en un dulce vizcaíno con un acento que nada tiene que ver con el moderno y áspero batúa de inequívoco origen castellano, aunque me costaba bastante oírlos porque eran tan corteses, que en cuando me sentían cerca cambiaban a mi lengua. La mañana en que tomé estas fotos en blanco y negro en el otoño de 1975, hicieron un pequeño fuego en la chimenea para tomar el  amarretako (almuerzo de las diez) con un txintxiburduntzi: chorizo asado pinchado en un palo. Y fue entonces cuando aprendí lo que nunca me había podido imaginar: que un caserío no es una casa, o mejor dicho, que es mucho más que una casa.


Un caserío es sobre todo un espacio de trabajo, un gran almacén y una serie de cuadras para distintos animales que tiene siempre un magnífico espacio cubierto en la entrada donde se corta y se seca la leña o se hacen otras labores agrícolas. O incluso..., se guarda la Lambretta por si da en llover.


Antes que nada, seguramente, un caserío es un lugar y un nombre que acaba por adoptar su inquilino, y así, a Gregorio Mendizábal todos le llamaban Aldeco, porque ese era el nombre del caserío donde tenía sus gallinas, sus conejos y un txarritxu (cerdo) para matar por navidad. Pero la palabra mágica que me hizo pensar que un caserío no es una casa la descubrí cuando quise subir a los sencillos dormitorios del primer piso y escuché que Gregorio y Angel los llamaban "camarotes": como si el caserío fuese un gran barco, pensé, un lugar de trabajo, y las habitaciones para el descanso fueran tan solo esas pequeñas estancias pegadas a la fachada principal que no tenían mayor importancia en la configuración de la casa. "Camarotes", me quedé pensativo, como en los barcos; y nunca se me ha olvidado.

El caserío Aldeco no tenía por entonces ningún tipo de instalaciones modernas y la cocina donde hicimos el txintxiburduntzi era un sencillo fuego bajo. El agua había que ir a cogerla a una fuente cercana, y para lavar los cubiertos empleaban una especie de fregadero que me llamó mucho la atención porque no era más que la piedra ahuecada del alfeizar de la ventana con un agujerito hacia fuera. No recuerdo cuando fue que me empecé a fijar que en la mayoría de casas norteamericanas, los fregaderos estaban siempre debajo de las ventanas. Supongo que fue cosa del cine, en escenas en que se veía a las madres fregando los platos y echando un ojo hacia el jardín donde jugaban los peques o donde se posaban los pájaros que hacen soñar. A esa conjunción entre ventana y fregadero acabé por definirla como un pattern del tipo de los de Alexander y lo llamé, claro está, "fregadero bajo la ventana". Como la asociación entre mi recuerdo del alfeizar de Aldeco con las películas americanas fue posterior a mis visitas al caserío de Iguria, no hice fotos, y por ello lo ilustro ahora con un improvisado dibujillo:


Tengo una foto exterior de esa ventana de la cocina  en la que, si se agudiza la vista, se llega a ver el agujerito de la piedra ahuecada que hacía de fregadero.


Esa sencilla escalera que baja al prado y a la huerta, hizo años después de mi primera visita, las veces de original soporte para una foto del grupo de familiares y amigos que habíamos comido a la sombra del caserío en un caluroso día de verano.



No estoy del todo seguro de eso que dicen que cuando te enamoras de una mujer te enamoras de todas, pero en lo relativo a los caseríos sí que puedo decir que es cierto. Cada vez que voy por el País Vasco me quedo alelado mirando la belleza de sus caseríos. Las más de las veces los veo desde el coche y me quedo con las ganas de parar a hacerles una foto, aunque en caso de parar me daría reparo  tener que dar explicaciones a los aldeanos. Por eso la foto de esta maravilla de caserío de Ochandiano, que tantas veces me asombraba en la vieja carretera a Urquiola creo que la tome de la Arquitectura Popular de Carlos Flores. El gran espacio de trabajo y almacén del portalón ocupa toda la altura fachada y llega hasta la gran cubierta.


En otras ocasiones el portalón se adorna con una columna como símbolo supremo de la arquitectura (tampoco es mía la foto):


Las siguientes dos fotos sí que las hice yo, supongo que en algún paseo por los alrededores de Elorrio. El armazón de madera del "gran barco" con sus "camarotes" en fachada, aparece claramente diferenciado del largo hastial de mampostería que contiene los almacenes y las cuadras, mientras que por el otro lado el caserío tiene la cocina y la salida a la huerta como en Aldeco.




De los trabajos de campo y libros de Carlos Flores para acá supongo que habrá habido muchos estudios sobre los caseríos, pero lo último que sé de ellos por mi cuenta (los sigo viendo poco más que desde las carreteras) es que o están en estado de abandono, como el que se ve junto al peaje de la autopista (foto de google street view)...


... o aún peor, están siendo fruto de "rehabilitaciones" que responden a usos y ocupaciones que poco o nada tienen que ver con sus patterns originales. Durante años he corrido el riesgo de tener un despiste en la autopista a Bilbao por culpa de un bellísimo caserío que tenía al lado un gran corral de similar construcción y textura. Desde que reformaron el caserío ya no quiero ni mirar hacia allí porque me duele el alma de verlo, así que, como tampoco les he hecho nunca foto, pongo la imagen de google street view:


Bueno, yo sólo quería dejar aquí un recuerdo personal del caserío Aldeco en el barrio de Iguria de Elorrio, pero me da que me he liado y que me ha salido un tema que me duele un montón no haber estudiado mucho más. 

lunes, 1 de febrero de 2016

93. EL COLUMBARIO DE NALDA



Decía en el post dedicado a la iglesia de Arroyuelos que a mí nunca me había interesado la arquitectura rupestre..., pero en pocos meses ya he traído aquí dos muestras (v iglesia de Arroyuelo). Supongo que es porque no me interesan como "género", pero tomadas en singular, no puedo negar la emoción arquitectónica que me producen. Especialmente, claro está, por la singularidad del lugar.


El Columbario de Nalda lo tengo a un paso de casa y, sin embargo, han tenido que pasar años y años viviendo en Logroño hasta que me diera cuenta de su existencia. Y no crean que ha sido porque me lo haya recomendado nadie. Simplemente buscaba yo un paseo matinal de domingo de invierno y recorriendo caminos con google earth me he encontrado con esta maravilla.


En el pequeño ascenso desde la carretera hasta el muro de roca donde está ubicado el columbario vemos a lo lejos otras grandes paredes de singular belleza. Es como un gran lienzo curvilíneo (¿aaltiano?) surcado de columnillas verticales y restos de líneas horizontales. Con lo que me da el teleobjetivo de la pocket, me acerco un poco más para que lo vean:


En el camino de retorno del columbario descubriremos un horror urbanístico de lesa magnitud: justo debajo de esas paredes vírgenes han construido un enorme pabellón industrial (!!!). Ay, prefiero no ponerlo aquí y que lo encuentren en el blog MIRA ESTO OTRO. Pero volvamos a esa otra pared horadada por la mano del hombre.

Poco antes de coger la senda que nos lleva hasta el punto de acceso a su interior ya vemos que la última intervención humana ha sido la de iluminarla. Aparte de ello, de unos puntales en las galerías más occidentales y de una escalera de mano en el punto de acceso, no se ve ningún otro signo de "puesta en valor", lo que se agradece enormemente (sobre todo si lo comparamos con lo que andan haciendo en los restos del castillo de Nalda, ay.../ para MIRA ESTO OTRO también).


Por el senderito ese pequeño que se ve a la izquierda de los pinos se llega a la base de la pared y ayudados por la pequeña escalera de madera mencionada, penetramos en su interior.


Mis fotos no hacen verdadera justicia a la belleza del interior y a la limpieza con que los amigos del monumento lo conservan.


De vuelta a casa y al ordenador, he descubierto que el joven periodista riojano Diego Marraco publicó en marzo del 2014 un post en su blog con excelentes fotos del interior. A ellas les remito: enlace aquí. Los arqueólogos e historiadores no se ponen de acuerdo en qué punto deja de ser un eremitorio altomedieval para ser un vulgar palomar, ambigüedad que parece perseguir a la propia palabra "columbario". De lo que no hay duda, sin embargo, es de la belleza del paisaje que se contempla desde sus huecos con ese delicioso camino en primer plano por el que acabamos de llegar.


Un camino que aunque parece que vaya a Nalda, resulta que no es así. Para subir o bajar del Columbario hay dos caminos que bordean un curioso y afilado barranco que, curiosamente, no llega ni a la carretera de Albelda. Y lo mismo pasa con otro barranco paralelo más cercano a Nalda. Para que puedan visitarlo antes de que nuestras derrochadoras instituciones lo llenen de vallas y carteles, les dejo aquí un pequeño croquis del recorrido.


Tanto en el camino que sale junto a una ruidosa fábrica blanca, como en el que sale cien metros más hacia el norte, apenas hay sitio para dejar un coche. Nosotros dejamos el nuestro malamente junto a la fábrica haciendo el circuito en sentido contrario a las agujas del reloj, es decir, subiendo por el camino de la foto y bajando por el que se atisban las fábricas construidas debajo de las paredes aaltianas.

No he encontrado en la red una planimetría de la larga galería. Puestos a gastar dineros públicos, antes que poner vallas, carteles y paneles de interpretación, debería encargarse un levantamiento fidedigno. A ver si hay suerte y me hacen caso.

viernes, 1 de enero de 2016

92. UNITY TEMPLE. 1905-1908. CHICAGO



Esta fotografía de un rincón del Unity Temple de Chicago la tomé en abril de 1990, pero no fue hasta mucho después que empecé a valorar su singularidad y su magisterio. No hacía dos años que había abandonado el ejercicio de la profesión de arquitecto para dedicarme a la docencia y la lectura de filosofía, y aún no había empezado a profundizar en los mecanismos que la decoración tiene para embellecer y transformar un espacio. Cuando poco a poco me fui dando cuenta del papel que la escultura y la pintura tenían dentro de un organismo arquitectónico, de la capacidad de la decoración en significar, subrayar u ornamentar sus paramentos y espacios, y del orden histórico con que se habían sucedido los cambios de actitud hacia todo ello en el siglo XX, esta fotografía iba volviendo siempre al primer plano de mis recuerdos y por supuesto, de mis clases, sorprendiéndome con la inagotable riqueza de volúmenes, colores y formas conseguida con los más sencillos y económicos recursos: pintura en tres colores y unos listones barnizados de madera. Y por si fuera poco todo eso, diez a veinte años antes del neoplasticismo europeo y de las vanguardias de nuestra modernidad.

Pocas imágenes como la de ese rincón muestran hasta que punto es compatible la introducción de la modernidad escultórica dentro de un organismo espacial compuesto en simetría de la manera más clásica. El juego de planos que se produce en el encuentro entre el coro trasero al altar, los dos coros laterales y la escalera que baja al espacio principal de la nave, tiene tanta o más riqueza que la mejor de las descomposiciones en planos efectuadas por los artistas holandeses. Pero no es un juego de planos y volúmenes que afecte a la totalidad del espacio sino que tiene, como siempre ha tenido la escultura, un papel subsidiario respecto de aquel.

Pero si importante y enriquecedor para el conjunto del espacio es ese encuentro de planos y volúmenes en los dos rincones que enmarcan el altar, mucho más sorprendente es el papel que tiene la sencilla decoración de listones y el juego de colores ligado a ellos en la desmaterialización de las esquinas y la separación o enlace de unos planos con otros. Tan relevantes son esos listones de madera, que a falta de escultura o pintura con que decorar un posible retablo, y probablemente sin necesidad de ello por el programa religioso del cliente, son los propios listones de madera, elevados a la condición de tablones, los que ocupan en su sencilla repetición el fondo escénico del templo.

En lo alto de la fotografía vemos también otro de los momentos decorativos mas ricos en Wright que los profesores de arquitectura moderna y exegetas del "maestro" no solían tener mayor interés en mencionar: la ornamentación de las vidrieras. Recuerdo que en aquel viaje a Chicago empecé a coleccionar ventanas decoradas de diversas casas de Wright, desde las de la Robie a las de la Coonley, la Winslow, etc, pero como por aquel entonces economizábamos bastante los disparos fotográficos y en este caso estaban un poco altas, no llegué a hacer un foto de detalle. De todos modos como mirar es ahora tan fácil y barato, pongan en el buscador de google "unity temple windows" y tendrán a la vista todo el repertorio decorativo de las vidrieras de este pequeño edificio.

Un edificio del que las historias de arquitectura solían dar sus rudas imágenes exteriores, más cercanas a un búnker decorado en las aspilleras que a esa caja de bombones del interior. La otra foto que hice en aquella visita de abril de 1990, ya casi la había olvidado.


martes, 1 de diciembre de 2015

91. PROSPECT BOULEVARD, PASADENA. CALIFORNIA



En una de mis últimas noches de insomnio me debió de regurgitar una web que había visto por encima titulada algo así como las diez mejores calles del mundo, o las diez calles más bellas, no sé; y como no soy aficionado a ese tipo de tonterías me olvidé de las otras nueve y me puse a pensar en cuál podría ser la calle más bonita del mundo en la que yo hubiera estado. No recuerdo si me dormí pero lo que es seguro es que no tardé ni medio minuto en hacer que el disco duro de mi memoria me devolviera esta imagen que capturé el 9 de abril del 2004 cuando el autobús que nos llevaba a ver la famosa "casa Miniatura" de Frank Lloyd Wright nos paró en el Prospect Boulevard de Pasadena, California. Mientras el resto del grupo de arquitectos riojanos iba hacia esa extrafalaria y no tan diminuta casa, yo me di la vuelta para fotografiar la bellísima calle por la que habíamos venido. No entiendo de botánica ni de jardinería, así que agradecería que alguien me dijera de qué tipo son los árboles cuyas ramas dibujan esa especie de túnel de fantasía que filtra la fuerte luz del sol de California. Los arquitectos tienden a pensar que  las mejores calles están hechas por las buenas proporciones de la calzada, el diseño de las aceras y la armonía de buenos edificios; y los que votan en las webs de calles más bonitas del mundo suelen hacerlo por algún tipo de uso o anécdota especial que no suele tener nada que ver con los valores anteriores; pero como yo soy un desengañado de la arquitectura, y desde luego, lo del carácter anecdótico de sus usos me parece poco relevante a la hora de dar valor a toda una vía urbana, hace tiempo que pienso que la gracia de una calle está, sobre todo, en su arbolado.


Gracias a Google Street View he podido visitarla de nuevo y me he reafirmado en mi opinión. Comparando las fotos que hago yo para el blog MIRA ESTO OTRO con las que hace Google Street View, suelo admirarme de la verdad que desprenden las fotos neutras e inocentes del coche de google, en las que no pocas veces se aprecia más la fealdad de nuestros pueblos que en mis propias fotos. En este caso han capturado tanta belleza como en mi foto, y debido a las condiciones del sol ha ilustrado quizás mejor que yo ese carácter de filtro homogéneo de la fuerte luz del sol.


Les pongo al final del post el enlace a la localización exacta por si tienen la oportunidad de darse un paseo por ella.

domingo, 1 de noviembre de 2015

90. EL HOSPITAL DE TAVERA, TOLEDO



Nunca he vuelto al Hospital de Tavera después de que lo visitara en diciembre de 1975, pero esta foto que hice entonces y que he puesto aquí como cabecera de este post ha estado siempre rondando por mis carpetas y mesas de trabajo recordándome lo mucho que me impresionó la limpieza y originalidad de tan singular espacio. Educados en la arquitectura de la modernidad, tanto los arquitectos como la gente culta de este país teníamos por costumbre pensar que estos lugares eran coto exclusivo del interés de los Historiadores del Arte y que su destino no podía ser otro que la visita turística en rebaños. Dicho de otro modo: que aunque yo lo visité siendo aún estudiante de arquitectura, en modo alguno pensé que podría allí aprender arquitectura.

Pero como decía, durante años y años esta foto nunca había desaparecido de mi vista, y seguro que esa tozudez de su presencia en recordarme la maravilla de lugares que se pueden conseguir con el arte de construir habrá tenido que ver con mi distanciamiento hacia la arquitectura de nuestro tiempo y mi interés por las arquitecturas "exclusivas" de los historiadores del arte.


Si me enteré en aquella ocasión que detrás de la ejecución de los depurados pórticos que encierran ese doble claustro estaba la figura de ALONSO DE COVARRUBIAS, poco o nada me importó, porque ya por entonces sabíamos que a lo que los Historiadores del Arte llamaban arquitectos era cosa bien distinta de lo que nosotros aspirábamos a ser con nuestros estudios. Es ahora, gracias a internet, que he podido ponerle cara a Alonso de Covarrubias, y nada menos que con los pinceles del El Greco.


En el archivo del propio hospital de Tavera se conserva una planta que según dice Rosario Diez del Corral Garnica (Arquitectura y Mecenazgo, ed Alianza Forma, Madrid 1987, pag 206) "pudiera corresponder al primer proyecto de 1540-41". En el mismo libro, la autora dice algo más adelante que "repetidas veces se ha supuesto que Covarrubias proyectó el hospital con tipología cruciforme que posteriormente no se llegaría a realizar en su totalidad". Más adelante trata también de situar la presencia y autoría "al frente de las obras" de Bartolomé de Bustamente en 1541.


Tengo un gran aprecio por Rosario Diez del Corral porque además de pariente cercana fue justamente la persona con la que mi hermano y yo visitamos el Hospital de Tavera en diciembre de 1975, pero esa manera de ejercer la historia de la arquitectura como si estuviera uno tratando de resolver un caso de Sherlock Holmes, la verdad es que me deja bastante indiferente. Fuera Covarrubias o Bustamante, si alguno de los dos hubiera querido decir al mundo que lo que ahora vemos era obra suya y no del otro, lo hubiera dicho. Pero la autoría y la gloria para la Historia no parece que fueran entonces los valores que tanto se fueron apreciando después. 



Tampoco el arquitecto y académico Luis Cervera Vera nos sacó de dudas sobre el proceso constructivo del Hospital de Tavera en el volumen que le encargaron hacer para la Historia de la Arquitectura Española de editorial Planeta-Exclusivas ediciones de Zaragoza, tomo 3 pag 970. Según cuenta Antonio Fernández Alba en una semblanza que hizo de Cervera y que la wiki  regala con seguir este enlace, para compensar su "acción inmobiliaria" el arquitecto don Luis ejercía de historiador todo lo que podía. Pero ¿no hubiera sido mejor, don Antonio, que hubiera estudiado los edificios de la antigüedad como arquitecto y no como historiador? Bueno, cuando menos nos cuenta en tan grueso volumen que la iglesia del Hospital a la que da acceso y justifica esa airosa galería central que parte el claustro en dos, no tiene nada que ver con Bustamante ni con Covarrubias y que podría ser un trabajo a cuatro manos entre Hernán González y Andrés de Vandelvira. 


Celebro saber ahora (gracias también a los medios informáticos) que Covarrubias era de un pequeño pueblo de Toledo llamado Torrijos y que algo le encargaron que hiciera en su iglesia parroquial ahora chorreada de arena por algún arquitecto moderno presunto restaurador de la antigüedad. 


Como no encuentro mucha relación entre la arquitectura del hospital de Tavera y este organismo tardogótico, entro en su interior (gracias al blog de "adrianmypictures") para cerciorarme de que en el siglo de Covarrubias nuestro renacimiento arquitectónico se hacia también en Toledo con bóvedas de crucería y no con los órdenes clásicos de Brunelleschi en Florencia



 Pero volvamos por el aire al doble patio del Hospital de Tavera para apreciar la perfección de su geometría y el contraste con el caserío del otro lado de la carretera a Madrid. 


No sé la de claustros que habré visitado en mi vida, cada cual con sus rasgos decorativos y su personalidad, pero este de Toledo tan claro y tan florentino le deja a uno verdaderamente perplejo. ¿Cómo es posible que de aquella forma de construir tan dilatada y compleja, con cambios de dirección y de maestros, aquella forma de hacer arquitectura en que la autoría era asunto de tan poca importancia, saliera un lugar tan perfecto?


He echado las reglas de google earth para hacerme una idea de sus dimensiones y poder compararlo con otros: el doble claustro mide aproximadamente 56,5 metros de largo por 36,5 de fondo. Las zonas porticadas están en torno a los cinco metros, de modo que lo que son en sí los ojos al cielo de los patios miden 18 por 26 metros. Ya me gustaría tener también un alzado para dejar por escrito la altura de las columnas, arcos y cornisas de los dos niveles, pero de momento hasta ahí no ha llegado internet. Esta es la planta (un poco deformada por la foto del libro citado) del conjunto del Hospital. Una extraña joya de la arquitectura española. Cosa de magia.