martes, 26 de mayo de 2009

9. PHILADELPHIA, Chesnut Hills, Casa Venturi

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Hace cinco años estuve en la casa que Robert Venturi proyectó para su madre a comienzos de su carrera profesional, casa que habíamos estudiado palmo a palmo (yo llegué a dibujarla incluso como “proyecto de entrenamiento”) tras leer Complejidad y Contradicción en la Arquitectura. Un dibujo/chiste de Jesús López Araquistain para elhAll sobre las vacaciones de los arquitectos fue el pretexto para mi comentario.

El lector podrá encontrar en el LHD otra entrada sobre aquella misma mañana de arquitectura: lleva por título GRAVES y está dedicada a la estación de ferrocarril que muy cerca de la casa Venturi había construido Frank Furness.

Complemento el texto publicado en elhAll con nueve fotografías de aquella visita y obviamente, reproduzco el chiste de Arrakis




EL ARQUITECTO NUNCA DESCANSA

El chiste de Jesús en este número es de “diez”, así que me he permitido ponerlo como cabecera de esta página y apropiarme del subtítulo. Mi más sincera felicitación.
Pero como los críticos somos siempre muy pesados y encontramos peros donde el “diez” no deja hueco para nada, cuando me lo entregó le dije que se había olvidado de esos otros arquitectos ridículos que nos pasamos las vacaciones en resignado trabajo de peregrinación por las consagradas obras de la arquitectura... (ja ja ja).
Bueno, me dijo, ya habrá otro dibujillo para esos.
Medio en broma, medio en serio, de eso quería escribir yo algún comentario en este hAll de Agosto, porque no sé si es por la edad, por deformación profesional o por algún tipo de obsesión enfermiza, el caso es que haciendo repaso de mis vacaciones de los últimos años, me he visto siempre en la empresa de andar buscando por los rincones más variados del mundo esas casas que los libros de arquitectura nos venden como las más interesantes o las mejores de toda la historia. Bueno, no sólo casas, también hospitales, bancos, edificios de oficinas, escuelas de arte, museos, etc.etc.; pero si traigo a comentario las casas es porque ha sido en ellas donde se ha dado casi siempre la experiencia más deseada y las más frustrante, o sea, la más próxima a la irracionalidad o al chiste.
Y es que una casa, cuando está viva (habitada) es mucho más que una obra de arquitectura (y de arquitecto), y no se puede ver, a menos que el dueño te invite a entrar en ella, lo que es altamente improbable por no decir imposible. Casos se han dado, lo reconozco, pero muy extraños. Por ejemplo cuando un el viaje de estudios con la escuela de arquitectura, allá por octubre del año 1975, un pequeño grupo de estudiantes entramos por invitación de su amable dueña en la casa Steiner de Adolf Loos en Viena, ...acaso como premio por haberla encontrado a pesar de estar, en aquel entonces, transfigurada por una sustancial variación en la cubierta curva que da a la calle. Otra excepción notable a la norma la tuvimos cuando en el viaje COAR 2001 a Dinamarca, un amable inquilino del barrio de Soholm II nos invitó ¡a todo el grupo! a entrar en su pequeñita vivienda perteneciente a uno de los conjuntos que proyectó allí Arne Jacobsen (justo al lado del que comentaba Josemi en el hC 15 pag 3).
Lo normal en estos tiempos, cuando vas a ver una de esas casas que la Santa Historia de la Arquitectura ha consagrado, es encontrarte con un frío objeto en sí mismo, o sea, no con una casa viva, sino con un Monumento del Arte, ante el que has de rendir culto y pleitesía, pasando por pagar una entrada que cada vez es más escandalosa (entre las dos y tres mil pesetas de las de antes), cuando no por hacer una cita previa telefónica, con el trastorno que eso te ocasiona en un viaje por los horarios y los idiomas. Luego has de esperar a la formación de un grupito, has de atender atentamente a una guía que habitualmente te cuenta un montón de cosas que no te interesan, y que, sobre todo, te vigila atentamente para que no transgredas la norma fundamental de este tipo de visitas, a saber, que no puedes hacer fotografías del interior. Con dos o más de esos ingredientes he peregrinado ya por un largo rosario de “cáscaras de casas”, desde la Hill House de Mackintosh en Hellensburg, hasta la villa Tunghenhadt de Mies en Brno, la Muller de Loos en Praga o la Robie de Wright en Chicago, la Fallingwater en Mill Run (Pennsilvania) también de Wright o la Savoya de Le Corbusier en Poissy, la Schroeder de Rietveld en Utrech, la Schindler en Los Angeles, o la de Barragán en Tacubaya, etc., saliendo casi siempre con una sensación agridulce: de euforia por el objetivo alcanzado, y de desencanto por la falsedad del objeto; ...cuando no cabreado e irritado porque algunas de ellas son usadas como pequeños museos de otras exposiciones de “arte” como si la casa por sí misma no fuera suficiente contenido para el turista.
Pero como los desencantos todavía no pueden con mis ganas de aprender, y además ¡el arquitecto nunca descansa! el 2 de agosto de este verano me llegué hasta la casa Venturi en Chesnut Hill, Philadelphia, y ¡oh maravilla! aún es una casa habitada, y por un señor encantador. Como estaba un poco escondida entre la vegetación, una vecina salió rapidamente de su vivienda para mostrarnos la entrada que buscábamos (amabilidad típicamente americana) mientras nos anunciaba que el dueño era un vecino muy tranquilo que no se molestaba por las visitas.
Según entramos, la fachada me causó una impresión mucho más grata de lo que esperaba: realmente tiene un aire de templo clásico. Saludamos al propietario, que estaba junto al coche, y le pedimos permiso para dar una vuelta a la casa y hacer fotos. No sólo accedió a ello sino que nos invitó a pasar al salón y nos contó varias cosas de interés: que él vivía allí desde 1973 tras la muerte de la madre de Venturi, para quien fue hecha, pero que Venturi solía venir por la casa de vez en cuando porque le tenía mucho cariño (fruto de una visita con Rem Koolhaas, nos enseñó una pintura del holandés que había en la pared). La casa es muy agradable, nos dijo, porque a lo largo del día la luz la baña de muy diversas maneras. Preocupado yo por si éramos legión los admiradores de la casa y estaríamos molestando, me pasó un libro de firmas y me tranquilicé al ver que los anteriores visitantes habían estado el 19 de julio. A modo de despedida nos señaló que a cuatro casas de la suya estaba la casa Esherick de Kahn, y para nuestra sorpresa se despidió yéndose a trabajar a la habitación del fondo (antiguo dormitorio) dejándonos sólos en el salón para que contempláramos la casa todo lo quisieramos.¡Santo cielo! pensé, ¡a veces las ridículas peregrinaciones también dan milagros!






lunes, 18 de mayo de 2009

8. NEW YORK, Zona Cero, Estación provisional de trenes

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Hace unos pocos días, el lector “Millanga” me dejaba en Cascotes el enlace de un divertido blog sarcástico llamado ELMUNDO TODAY en donde se daba muy apropiadamente la noticia de la presentación del proyecto de la estación de ferrocarril que Santiago Calatrava ha diseñado para la famosa zona Cero de Nueva York. Me acordé entonces de que hace cinco años escribí un artículo en elhAll sobre la estación provisional que se había construido mientras el artista paría su genialidad y pensé que era momento de rescatarlo y traerlo a este blog con las fotos en color que no pude poner en aquel medio. Aquí está.



LA LECCIÓN DE LA INGENIERÍA

Desde la criminal destrucción de las torres gemelas de Nueva York, montañas de páginas de periódicos nos llevan informando acerca de las desdichadas polémicas sobre su reconstrucción: encuestas a personajes sobre qué cree Vd que se debería hacer (¡que han llegado hasta formularse en nuestro periódico local y entre nuestros compañeros arquitectos!), proyectos virtuales, concursos abiertos o concursos de estrellas donde, ¡que maravilla!, teníamos una representación española -sobre la que también se escribió con sorna en este mismo hall (véase eh66 pag 3 "Con o sin" por Pepe Garrido); noticias de portada con la resolución del concurso a favor del galáctico D. Libeskind, y nuevas y numerosas páginas sobre la posterior ensalada de proyectos en que deriva el asunto, con invitaciones a otras estrellas del firmamento arquitectónico, amén de los gelatinosos comentarios del inefable Galiano en el Pis. Puestas una encima de otras, las páginas de periódicos publicadas sobre tan lúgubre asunto ya alcanzarían cuando menos la altura de las pobres torres.
Pues bien, con el peso virtual de todas esas páginas sobre mi cabeza y con la poco halagüeña noticia de que por debajo de las quebradas torres de Libeskind, Calatrava había sido elegido como arquitecto para poner sus habituales huesos u olas de hormigón en la estación de ferrocarril que había debajo de ellas, visité el pasado verano tan sagrado lugar.
Entendámonos, yo suelo llamar sagrados a los lugares que hombres valientes, ingenuos o inocentes y de un modo no criminal, han regado ampliamente con su sangre, como por ejemplo, un campo de batalla. Cierto que la zona cero es el escenario de un crimen horrendo que no tiene nada que ver con un campo de batalla, pero de eso no son culpables los casi dos mil muertos que allí cayeron (por no hablar de los policías y bomberos que murieron por acudir en su ayuda) y es verdad que ha dado lugar con ello a una posterior y desconcertante guerra global que nadie entiende (aunque de la que muchos se aprovechan), pero que constituye ya una parte importante de nuestras vidas.
Bueno pues en ese lugar sagrado, pensé mientras me acercaba, la arquitectura del periodismo y del espectáculo va a hacer también de las suyas. Me acordé, como no, de la solemnidad de los monumentos de Lutyens que había visitado tres años atrás en los campos de tumbas de la Primera Guerra Mundial junto al triste río Somme al norte de Francia, y me dije que la arquitectura de mi tiempo era completamente incapaz de dar significado a un lugar así. En efecto, me encontré que el único "monumento" por así decirlo, era una maltrecha cruz compuesta con los hierros retorcidos de los restos de algún pilar de un edificio caído, y que la grandeza del lugar era transmitida solamente por el enorme hueco de media docena pisos que quedaba abierto por debajo del nivel de la calle.
Pero hete aquí que cuando la "arquitectura" no sabe dar respuesta a las grandes preguntas que la historia plantea, aparece una vez más la dichosa "ingeniería" dándonos una soberbia lección, o por decirlo con palabras más duras, propinándonos a los arquitectos un sonoro sopapo de esos que nos merecemos por tontos e incapaces. Puesto que debajo de las torres había una gran estación de trenes y metro que alimentaba no sólo al desaparecido World Trade Center sino a toda la zona de Wall Street, los ingenieros habían sido llamados a ponerla en funcionamiento con eficacia y rapidez; de modo que lo único que podía verse desde los bordes del mencionado gran agujero eran los techos de la susodicha estación.
Bajé a verla por curiosidad y como le debió pasar a Mendelsohn cuando vio los silos de trigo de Buffalo, o a Le Corbusier cuando los reprodujo junto a los barcos, aviones y coches de los años veinte en Vers une Architecture, me quedé emocionado de su sencillez y elegancia. El orden sereno de los pilares metálicos vistos (que hubiera soñado Mies), el tejido preciso de las madejas de instalaciones sobre el techo, la correcta iluminación con esas lámparas que han hecho furor en todas las grandes tiendas de la zona comercial de Broadway, la seriedad del color gris claro que lo invadía todo, el suelo continuo de hormigón, perfectamente acabado y limpio como una patena, o cada uno de los rótulos, barandillas, cancelas, máquinas de billetería etc, daban al lugar una solemnidad (una verdad) de la que es incapaz el noventa y nueve coma noventa y nueve por ciento de los arquitectos del mundo.
Hice pocas fotos porque la gran arquitectura nunca queda bien en las fotos, y además porque cuando te emocionas no estás para la habitual frivolidad de la fotografía. Aunque supongo que si cedí a la debilidad de hacer alguna foto debió ser porque en algún momento me acordé de que esa espléndida obra de la ingeniería (que yo llamaría con gusto, de la mejor arquitectura) iba a desaparecer pronto por Arte y desgracia de uno de nuestros grandes arquitectos (¡y encima español!) del periodismo, del boato hortera del poder en las democracias postmodernas y, ¡ay!, de las revistas de arquitectura.


lunes, 11 de mayo de 2009

7. PESSAC, Quartier Le Corbusier, Bordeaux, Francia.







El 17 y 18 de marzo del 2001 me apunté a un viaje colectivo a Burdeos organizado por el Colegio de Arquitectos Vasco Navarro en el que, entre otras cosas, visitamos la manzana de casas que construyó Le Corbusier en el barrio de Pessac a mediados de los años veinte según el famoso modelo de su casa Citroen. Para recordar aquella visita, escribí para Elhall este articulillo que reproduzco ahora aquí con el reportaje fotográfico completo que hice aquel día.







La arquitectura es siempre el resultado de un tira y afloja entre el cliente y el arquitecto, una negociación, que se diría hoy en día, o si me apuran mucho, un “diálogo”. Sin embargo, cuando la historia o los periodistas historiadores se fijan en los edificios, olvidan por lo general al cliente, y en la génesis o autoría de los mismos suelen mencionar sólo al arquitecto. A veces se da el caso de algunos clientes que, adelantándose a los historiadores y periodistas, se inmolan a sí mismos en beneficio de la autoría exclusiva del arquitecto. Cuando eso ocurre, la respuesta a la pregunta que se hacía Pepe Garrido hace dos o tres halles de si los arquitectos somos unos artistas es un claro “sí” en vez del “no” que él generalizaba (y que cabía entender como un deseo...). Ahora bien, cuando no hay cliente y el arquitecto lo es todo, lo interesante es ver lo que pasa después con esas arquitecturas nacidas como “obras de arte”.

Las actuales arquitecturas de autor, creadas como los cuadros de los pintores contemporáneos para entrar directamente en el Museo o en la Historia, tienen la suerte de que una miríada de historiadores y conservadores de museos nacidos con los Estados del Bienestar, controlarán rigurosamente el mantenimiento de sus formas originales o, hasta incluso, de las intenciones del artista. Pero algunas de las obras de arte que se crearon hace más de cincuenta años, cuando el estado de Europa era más bien un estado de guerra, tuvieron un destino completamente distinto: la rendición inicial del cliente ante el artista no tuvo continuidad posterior entre los usuarios y el artista, y el espectáculo del encuentro (o encontronazo) entre unos y otro resulta de lo más “edificante”.

Leonardo Benévolo ya había sacado en su Historia de la Arquitectura Moderna el resultado de las transformaciones que algunos clientes habían hecho en algunas de las casas de Le Corbusier; aunque vistas de forma aislada, en libro, y con fotos en blanco y negro, no causaban mucho impacto. Sin embargo, en el barrio de Pessac junto a Burdeos, que recientemente visitamos en compañía de los arquitectos del Colegio Vasco Navarro, el choque entre el artista y los sucesivos inquilinos de las cuarenta casas, adquiere características de auténtica batalla campal.

Para los creyentes (y en el viaje lo eran casi todos) el espectáculo debió de ser como el de un Jesús de Nazaret crucificado por las turbas. Para su inmediato consuelo se les explicó rápidamente que se había iniciado un proceso de restauración mediante la reconstrucción ejemplar de una casa, a base de subvenciones a aquellos que devolvieran las casas a su estado original y, sobre todo, animando a creyentes (arquitectos, artistas, etc.) a comprar las casas y restaurarlas.

Se puede pensar que los ateos disfrutamos un montón con la masacre que los franceses de a pié les habían hecho a los volúmenes, colores, ventanas y otros inventos corbuserianos, pero esa es un visión teísta (muy frecuente, por cierto), según la cual los creyentes piensan que, al fin y al cabo, los ateos toman a las turbas por su dios.

Craso error. Los Ateos del Arte de la Arquitectura disfrutamos de lo lindo porque vimos juntos a un gran artista y a un pueblo activo: porque vimos, al fin, el diálogo que había sido sustraído.








martes, 28 de abril de 2009

6. BERLIN, Aeropuerto de Tempelhof



Cuando estuve de viaje de estudios en Berlín con la Escuela de Arte en el 2005 no llevé a los alumnos a verlo porque para entender y apreciar un edificio como el aeropuerto de Tempelhof hace falta cierta preparación previa. Cualquier arquitectura contaminada por el poder, y ya no digamos si el poder es el del nazismo alemán, necesita tiempo y distancia para poder acercarse a ella.

En España creo que fue Federico Correa el que primero se acercó a la producción plástica nazi (tanto pintura, escultura como arquitectura) en un largo y memorable artículo de la revista Arquitectura Bis a mitad de los setenta, animado sin duda por las teorías y moda de la Tendenza italiana que por entonces hacían furor. Un gran artículo aquel.

Yo tardé aún unos años en leer las memorias de Albert Speer y cuando estaba en ello tuve la suerte de encontrar en la cuesta de Moyano un libro con sólo una esvástica en la portada y con el título a dos idiomas en el lomo: Neue Deutsche Baukunst / La Nueva Arquitectura Alemana. Estaba editado en 1941 y en su interior había un panfletario artículo de la arquitectura del Führer en español y alemán, con una excelente serie de fotografías de las obras y maquetas que se habían ejecutado en los ocho primeros años del régimen. Entre esas fotos estaba la que he puesto arriba, en la que creo haber visto por vez primera la imagen del aeropuerto de Tempelhof, proyecto de un arquitecto completamente desconocido: Ernst Sagebiel.

Los avatares del aeropuerto están muy bien documentados en el artículo que le dedica la wikipedia, donde además del carácter épico del famoso puente aéreo de los años más duros de la guerra fría, podemos leer que hasta la construcción del Pentágono norteamericano fue el edificio más grande del mundo. Como ya he comentado otras veces, el tamaño sólo es un mérito para las gentes escasas de imaginación y sensibilidad. Mayor mérito de ese edificio es el empeño (seguramente primero y último) por lograr que un aeropuerto (esos famosos no-lugares según la caracterización de Augé) fuese también un edificio urbano. El colosal esfuerzo por compatibilizar escalas y hacer con una sola pieza de arquitectura la transición del espacio aéreo a la calle tradicional creo que es único en el mundo.

Como digo, lo visité en el 2005 en la grata compañía de Javier Dulín y ambos nos quedamos impactados por su calidad arquitectónica. Tiene narices, nos decíamos uno a otro, que para disfrutar a gusto de la arquitectura tengamos que venir a un resto del nazismo. La secuencia de espacios y fachadas es portentosa y la resumo en estas pocas fotos de los cuatro grandes episodios que definen la globalidad del edificio:

La conexión a la ciudad mediante los edificios de viviendas abiertos en curva a la plaza. Sólo las formas simples y rotundas de los porches ya son soberbias:





La gran plaza exterior de llegada de automóviles y viajeros de forma oblonga, seguramente desfigurada ahora por los cambios en la urbanización:



El excepcional espacio central del hall del aeropuerto, igualmente rectangular e iluminado a través de claraboyas cenitales y de unos cuerpos semidiáfanos laterales que nacen en unas fachadas exteriores realmente espléndidas. Como curiosidad del espacio del gran hall obsérvese la asimetría del reloj y la puerta del restaurante, situado al fondo en el primer piso:





Y por último, el gigantesco cuerpo articulado y curvado que abraza el espacio aéreo:







En nuestra primera visita conseguimos llegar a ver el espacio de la gran marquesina adentrándonos furtivamente por uno de los cuerpos que articulan los bloques, pero sólo gracias a las imágenes de sketch up accesibles mediante google earth nos podemos hacer una idea de la aproximación al edificio desde los aviones.

También con las imágenes de sk-up y go-earth podemos ilustrar mejor la sucesión y articulación de esos cuatro brillantes episodios de este aeropuerto único en el mundo.





Cuando visitamos el edifico ya estaba amenazado de abandono y se pensaba en reconvertirlo en un gigantesco parque con zonas comerciales, proyecto recogido en el librito “Berlín, La ciudad desde 1989; Espacio experimental de arquitectura” ed COAM, y esta es la triste imagen que se anunciaba de él para el futuro:



Un año después del viaje de la Escuela volví a Berlín para pasar un verano en el Kreuzberg con mi familia y lo revisité en su grata compañía. En la zona del restaurante Teresa encontró una puerta abierta y se metió por ella para tratar de llegar a la zona de la marquesina. La puerta se cerró y Teresa desapareció en ese gigantesco y fantasmal edificio, así que pasamos un mal rato hasta que la encontró su hermana por otra puerta. El reportaje de esta segunda visita terminó con esas tres preciosas sonrisas que no me resisto a dejar de publicar. Ahí quedan para siempre, cruzando una calle más de la ciudad con todo un gran aeropuerto detrás: un aeropuerto del que nadie podrá decir nunca que sea un no-lugar.

sábado, 28 de marzo de 2009

5. BERKELEY (California), Shasta Road, La casa del santo Alexander



“¡Oh entusiasmo! En ti encontramos una afortunada tumba. Nos sumergimos con silenciosa alegría en tu oleaje, hasta que oímos la llamada del tiempo; y entonces, despertamos para volver orgullosamente, lo mismo que las estrellas, a la breve noche de la vida”.

Es cierto, como dice Javier Dulín en el comentario de la casa Robie, que yo también mitifico. No sé si será a la crítica, como él dice, o a algunos santos, o a sus hazañas, pero claro que yo también mitifico: el hombre es un animal mitificador, y no me tengo por algo distinto a los hombres. Solo que algunos poetas, algunos amigos, algún viaje o algún azar especial me suele ayudar de tanto en tanto a entrar en la “breve noche de la vida”, o lo que es lo mismo, a salir de mí para ver mi entusiasmo desde fuera, para ver cómo mitifico y para poder reírme de mí. La mayor parte de los viajeros son peregrinos que van a adorar los lugares mitificados por los historiadores (antes), o por la prensa y las revistas de turismo (ahora), o por ellos mismos (más raro). A mí, sin embargo, la visita a los santos lugares me suele producir un efecto desmitificador: si he llegado yo hasta ellos, no serán para tanto ¿no?.

Durante mucho tiempo, desde que descubrí la obra de Alexander y pensé que tenía que profundizar en ella, soñé con un viaje a la universidad de Berkeley para entrar en contacto con el ambiente en que se había producido y con el hombre que le había dado forma. Pensé que la oportunidad podía ser la tesis doctoral que me había propuesto hacer al acabar los cursos de doctorado que hicimos aquí en Logroño a comienzos de los noventa, y hasta entré en contacto telefónico y epistolar con el profesor Muntañola, que era el arquitecto español que más cerca había estado de todo aquel foco de pensamiento. Como hacer una tesis me pareció algo muy aburrido (un expediente administrativo para medrar) empecé por el final: hacer un libro (las tesis suelen acabar en libros generalmente malos a los que se les nota que son resúmenes de las tesis, ja ja ja). Y así, en los primeros años de este siglo, redacté algo apresuradamente el breve Manual de Crítica de la Arquitectura. Cuando tras hartos esfuerzos y no menor empeño conseguí verlo publicado (ed Biblioteca Nueva, Madrid 2005) coincidió que me ofrecieron una casa en intercambio para pasar las vacaciones en California y pensé que había llegado mi oportunidad de conocer a Christopher Alexander aunque fuera a toro pasado. Me hice con su dirección postal, metí un par de ejemplares de mi libro en la mochila con la idea de regalárselos en persona y una buena tarde de julio de aquel verano (el día 13, exactamente) me llegué hasta las colinas de Berkeley con Rosalía y mis dos hijas.

“Oh, entusiasmo; oh rocío celeste; tú eres quien volverá a traer la primavera de los pueblos!"

No fue fácil dar con la casa porque como se ve en la foto, las calles que están por encima de la ordenada parrilla de calles de la ciudad de Berkeley serpentean por las colinas y te vuelven loco.



Cuando al fin dimos con la casa nos echamos unas risas: parecía la pantera rosa, ja ja ja ja. Y claro está, mi mujer y mis hijas me hicieron la foto de rigor, la foto del peregrino (la que he puesto arriba para abrir esta nota).

Cuando me acerqué a la puerta de la casa no sin cierto temblor, salía una musiquilla moderna. Me abrió una adolescente rubita, descalza y en camisa, medio dormida o medio fumada, que me dijo ser la hija del santo y que éste ya no vivía allí; que ahora estaba en Inglaterra. Bueno, le respondí, mi intención es regalarle este par de ejemplares de un libro que he escrito en buena parte inspirado por su obra, así que si no es mucha molestia le pedí si se los podía hacer llegar. Por supuesto, me contestó. Se los firmé, se los dí y ahí acabó mi contacto humano más próximo a los Alexander.

La visita había sido tan breve que aún nos entretuvimos un rato haciendo alguna que otra foto de la casa y de las vistas que desde ella se tenían de la bahía de San Francisco...,








... y en estas, acertaron a pasar por allí un par de vecinas algo...”gossip” (cotillas) que sin preguntarles nada nos contaron que esa casa ya no es lo que era, con multitud de gentes estrafalarias campando alrededor y animales sueltos por doquier. El santo se había divorciado y se había marchado con otra mujer a vivir a Inglaterra, nos dijeron antes de seguir su paseíto por las empinadas carreteras del barrio.

“los dioses mueren cuando muere el entusiasmo”

Nosotros preferimos pasear por el campus de la famosa Universidad, así dibujada ahora en google earth (las colinas donde está Shasta Road son las que empiezan justo al fondo de la imagen):




y claro está, entre otros lugares insignes, nos detuvimos a hacer una foto a la facultad de arquitectura, (un mamotreto de hormigón que le inspiraría mucho a Alexander, ja ja ja), ante el que Teresa, animosa estudiante de arquitectura por entonces, posó tan guapa como se la ve aquí:




Meses después, de vuelta a Logroño, me llegó un mail de una secretaria de Alexander que me decía que el santo había recibido mi libro, que le había gustado mucho y que lo veía muy bien documentado. Le respondí amablemente tratando de saber si podía verle en Inglaterra (a tiro de piedra de Sondika) o si incluso estaría dispuesto a venir a España a dar alguna conferencia en mi Escuela o en alguna Facultad de Arquitectura con la que pudiera entrar en contacto. Ya no hubo segunda comunicación desde el cielo. Hasta la dirección de correo electrónico a donde me escribió su secretaria ha desaparecido ya de mi ordenador.

“fuera de los momentos de entusiasmo, todo es insípido y sin alma”

(Stephan Zweig sobre Hölderlin, ed Acantilado; las otras citas incluídas entre el texto son directamente de Hölderlin, aunque extraídas del mismo libro)

martes, 17 de marzo de 2009

4. CHICAGO, Robie House, F. Ll. Wright



Poco se puede agregar a todo lo ya escrito y documentado sobre la casa Robie de Frank Lloyd Wright en Chicago. La wikipedia trae un extenso artículo de la misma y nuestro documentalista favorito, Carlos Zeballos, también le ha dedicado una entrada en su blog Mi Moleskine Arquitectónico. Y como no podía ser de otro modo, la casa está ya dibujada en Sketch Up y subida a Google Earth. Lejos de mi intención pues, hacer enciclopedismo. Si traigo a Edificios LHD esta casa es simplemente para poner las fotos de la visita que realicé a la misma en abril de 1990, mencionar algunos detalles de la escala y el entorno, y comentar los tres patrones “alexanderinos” que motivan que cada año la revisite en mis clases.

En las fotografías en blanco y negro con que nos la descubrió Moneo un buen día en sus clases de 1972, aparecía espléndidamente moderna y enorme. Recuerdo que nos la enseñó con una foto que tenía un coche negro de los años de su construcción situado justo delante, y, que como en las fotos que hacía Le Corbu de sus casas con su coche, la casa nos pareció modernísima y el coche antiquísimo. He buscado muchas veces aquella foto en libros varios pero no he conseguido dar con ella. Moneo hizo una lectura sucinta y poética de la casa explicando que la chimenea era como una estaca vertical que sujetaba esos planos de la cubierta que se proyectaban hasta el infinito en paralelo con la idea de la pradera. Muy bonito Moneo. Muy literario. Nos dejó boquiabiertos.

Ochenta años después de su construcción y dieciocho después de haberla conocido en clase, me pareció mucho menos impresionante. Esta es la primera foto que hice a la Robie, con la calle llena de coches de los noventa, y un edificio de tres plantas situado justo detrás:




Por entonces no estaba construido el mamotreto que le han hecho delante (2004) y que todos dicen (Carlitos incluído, ay) que es muy respetuoso con la casa, ay ay ay ay. Con todos mis respetos, a mí me da pavor, y eso que las fotografías que he encontrado en el blog de Zevallos o en google earth van en plan artístico:




Pero los alrededores de entonces eran ya bastante sobrecogedores sin ese mamotreto: por un lado los enormes espacios abiertos de una universidad grandilocuente, ecléctica y decimonónica y por otro, los bloques de viviendas sociales de una ciudad pobre, moderna y rota:





Aparte de verla en el entorno y apreciar su escala, una de las cosas que más me intrigaban de esta casa era entrar a ella por esa escondida puerta que no había forma de adivinar desde las fotos de su fachada sur. Y en verdad que estaba bien escondida en su fachada norte. La entrada es poco brillante, yo diría que entonces me pareció hasta dudosa, aunque luego la he ido rehabilitando gracias al patrón “transición en la entrada”, aunque… no del todo, porque en definitiva, el espacio de esa entrada en relación con la casa me parece hasta humillante:





Un vistazo a la planta baja nos muestra además que esa entrada está completamente desconectada de la entrada por el patio del garaje.



Pero vayamos para arriba, que no os quiero entretener mucho, y demos con la escalera, que tampoco es espacio o pieza especialmente memorable. Wright dibujaba las flechas de las escaleras al revés de cómo es convención en nosotros, o sea, indicando el sentido de bajada en vez del de subida, y los que han redibujado sus casas para la edición que tengo yo en DVD de Praire Multimedia han seguido su sistema. Pues bien, el encaje de la escalera con la famosa “chimenea estaca” de la casa es todo un poema (o una pieza de orfebrería, según se mire). La escalera se queda ahí, encajonada, y para subir al piso de los dormitorios hay que acudir a otra escalera menor:



En fin, aparte de otras grandezas espaciales ampliamente comentadas por sus exegetas a mí me interesa comentar la forma en que Wright ejemplifica en esta casa dos de mis patrones preferidos de Alexander.

El primero de ellos, “variedad en la altura de techos” nos muestra un truco muy querido de Wright en muchos de sus salones y es el de rebajar la altura de los techos junto a las ventanas dándoles carácter de “gabinete” o “lugar ventana”, mientras que en el centro de la habitación el techo sube para que el espacio gane en grandiosidad:




El segundo de los patrones al que quería aludir es el de “luz filtrada”, para el que Wright acude a la tradicional fórmula de los emplomados, práctica decorativa que me llamó mucho la atención en aquella visita, seguramente por aquella fe en la modernidad con la que nos la habían enseñado:




Para enseñar arquitectura lo peor de lo peor es mitificar. Y la mitificación de la obra de Wright raya en el escándalo. Mitificar es lo propio para predicar, no para enseñar.

Por cierto ¿saben de alguien que enseñe arquitectura sin mitificar?