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sábado, 3 de junio de 2017

101. FERROCARRIL HARO - EZCARAY 1971



Había dado por cerrado este blog en el post anterior como quien escribe el último capítulo de un libro sin haber caído en la cuenta de que un blog no es un libro. Once años después de haber empezado a escribir blogs todavía tengo muchas dudas sobre su razón de ser o su futuro. La mayor parte de los que han probado a escribir un blog se han sentido muy orgullosos de poder expresarse sin cortapisas a través de la red, y la mayor parte, también hay que decirlo, han dado por concluida la experiencia y han cerrado sus blogs pasándose a la brevedad e inmediatez de las redes sociales. Yo sin embargo, he llevado un rumbo muy distinto: en vez de cerrárseme, los blogs se me han ido multiplicando, ramificando y creciendo sin parar, hasta un punto en que no sabría decir muy bien si todos juntos podrían formar un organismo (un corpus de conocimiento) o si por el contrario son un cáncer, una patología incurable de la comunicación virtual, más grave aún que la de las redes sociales. Cuando hace seis meses di por concluido este blog supongo que quería asegurarme cuando menos una obra cerrada, pero cuando en los pasados meses he ido visitando algunos lugares memorables, ya había empezado a echarlo en falta para poder poner sus fotos y contar algo de ellos. Ayer mismo, por ejemplo, recorrí en bicicleta la "vía verde" que hace unos años creó el Gobierno de la Rioja sobre los restos del trazado del desaparecido ferrocarril Haro-Ezcaray, y de vuelta a casa me puse a buscar las fotografías que hice cuando lo estaban desmantelando. ¿Cómo fijar este bello recuerdo sacado del cajón? me he estado preguntando esta noche... ¿Cómo compartirlo con quien no lo vio nunca? Pues... volviendo a abrir este blog. Dándole continuidad. No tengo otra fórmula.


Fue al comienzo del verano de 1971, recién acabado el  primer curso de arquitectura, cuando aún no había cumplido los dieciocho años. Me había dejado un amigo una mochila para salir por ahí y ver mundo y lo primero que se me ocurrió fue echarme a andar por la vía del tren entre Haro y Ezcaray, que según había podido ver al paso por la carretera entre Haro y Anguciana, estaban empezando a desmantelar. Antes de que desaparezca del todo, voy a hacer un último viaje por ella, supongo que me dije. Salí de Anguciana en bicicleta a primera hora de la mañana, la dejé a buen recaudo en el portal de la casa de un pariente en Haro, y me bajé al tramo que enlazaba la estación del tren de vía estrecha de Haro con la estación de vía ancha. Allí hice la primera foto, la que encabeza este post: la de un montón de chatarra sobre las vías en el cortado de tierra que enlazaba las dos estaciones. Al no poder seguir hacia la estación de vía ancha, volví mis pasos hacia la abandonada estación de Haro e inicié mi lento viaje a pie hasta Ezcaray. Las puertas de la estación estaban cerradas con tablas y en la cubierta crecían los hierbajos. Antes de llegar al "paso a nivel" con la carretera Haro Anguciana que tantas veces había cruzado de niño eché la vista atrás e hice una foto sobre los restos del encachado de piedra y las traviesas de madera donde ya se habían llevado los raíles. Al fondo se ve la torre de Santo Tomás de Haro.


Más esperanzado que nostálgico debí de seguir mi camino porque bien sabía que por delante iba a tener uno de los tramos más bonitos de todo el recorrido: el paso de la vía por Fuente del Moro y los venajos de Haro.


Mi alegría debió de ser perfecta cuando un poco más adelante descubrí que en ese tramo aún no habían quitado los raíles:


Qué belleza de lugar. Un poco corto para los largos descampados que me esperaban, pero insuperable como inicio. En seguida la vía salía a "la loma" entre Anguciana y Casalarreina.


Pronto iban a desaparecer los árboles y quedar sólo como acompañamiento los postes de los hilos telefónicos. Por la derecha también se ven los primeros postes de hormigón de los tendidos de alta tensión que habían puesto en "la loma".


Como el tren dejaba Casalarreina a la derecha, me imagino que la foto de su estación está hecha hacia atrás. En efecto, la línea de montañas del fondo es la de la sierra de Cantabria y la fila de árboles que se ve delante de ella es seguramente de la carretera entre Haro y Casalarreina. Debía de estar aún habitada por el jefe de la estación porque se ven tiestos sobre el andén y una antena de televisión por el otro lado.


Siguiente parada, Castañares. Se la ve alejada del pueblo. Los árboles de la derecha de la foto serían de la carretera a Santo Domingo. Sólo la caseta de los aseos y un árbol solitario acompañaban al edificio de la estación, similar al de Casalarreina.


Al paso por una curiosa señal me doy la vuelta hacia atrás y vemos que la estación de Castañares no estaba tan sola. Algunas casas o pajares se habían ido acercando a ella.


Próxima parada, Bañares. Esta sí que estaba lejos del pueblo. A más de dos kilómetros y medio. Como el pueblo queda esta vez al Este de la vía, la foto debe de estar también hecha hacia atrás. Otro árbol y la misma caseta de aseos. Dos vías para el cruce de trenes.


Hacia delante, la llanura de Santo Domingo de la Calzada. Ni un árbol. Y el piso bastante áspero para andar. Recuerdo muy bien lo incómodo que fue andar todo el día por la vía.


En Santo Domingo de la Calzada paré a almorzar. La estación tenía otro nivel. Con cantina y todo. Ropa tendida en el primer piso.


Y restos de vagones desmantelados a los que me subí:




Aún me quedaba mucho camino por delante. Santurde y Santurdejo compartían estación:


Por la posición de la montaña, parece que estaba en el lado de Santurde.

La estación de Ojacastro es distinta a todas las demás. No tiene marquesina. Y es la única de las paradas intermedias que aún se mantiene en pie, reconvertida desde hace años en vivienda de vacaciones. Curiosamente no está en el lado del pueblo por lo que para esperar al tren o sacar el billete los viajeros de Ojacastro tenían que cruzar las vías


Entre Ojacastro y Ezcaray encontré a un hombre mayor sacando los tornillos de la vía con una gran llave en forma de T que manejaba sin agacharse. Me paré a hablar con él y me contó que esas mismas tuercas que sujetaban los raíles a las traviesas los había puesto él siendo un chaval. Me ofreció un cigarro de liar con tabaco de picadura y nos sentamos en la vía a descansar un rato. Fue el único encuentro humano en todo el día. Algo así como una aparición. La vida de un hombre fue en esta ocasión más amplia que la vía del tren


En la estación de Ezcaray estaba aún el último vehículo que transitó por la vía. Una especie de autobús diesel al que se le llamaba "el automotor" o también el "Bobadilla" porque el maquinista que lo conducía debía de ser de ese pueblo.


Mi recorrido acabó en la estación de Ezcaray, que también subsiste reconvertida ahora en el bar de un pequeño parquecito. De Ezcaray a Haro volví en el autobús de la tarde. No creo que hubiera muchos autobuses pero de no haber llegado a cogerlo hubiera regresado a Haro en autoestop. En aquella época era la forma en que viajábamos muchos jóvenes. Aquel día, sin embargo, se ve que me debía al transporte público.

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En junio del 2020, el estudioso de ferrocarriles Enrique Díez ha publicado un exhaustivo y detallado vídeo sobre todas las huellas dejadas en el paisaje riojano por el ferrocarril Haro Ezcaray, en el que se incluyen algunas fotografías de este viejo reportaje mío, por lo que me siento muy orgulloso. Este es el vídeo:


lunes, 1 de febrero de 2016

93. EL COLUMBARIO DE NALDA



Decía en el post dedicado a la iglesia de Arroyuelos que a mí nunca me había interesado la arquitectura rupestre..., pero en pocos meses ya he traído aquí dos muestras (v iglesia de Arroyuelo). Supongo que es porque no me interesan como "género", pero tomadas en singular, no puedo negar la emoción arquitectónica que me producen. Especialmente, claro está, por la singularidad del lugar.


El Columbario de Nalda lo tengo a un paso de casa y, sin embargo, han tenido que pasar años y años viviendo en Logroño hasta que me diera cuenta de su existencia. Y no crean que ha sido porque me lo haya recomendado nadie. Simplemente buscaba yo un paseo matinal de domingo de invierno y recorriendo caminos con google earth me he encontrado con esta maravilla.


En el pequeño ascenso desde la carretera hasta el muro de roca donde está ubicado el columbario vemos a lo lejos otras grandes paredes de singular belleza. Es como un gran lienzo curvilíneo (¿aaltiano?) surcado de columnillas verticales y restos de líneas horizontales. Con lo que me da el teleobjetivo de la pocket, me acerco un poco más para que lo vean:


En el camino de retorno del columbario descubriremos un horror urbanístico de lesa magnitud: justo debajo de esas paredes vírgenes han construido un enorme pabellón industrial (!!!). Ay, prefiero no ponerlo aquí y que lo encuentren en el blog MIRA ESTO OTRO. Pero volvamos a esa otra pared horadada por la mano del hombre.

Poco antes de coger la senda que nos lleva hasta el punto de acceso a su interior ya vemos que la última intervención humana ha sido la de iluminarla. Aparte de ello, de unos puntales en las galerías más occidentales y de una escalera de mano en el punto de acceso, no se ve ningún otro signo de "puesta en valor", lo que se agradece enormemente (sobre todo si lo comparamos con lo que andan haciendo en los restos del castillo de Nalda, ay.../ para MIRA ESTO OTRO también).


Por el senderito ese pequeño que se ve a la izquierda de los pinos se llega a la base de la pared y ayudados por la pequeña escalera de madera mencionada, penetramos en su interior.


Mis fotos no hacen verdadera justicia a la belleza del interior y a la limpieza con que los amigos del monumento lo conservan.


De vuelta a casa y al ordenador, he descubierto que el joven periodista riojano Diego Marraco publicó en marzo del 2014 un post en su blog con excelentes fotos del interior. A ellas les remito: enlace aquí. Los arqueólogos e historiadores no se ponen de acuerdo en qué punto deja de ser un eremitorio altomedieval para ser un vulgar palomar, ambigüedad que parece perseguir a la propia palabra "columbario". De lo que no hay duda, sin embargo, es de la belleza del paisaje que se contempla desde sus huecos con ese delicioso camino en primer plano por el que acabamos de llegar.


Un camino que aunque parece que vaya a Nalda, resulta que no es así. Para subir o bajar del Columbario hay dos caminos que bordean un curioso y afilado barranco que, curiosamente, no llega ni a la carretera de Albelda. Y lo mismo pasa con otro barranco paralelo más cercano a Nalda. Para que puedan visitarlo antes de que nuestras derrochadoras instituciones lo llenen de vallas y carteles, les dejo aquí un pequeño croquis del recorrido.


Tanto en el camino que sale junto a una ruidosa fábrica blanca, como en el que sale cien metros más hacia el norte, apenas hay sitio para dejar un coche. Nosotros dejamos el nuestro malamente junto a la fábrica haciendo el circuito en sentido contrario a las agujas del reloj, es decir, subiendo por el camino de la foto y bajando por el que se atisban las fábricas construidas debajo de las paredes aaltianas.

No he encontrado en la red una planimetría de la larga galería. Puestos a gastar dineros públicos, antes que poner vallas, carteles y paneles de interpretación, debería encargarse un levantamiento fidedigno. A ver si hay suerte y me hacen caso.

jueves, 4 de noviembre de 2010

41. TRES LUGARES EN LA RIOJA

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Carlos Muntión, creador y director de la revista riojana Piedra de Rayo, me llamó a finales de la primavera para pedirme que eligiera mis tres lugares favoritos de La Rioja y le mandase alguna foto y un breve comentario de ellos. Su plan era hacer un número de la revista con los lugares elegidos por sus amigos y colaboradores, pero como resultó que cada cual entendió el encargo de forma distinta y el refrito no parecía tener mucho sentido, el proyecto se quedó en eso.

Yo tampoco sabía muy bien en cual de mis blogs ponerlos luego (para que no se me perdieran u olvidaran), porque en vez de los lugares construidos que habitualmente traigo aquí (edificios) mi elección tuvo que ver con tres puntos concretos de la geografía o la naturaleza riojana.

De todos modos, como los lugares me interesan mucho más que los edificios, o como éstos sólo me interesan por su capacidad de señalar, crear y dignificar lugares, creo que esos tres articulitos quedan bien en este blog y hasta es posible que este nuevo enfoque que le dan pueda ayudar a mejorarlo.



GEMBRES



Empeñados en buscar belleza en el campo, los montes, o la Naturaleza, no nos damos cuenta de que vemos en ella, o bien productos artificiales (las fincas agrícolas, los caminos, los bosques de vegetaciones seleccionadas, etc.), o bien las formas de la ruina y del paso del tiempo, es decir, las huellas que van dejando la lluvia, la erosión y el abandono. Visto así, un monte es el resultado de un proceso constructivo orogénico o geológico más o menos rápido, y... millones de años de ruina. 

Yo nunca me había hecho estas reflexiones cuando miraba desde mi pueblo las dos peñas de Gembres, así que en vez de ruina y deterioro siempre me parecieron dos torres clavadas en el monte,  dos edificios recién hechos por la mano del hombre. También el monte de Cellorigo, un poco más al Oeste de las Peñas de Gembres, se me aparecía como un gran castillo almenado, por lo que bastante antes de que aprendiera eso de que ahora la Naturaleza imita al Arte, yo ya lo imaginaba viendo los montes más cercanos. Las Peñas de Gembres no eran sólo las formas caprichosas de un monte sino unos edificios tan singulares de nuestro pueblo como la torre de la iglesia o el castillo.

Ahora que lo digo así, cada una de ellas podría ser el reflejo de estos dos grandes edificios de piedra de mi pueblo, aunque no a simple vista: cuando se miran las dos Peñas de Gembres desde Anguciana piensa uno que, etimológicamente, su nombre tendrá que ver con la palabra “gemelas”, porque su volumen y su altura son prácticamente similares. Sin embargo, cuando se aproxima uno a ellas escorándose hacia Cihuri o Sajazarra, la peña de la izquierda se afila como la torre de la iglesia mientras que la peña derecha se ensancha como la torre del Castillo. 




Más allá de los juegos de la imaginación sobre las relaciones entre las obras de la naturaleza y las del hombre, me resulta emotivo contar que las Peñas de Gembres han llegado a formar parte de mi imaginario hasta el punto de que en cierta ocasión entraron también en el reino de mis sueños, y no precisamente en los de la escalada. Obsesionado y dolido por tanta destrucción del patrimonio arquitectónico de nuestra provincia una noche tuve la pesadilla de que una empresa de extracción de grava había iniciado el derribo de las Peñas. En uno de los fotogramas del sueño llegué a ver cómo las cintas transportadoras del mineral molturado llegaban hasta la mismísima plaza de mi pueblo.

Tengo que decir con cierta tristeza, que parte de la pesadilla se ha hecho realidad: la plaza de Anguciana la han pavimentado este año, no exactamente con caliza molturada, pero sí con unas enormes losas de granito cuyo coste clama al cielo. Así que el único consuelo del despertar es comprobar que las Peñas de Gembres todavía siguen en pié.




EL BARRANCO DE SANTA LUCIA




A los tradicionales deportes de subir cimas y meterse en cuevas se ha unido últimamente el del descenso de barrancos con esa sensación de movimiento y peligro que tiene que provocar el discurrir por las aguas salvajes que pasan entre las paredes de las gargantas. Por desgracia (o mejor, por suerte) el Barranco de Santa Lucía no entrará en el circuito de descenso de barrancos pues excepto durante unas pocas horas al año, justo después de una tormenta en que bajan a turbión, por el lecho de su profunda hondonada en V tan solo se ve un hilillo de agua.

El barranco de Santa Lucía pertenece más bien a una serie de lugares riojanos donde la erosión de las aguas crea unas heridas y pone al descubierto unas carnes tan rojas como las nuestras o, en general, como las de los mamíferos. El barranco de Santa Lucía muestra, como algunos otros lugares de esta región, que bajo una fina piel verdosa la tierra tiene el color de nuestra sangre y quizás también sus deseos y pasiones.


En los escasos cuatro kilómetros que tiene se pueden diferenciar tres zonas. En su nacimiento se hace patente más que en ninguna otra parte la sensación de herida o de tajo. Justo un poco más abajo del pueblo de la Villa, bajando por el camino que va a Santa Lucía, las agrestes erosiones superficiales de la ladera Norte del Cerro del Castillo dan lugar a una profunda hendidura que acongoja por dos razones: la primera por la sorpresa del tajo; y la segunda, ay, porque aún hay gente en la zona tan guarra e incivilizada que tira en ese punto sus escombros y basuras.



Un poco más abajo de esa herida infectada, se adivinan las trazas de un camino que desciende al mismo fondo del barranco. Es un punto excelente para adentrarse en su interior y recorrerlo longitudinalmente, al menos hasta otro camino que lo cruza a la altura del pueblo de Santa Lucía. Es un sendero salvaje con no demasiadas emociones o dificultades pero que por estar por debajo de la piel de la tierra nos permite durante un rato sentir de cerca sus palpitaciones interiores.

Cuando el barranco llega a Santa Lucía recomiendo subir  por el camino de enfrente para admirar la gran fachada rojiza sobre la que parece asentarse el pueblo. Si eso se hace al atardecer de un día de primavera, el intenso color rojo de la tierra y el juego de luces y sombras de las pequeñas cárcavas perpendiculares al barranco ofrece un cuadro bellísimo.


Desde ese punto hasta su desembocadura en el Jubera hay aún otros dos kilómetros por recorrer. Las mejores paredes se sitúan esta vez en las curvas del lado norte, por donde rezuma el agua que se filtra de la gran finca de “la Lomba” hasta bien entrado el verano.

Si no fuera por el peligro que tienen las declaraciones hechas por la Administración yo sugeriría protegerlo y declararlo“Parque Natural”; pero mejor pasar la voz y visitarlo en el silencio y soledad que ofrece durante todos los días del año. 






BOCA DE OJA




Uno de los momentos más felices del comienzo del verano de aquellos años de nuestra infancia era estudiar cómo habían dejado el río de Anguciana las crecidas del invierno, y cuáles iban a ser los pozos favoritos para bañarnos ese año. Los caprichos del movimiento de la glera bajo las furiosas aguas de las avenidas del río y sus choques o remolinos con alguno de los accidentes casuales que encontraban a su paso, como unos árboles caídos o unos gaviones de protección recién hechos por el Ayuntamiento, hacían que cada año el río fuera nuevo y distinto al del año anterior.  Bien es cierto que las losas de arenisca de su margen izquierda aseguraban tres o cuatro puntos fijos donde seguramente habría “pozo”, como en Zarra, Viñas Viejas o Taranco, pero como esos lugares se los sabía todo el mundo e iban a estar muy concurridos, nosotros preferíamos los de temporada y descubiertos por nosotros mismos.


Como todo el mundo sabe, el río Oja y el río Tirón se juntan un poco más abajo del paso de este último por Cihuri, o también, un poco más arriba del punto en que ambos, con sus aguas ya juntas, pasan por Anguciana. Pues bien, nuestra exploración se solía acabar justo en ese punto, en boca de Oja, donde el choque entre ambas aguas aseguraba que también allí habría siempre un pozo. Un pozo, a la sazón muy divertido, ya que al traer el Oja las aguas un poco más frescas que las del Tirón, el baño tenía (y tiene) el aliciente del  jugueteo térmico.

Hace un par de años traté de repetir aquella experiencia infantil recorriendo el río de arriba abajo y casi se me rompe el alma. Por una parte, el Oja sigue siendo un río salvaje y sin represar en cabecera, y por otra, el pequeño embalse de Leiva tampoco le ha quitado los bríos estacionales al Tirón, así que todavía nuestro río puede seguir haciendo de las suyas a la altura de Anguciana. Ahora bien, a su paso por el pueblo lo han encauzado en línea recta con unos gigantescos pedruscos traídos de no se sabe donde que causan auténtico dolor. Y allí donde no pasa por el pueblo, el abandono de las orillas por la ausencia de pastoreo y el descuido de las salciñas y los árboles caídos, hacen que el río parezca una ruina. Imposible por tanto de recorrerlo y de bañarme en algún pozo recoleto y solitario, no me quedó otra opción que ir al siempre seguro pozo de Boca de Oja. El del jugueteo de las aguas a diferentes temperaturas. 


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viernes, 29 de octubre de 2010

40. LA CASA FAMILIAR EN ANGUCIANA, La Rioja.

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No me urgía traer aquí, entre las casas de mi vida, la casa familiar de Anguciana, porque la tenía por un valor seguro e imperecedero. Pero como habrá podido ver el lector de Cascotes, el asedio a que ha sido sometida últimamente por el “diseño” de los alrededores (ingeniería de tráfico en la carretera, y pavimentación y mobiliario de arquitectos en la nueva plaza, Cascotes 146 y 155) me ha hecho pensar mucho en ella, seguramente porque lo mejor de esa casa era su ubicación, es decir, “sus alrededores”.

Aunque ahora todos la tengan por la casa de los Diez del Corral en Anguciana, nada más falso porque la casa era de los Angulo, concretamente de una hermana soltera de mi abuela, Milagros Angulo, y según tengo oído, debió de ser su padre, Ricardo Angulo, quien le dio el empaque con que ha llegado a nuestros días a base de unir dos o tres viejas casas rurales, regularizar la posición de sus tres balcones a la plaza y construir una gran galería al sur. Cuando yo era un renacuajo, la solterona tía Milagros moraba en solitario en esa inmensidad de habitaciones acompañada por su sobrina y hermana de mi padre, Pilar Diez del Corral Angulo, también soltera, quien a la postre heredaría la casa. La tendencia de mi pade a no perder las raíces con su pueblo fue lo que hizo que poco a poco fuéramos entrando nosotros a habitar esa casa, bien pasando los veranos con las dos tías, o como en mi caso, quedándome en solitario o con algún otro hermano a pasar los inviernos y estudiar así mis primeras letras en la escuela del pueblo.

Pero vinculaciones familiares aparte, lo que me interesa ahora es mirarla con “ojos de arquitecto” para descubrir todos esos valores que ahora ignoran o desprecian “los arquitectos”. Y como por razones obvias no voy a descubrir su interior más que a rasgos generales, la mirada que quisiera compartir con los amantes de la arquitectura que aquí vienen, es la del exterior, y hacerlo en un doble sentido: en la forma en que se ve la casa desde el pueblo y en la forma en que se ve el pueblo desde la casa. Es decir, la enorme sensación de presencia y de vida en el pueblo que posee esa casa.


Sin ser gran cosa, la fachada es como un orgulloso esfuerzo de poner orden y geometría donde no lo había. Y esa es para mí, o esa ha sido siempre para mí, la arquitectura, la gran arquitectura.

Por dentro las cosas no son tan claras porque no hay ni una habitación que tenga los ángulos rectos. Escandalizado hace muchos años porque siendo arquitecto yo no hubiera levantado una planta fidedigna de la misma, me puse a ello, y tengo que confesar que ante las irregularidades de las cotas acabé por desistir. La única medida que en verdad me interesó es la de las alturas de los techos, inusualmente baja en sus dos plantas vivideras (se toca el techo con la mano), y similares por tanto a las casas de Wright o Le Corbusier. La planta baja, donde estaban el granero y las cuadras, o la planta bajocubierta, caótico desván, tienen alturas superiores, cumpliéndose así el pattern (Alexander) de “variedad en la altura de techos”


Otro gran gesto de ordenación arquitectónica por parte de su artífice fue la construcción de la doble galería al sur, verdadero captador de energía solar para caldear la casa (¡ahora se diría que sostenible!).

De esa galería ya hablé y puse una foto en el LHD a propósito de la ilustración del pattern “sol dentro”  donde también apunté que, sin embargo, el constructor se quedó un poco corto en la anchura de la misma no llegando al pattern que propone Alexander para las así llamadas “habitaciones exteriores”. La galería de la casa de los Medranos en Anguciana tenía una anchura mucho más útil y la de mi casa en Logroño (foto en la mencionada entrada del LHD) también.



Bien como captador de sol, pero floja como habitación exterior, lo mejor de la galería es su presencia en el jardín. Porque esa es otra pieza maestra de la arquitectura de esa casa, el jardín de “tapias altas” (otro de mis patterns favoritos de Alexander).

Hace unos cuantos años leí en alguna estúpida normativa urbanística redactada por arquitectos la expresa prohibición de hacer jardines con tapias altas. Menuda memez. Seguro que quien redactó esa normativa no había estado jamás en un lugar como el jardín de mi casa de Anguciana, un verdadero oasis en el mismo centro del pueblo gracias también a la colaboración jardinera de mi padre que cuando empezó a coger las riendas de la casa le dio sombra con tres hermosas acacias y lo forró de enredaderas.




Otro de los patterns de que hizo gala en su día fue el de “banco a la entrada de la casa”, en concreto, bancos, dos, por aquello del empaque geométrico.


Desaparecieron con un arreglo de la fachada y con las posteriores aceras de la plaza. Pero quién iba a imaginar a dónde iríamos a parar en esto de los bancos... (v. Cascote 155)

Pero vayamos ya a las vistas desde la casa porque es gracias a ellas donde se siente verdaderamente la presencia del pueblo en su interior. Sus seis balcones, abiertos a la zona triangular de la plaza siempre la han mirado como de soslayo y por eso el foco de atención de la fachada norte siempre tira a lo alto del campanario de la iglesia, y en concreto a la contemplación del nido de las cigüeñas.



Y ya que traigo otra vez a colación la presencia de los animales en la vida del pueblo, no está de menos contar que desde siempre las abejas han elegido uno de los balcones centrales de nuestra casa para enjambrar, y que ahí siguen:


El lateral izquierdo de la casa (según se mira de frente) posee unas medias ventanas que se abren al que fuera uno de los puntos más singulares y lleno de vida del pueblo, el desaparecido badén, lugar que mereció por ello una entrada propia en el blog de Anguciana. Y esta es la vista que puse allí.



Pero la vista más secreta y oculta que se tiene desde la casa, es la que ofrece un ventanuco del desván abierto a un patio situado en su medianil oeste. Como es la habitación más escondida de la casa, siempre fue mi preferida para refugiarme allí a leer y, de paso, a contemplar casi a hurtadillas, las almenas de la que durante un par de generaciones fuera, en efecto, la casa de los Diez del Corral cuando el bisabuelo Justo se casó con la señora del Castillo, doña Pilar Blanco de Salcedo.


Bueno, seguro que me dejo en el tintero un montón de cosas, pero nada me apetece más: pues si hay un pattern que verdaderamente me gusta en materia de arquitectura y que se cumple a la perfección en la casa de Anguciana, es el de ser una casa con innumerables cosas que contar, Una casa siempre “con misterios”.