miércoles, 12 de mayo de 2010

31. CAFE CENTRAL, Madrid

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Lo normal es que las noticias sobre lugares vayan asociadas con nuestros últimos descubrimientos, pero en un blog como éste a veces la noticias tienen que ver, por el contrario, con lo muy conocido, lo decantado por el tiempo, lo que está ahí en nosotros desde siempre y como sin darnos cuenta.

Es el caso del Café Central de Madrid un lugar de música en vivo (preferentemente jazz) que conozco desde hace muchos años y del que me había alejado un poco últimamente, digo yo que a causa de su éxito. Cuando lo descubrí en mis viajes a Madrid por las asambleas de la Hermandad (no la Santa, sino la de los ahorros de los arquitectos) era de entrada libre y si en el momento en que tomabas una consumición había música, te cargaban un pequeño suplemento. Con la excelente calidad de los músicos y los llenazos que se debían producir, cambió de política por la de pasar por taquilla, y fue eso lo que me alejó de este sitio porque cuando vas de paseo por la ciudad sin plan fijo y ves que no puedes entrar porque ya está lleno, lo vas dejando de lado por algún otro local más espontáneo y de más fácil acceso (por ejemplo el Populart de la calle Huertas).

Pero este año he dado con la clave para disfrutar bien a gusto de este sitio: como la formalidad en el horario de las actuaciones es exquisita (siempre a las 10) lo mejor es ir una hora o tres cuartos de hora antes, coger mesa y cenar (una cena sin complicaciones de un solo plato, como en cualquier pub inglés, pero de buena cocina). Y cuando empieza la música, te tomas la copa. Por supuesto, pagas también la entrada poco antes de que empiece la actuación (entre 10 y 20 euros), pero eso es una minucia si atendemos a la calidad de los músicos y a la proximidad a ellos que te permite un local así.

Aunque la última vez tardaron más de la cuenta en traernos la cena y se nos juntó con la música (ay ay), he de reconocer que el servicio de camareros es rápido y profesional. Pero lo mejor de lo mejor de este local, lo que lo distingue de los locales de jazz en los que he estado últimamente es que hay un gran respeto a los músicos y el silencio es la norma, algo que se agradece en los pasajes musicales más líricos o reposados. Y por si ello fuera poco, SE PUEDE FUMAR, algo consustancial al jazz; pero que nadie se preocupe: el ambiente no está nada cargado porque la aspiración de aire es excelente.

Cada visita que haga a Madrid casi seguro que caigo una noche por allí. Es un plan seguro donde los haya. Un buen plan. Y un estupendo lugar.

Pongo aquí el link de su página web para tener siempre a mano la programación y os dejo con unas notas tomadas de mi última estancia allí en compañía de mi hija Teresa. FUASI & ENSEMBLE, 30 de abril del 2010.

viernes, 7 de mayo de 2010

30. CIR Nº 1 SAN PEDRO. Colmenar Viejo, Madrid.

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No, no, tranquilos que no es mi idea contar la mili, dios me libre. Pero en el empeño de comentar aquí los sitios en que he vivido no podía dejar de lado un lugar tan especial como el campamento militar al que fui destinado en el famoso y extinguido “servicio militar obligatorio”.

Algo de “orden militar” ya llevaba yo encima tras mi paso por el PATRONATO que vimos dos post atrás. Pero aquel espléndido lugar y rico complejo de edificios lleno de unidad, poco o nada tenía que ver con el Campamento de Instrucción de Reclutas de Colmenar Viejo que habité en los tres primeros meses del año 1977, justo en plena transición española de la dictadura a la democracia.

Me habían comentado que por razones estratégicas o de seguridad los recintos militares están borrados en Google Earth pero, por suerte, este lugar de instrucción no debe ser objetivo importante para el enemigo y he podido acercarme hasta él con el famoso atlas cibernético y revivirlo. No tengo ni idea de cual será su uso actual y tampoco tengo mucho interés en saberlo.

En la foto de arriba puede verse la totalidad del recinto, situado al noroeste del pueblo de Colmenar Viejo. En el primer vistazo puede advertirse el completo desorden espacial o geométrico del mismo (quizás pensado así para despistar al enemigo...). El acceso está situado al Este junto a la carretera que lo comunica con el pueblo, y el orden interior de manzanas brilla por su ausencia. En eso tiene mucho más de “campamento” que de cuartel, más de implantación efímera que de pequeña ciudad. Pero de efímero nada, los pabellones son recios y si no recuerdo mal, construidos con granito de la zona. El desorden tiene más que ver con la incapacidad de diseño de los ingenieros militares que con su solidez constructiva.

Poco recuerdo de la utilidad de tanto pabellón como puede verse por ahí revuelto, pero salvo error que agradecería se me corrigiese, anoto a continuación los que tengo en memoria.



El señalado con el número 9 era el de mi compañía, la “novena”, nombre fatídico en lo musical pues nuestro himno era la antítesis de la famosa coral de Beethoven en la homónima Sinfonía. Los mandos nos exigían cantarlo cuando desfilábamos, pero la mayor parte de nosotros sentía tal vergüenza de la letra (y de la música) que nos ganamos más de un castigo por farfullarlo de mala gana. Afortunadamente muchas cosas he olvidado de la mili pero la letra del himno de la Novena Compañía aún me persigue:

La Novena Compañía
Toda llena de alegría
Nos ponemos a cantar
Con ardor ferviente y sano
Con el Cetmet en la mano
La mejor del CIR será.

La Novena cuando sale a desfilar
A las chicas con su garbo prenderá
Y a sus madres les dirán con ansiedad
Estos chicos tienen aire militar.

Cielo santo. Me pregunto si el compositor sería el mismo diseñador del CIR.

La Compañía era una simple nave corrida de dos pisos ocupada por literas de tres alturas, pasillo en medio y taquillas junto a las paredes. Es decir, un enorme dormitorio doble para ciento y pico reclutas. Un detalle que había olvidado pero que he podido recordar gracias a algunas cartas que escribí desde allí es que en el pasillo había televisiones encendidas en las horas de asueto. Horror sobre horror.

Es por eso que en tales momentos de descanso, en vez de ir al dormitorio solíamos apretujarnos en el atestado HS (Hogar del Soldado), otra nave inmensa situada al Sur del recinto donde cientos de reclutas rapados merendábamos a gritos y bebíamos botellines de cerveza.

El otro gran tejado que puede verse en la foto, justo encima de la Novena Compañía, era el gigantesco comedor. Pero..., ¡oh gran diseño militar!, la cocina (K) no estaba junto al comedor sino al Sur de nuestra Compañía por lo que los perolos del rancho tenían que ser transportados por los reclutas al aire libre.

Acabo con los restos de mi memoria señalando que los pabelloncitos situados al Oeste del recinto eran las Aulas (A) donde recibíamos las clases teóricas de defensa y ataque, es decir, de distinguir lo que era un “refugio” de un “abrigo”: uno de ellos (no recuerdo cual) era un lugar que te protegía del fuego y de las vistas del enemigo (por ejemplo, una roca) mientras que el otro te protegía de las vistas pero no del fuego (por ejemplo, un arbusto). Horas y horas nos pasamos con esa clase.

El último de los puntos señalados en el croquis de mayor detalle es el campo de la Jura de Bandera, una especie de gran plaza de armas asfaltada (PA) de la que creo tener alguna foto, porque para tan memorable ocasión los familiares sí podían llevar cámaras. El problema es que salieron muy mal y no tuve cuidado en guardarlas.

Más allá del Campamento propiamente dicho pero formando parte de mi memoria del lugar hay cuatro o cinco temas, imágenes o sensaciones que no puedo dejar de pasar por alto. La primera de ellas era el grandioso fondo que tenía detrás: la Sierra del Guadarrama. La fotografía que he encontrado en Panoramio exagera la proximidad mediante el procedimiento del teleobjetivo, pero lo cierto es que su presencia en tan desolado lugar era verdaderamente consoladora. Y más, con nieve, tal y como lucía en los meses de invierno en que me tocó estar allí.



Al pueblo solo salimos un par de domingos y lo recuerdo tan feo o más que el propio Campamento. Mi impresión será seguramente subjetiva porque formar parte de las oleadas de borregos que deambulaban por entre sus calles y su plaza no era algo que te levantara precisamente el ánimo pero la foto del edificio del Ayuntamiento que he encontrado en Panoramio no es tampoco como para elevarte la moral.



Mucha mejor impresión me dejaron los caminos hacia el Oeste por donde hicimos un par de marchas vespertinas/nocturnas. En esta foto tomada de Panoramio puede verse la belleza de un terreno en el que el célebre granito madrileño afloraba por doquier. La marchas nocturnas iban hasta la vía del ferrocarril Burgos Madrid, elemento que les daba un aire de Segunda Guerra Mundial o algo así.



El campo de tiro estaba situado justamente en el lado opuesto de las marchas, es decir, hacia el Este, justo debajo del Cerro San Pedro que da nombre al Campamento. El camino en los meses de invierno estaba completamente verde, era bonito y pasaba entonces por los decorados de un poblado construido como escenario para películas del Oeste americano. Ya no debe quedar nada de ese poblado porque he rastreado a ver si había alguna foto de Panoramio y no he conseguido ninguna. Pero la del Cerro vale la pena.



Si no fuera por la Sierra y los caminos, el CIR n1 podría ser un lugar para olvidar, o un Cascote, es decir, una arquitectura para... no dar jamás tu vida por defenderla, como enseñaban allí. Pero cuando no se puede salvar la arquitectura buenos son los Montes. A ver si hay suerte y ocasión y algún día subo al Guadarrama o al mismísimo Cerro de San Pedro (lo hice: ver Montes 197).

Bueno, pongo de remate la única foto que tengo del CIR. Aparte de la Novena Compañía puede verse detrás uno de los recios muros de los pabellones del complejo. Algo es algo.

viernes, 30 de abril de 2010

29. LA CAVEAU DE LA HUCHETTE. París.

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Muchos de los lugares memorables (LHD) de mi vida los he descubierto por casualidad, sin guía alguno ni consejo amigo. Quizás por eso guardo de ellos un mejor recuerdo. Así es en el caso de la Caveau de la Huchette en París. Fue en un lejanísimo viaje de estudios a París (enero de 1991) con la Escuela de Artes y Oficios. Paseando con Javier Dulín y Carmelo Argaiz por las callejuelas del barrio latino una noche después de cenar, oímos o vimos algún cartel anunciando jazz y nos metimos para dentro. El flechazo fue instantáneo. El lugar era, en efecto, una doble cueva de piedra donde sonaba una alegre música dixie en directo. Pasamos una velada deliciosa pues en el día que nos tocó en suerte no sólo se escuchaba jazz sino que se bailaba. Se bailaba el charleston, es decir, la vieja música dixieland europeizada.

He estado unas cuantas veces más en París pero una vez porque no conseguí encontrarlo y otras porque no programé bien la noche, aún no he vuelto a tan estupendo lugar.

Ha sido también por casualidad viendo BONJOUR TRISTESSE de Otto Preminger que he vuelto a ver sus paredes, escuchar su música y ver bailar dixie a la gente. Sucede en una corta escena hacia el minuto 56 de la película pero al menos he conseguido tomar el fotograma de arriba. Y de paso, este otro de la bellísima Jean Seberg que la protagoniza.



Para otra vez, con Google Earth no hay pérdida:



Y con su web en internet, la programación siempre estará a mano.
Si vais a París no dejéis de ir, y si os gusta, ya sabéis..., una oración por mí.

viernes, 23 de abril de 2010

28. EL PATRONATO MILITAR VIRGEN DEL PUERTO. Santoña, Santander

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Hace trece años visité con mi mujer y mis hijas el que fue mi colegio internado entre los diez y los quince años e hice un buen reportaje fotográfico. Comiendo en Madrid no hace unas semanas, mi hija mayor me preguntó por aquel edificio y me pidió que le diera detalles. Tuve que pedir un bolígrafo a la camarera y según iba dibujando en las servilletas de papel sentí que me entusiasmaba con la gran riqueza de pabellones y patios que poseía aquel micromundo en que viví mi primera adolescencia. De vuelta a casa pensé que para poner en orden lo que fue una conversación de sobremesa debería sacar del cajón aquellas fotos y dedicarle un “edificio LHD” con todo merecimiento de causa. Sí, ya sé que corro el riesgo de incurrir en las batallitas del abuelo en vez de hablar de arquitectura, pero ese va a ser siempre el problema de ese apartado llamado “mis casas” que un día me propuse ir poniendo aquí. Como la presencia de los visitantes en las fotos tampoco va ayudar a separar la arquitectura de la nostalgia, si os animáis a seguirme en la visita, os pido un doble esfuerzo de comprensión, es decir, tratar de eliminar a los visitantes de la imagen para no tener que hacer un tremendo trabajo de photoshop. Bueno, dicho esto, vamos con ello.

No conozco la historia de ese edificio ni cómo se gestó, pero el caso es que cuando yo entré en él el 5 de octubre de 1963 para el curso 63-64 estaba perfectamente organizado para funcionar como internado e instituto de bachillerato. También venía funcionando como colonia veraniega para hijas de militares, y así fue como lo había visitado previamente, no sé si en el verano previo o el anterior, porque mis padres mandaron allí a una hermana mayor a pasar un mes de vacaciones. De paso lo conocimos todos y tomaron la decisión de internarme en él. Era costumbre entonces mandar a los hijos a estudiar en un internado (mis tres hermanos mayores estaban ya en sendos colegios religiosos en Javier y Murguía) y como ser el cuarto supondría ya un gasto considerable, la fórmula de enviarme a un patronato para hijos de militares, resultaba mucho más económica. El internado de invierno e instituto se había puesto en funcionamiento tan sólo tres años atrás, es decir, en el curso 1960-61, con dos cursos de bachillerato, 1º y 2º. Cuando yo entré había sólo cinco cursos, desde primero hasta quinto. En los años siguientes se fueron rellenando los dormitorios y las aulas hasta los siete cursos de que constaba por entonces el bachiller completo. Como digo, yo estuve allí hasta el curso 67-68, así que tuve más que tiempo de que el lugar dejara huella en mí. Pero dejemos ya los datos personales de una vez (darían para un blog entero) y entremos en la descripción de la riqueza espacial de ese pequeño mundo.

El emplazamiento del colegio es extraordinario: una parcela longitudinal frente a la bahía de Santoña con vistas al puntal de Laredo (por entonces un arenal sin ni una sola edificación). Entre el edificio y el agua, un gran espacio verde usado como campos de fútbol, y más allá del verde, un largo espigón sobre la pequeña y efímera playa, que sólo se descubría en marea baja. Esta es la vista desde el puntal de Laredo en una foto tomada hace un par de años:



En esta otra foto, que he tomado del Panoramio, se aprecia muy bien la relación del edificio, a la derecha, con el espacio abierto de juegos y el mar. Y al fondo a la izquierda se ve parcialmente la silueta del Monte Jano:




Lo curioso del caso es que siendo el Cantábrico un mar al Norte, la singularidad de la bahía hace que el edificio estuviese perfectamente orientado a Sur. Y ya que hablamos del sur, vaya aquí junto a la foto áerea de Google, la foto del puntal de Laredo en la visita de 1997, es decir, totalmente lleno de edificios de apartamentos veraniegos. Insisto, en 1963 no había apenas ningún edificio en él.





Acercándonos con Google Earth veremos ya la planta del colegio con todos sus pabellones, pero antes de eso me interesa comentar también que la perspectiva hacia el Noreste tenía aires montañeros, con el monte Buciero detrás y el cierre bélico de un viejo fortín habitado entonces por gitanos en plan “ocupa”.








Entrando en detalle, la siguiente imagen es la de la planta del colegio, en donde he puesto hasta 20 números para distinguir los edificios y espacios más representativos:



Describir cada uno de esos lugares con sus especiales características y la vida que se hacía en cada uno de ellos me llevaría mucho más de un post así que voy tan sólo a hacer una descripción telegráfica y a poner las fotos que tengo de aquella visita de 1997.

El edificio 1 (foto de presentación de este post) era el de la entrada principal y el de la dirección del centro, tanto del internado como del instituto. Tiene una decoración en piedra algo refitolera pero se puede aguantar. Lo importante es que da acceso al patio central (11) y a un corredor que lo circunda a modo de medio claustro cerrado con cristaleras. No tenía entonces ese torpe pedestal en el centro que le han hecho para la bandera, pero sí esas dos fuentecitas de agua cuyo uso tan frecuente las convertía en auténticos focos de vida







Los pabellones señalados con el n. 2 tenían tres plantas (voy a hablar siempre en pasado porque aunque el edificio aún está en pié mi referencia es la de los usos que tenía cuando lo habité). En la planta baja estaban las aulas orientadas a sur a las que se accedía por un gran pasillo usado como zona de recreo cuando el tiempo era lluvioso.








Por una escalera situada junto al patio central se subía a los dos pisos superiores destinados a dormitorios. Entre el cuerpo de la escalera y el pabellón propiamente dicho sobresalían unos pequeños cuerpos que correspondían a los aseos y baños de las tres plantas.


En el edificio n. 3 que puede verse en la foto de la fuentecita del patio detrás de la hilera de plátanos, estaba instalada una pequeña comunidad de monjas de hábito blanco que gobernaba los asuntos domésticos del centro. También contenía la consulta médica y una enfermería con camas. En planta baja, además estaba el aula específica de Dibujo Artístico.

Con el número 12 he señalado el patio de acceso al comedor (pabellón n. 4) lugar de paso que tenía una especial peculiaridad: la presencia del pequeño pabelloncito n. 10 donde vivían las “chicas” o “señoritas” que se ocupaban de la limpieza y servicio del colegio. Eran chicas jóvenes de entre 15 y 30 años que como se puede uno imaginar, constituían nuestro mayor referente femenino y erótico. (Es lógico que en la visita de las fotos pusiera allí a mis tres mujeres). Detrás de ellas puede observarse el paso cubierto y acristalado entre el pabellón de aulas y el comedor (edificio 4). El pabellón del comedor tenía dos plantas: el comedor abajo y arriba un aula gigantesca de usos múltiples.



Detrás de este paso aparecía otro patio alargado y sin cementar (13) que llevaba hasta la cocina (5), la lavandería (6) y el cine (7). Un gran patio donde todas las tardes hacíamos una larguísima fila para recibir la merienda junto a la puerta de la cocina.


Desde el patio central y en sentido opuesto se iba por un patio sin cementar a la capilla (pabellón n. 8), aunque lo normal era acceder a ella por un paso cubierto y acristalado similar al del comedor, que en esta foto se aprecia mejor:




Tras ese paso había un último patio cementado (15) cerrado al monte con una pared de frontón. Sin embargo, el uso más feliz de aquel espacio cuando yo estuve allí, fue el de cancha de baloncesto.




Detrás de la capilla, que como puede verse en la foto anterior era de una sola planta, había otro patio sin pavimentar y un pabellón que se estrenó justo el año en que yo llegué: el gimnasio (9).





La puerta verde que se ve justo delante del gimnasio era la del taller del mantenimiento de todo el colegio. Aún recuerdo lo serio que era el tipo que lo llevaba.

Me dejo algunas cosillas, como el campo de balonmano (16) que se construyó estando yo allí y en el que jugué en no pocas ocasiones (se puede ver en la foto que ilustra los pabellones n. 2), o el inaccesible jardín francés (17) que había delante del pabellón de aulas del lado del comedor, pero no me alargo más porque seguramente me volverían a salir recuerdos personales, y porque prefiero acabar el post con un pensamiento sobre arquitectura: el de que me es imposible imaginar que un arquitecto de nuestra época hubiera sabido hacer un edificio tan contundente, tan complejo y con un repertorio mínimo de patterns tan sencillos en un lugar tan excepcional.

viernes, 16 de abril de 2010

27. CANEJAN, Valle de Arán, Lérida, España.




Cuando aún tenía yo afición (afecto) por la arquitectura de nuestro tiempo, sentía también cierta devoción por los orígenes de la arquitectura: ya se sabe, los mitos fundacionales, los dibujos de Laugier sobre la cabaña y todo eso. Es lógico que años después, cuando aquel afecto se ha trocado en decepción, la devoción por la arquitectura primitiva se haya convertido casi en una necesidad. La visita que cuento hoy aquí es de los primeros tiempos. Pero el blog es cosa de ahora.

Caneján es el pueblo del Valle de Arán más próximo a Francia en la salida del río Garona hacia el norte. Pero en vez de estar junto al río, se encarama a la ladera del último valle secundario del propio Arán, el valle del río Torán. Para situarnos, la perspectiva aérea que he tomado desde el Oeste sobre el mapa que nos ofrece Google Earth, es inmejorable.


Vemos serpentear el valle principal con la línea de los tres miles separándolo de España mientras que tras la línea de cumbres de la izquierda, algo más baja, estamos ya en Francia. Deudores del Garona vemos por la derecha el valle de Arties y el de la Artiga de Lin y por la izquierda, el Varrados y el que ahora nos interesa, el del río Torán. No cabe duda alguna de que el Valle de Arán es una unidad geográfica extraordinaria.

Pues bien, cuando fuimos allí de viaje de novios Rosalía y yo en 1978, recordaba del trabajo de 1974 para el COAC que sólo en Caneján quedaban unas casas (o bordas) con cubiertas de paja.

Para entonces ya había estado en el Cebreiro visitando las célebres pallozas de planta circular (orgánica) y por supuesto había sentido la misma emoción que me transmitieron los croquis del poblado de Moaña de Torres Balbas, o las clases de Rafael Moneo sobre esa proximidad formal entre el útero materno y la primera arquitectura. Pero aún no había visto nunca cubiertas de paja sobre ese nuevo estadio de la arquitectura en la que ya había aparecido el ángulo recto.

Nos adentramos con nuestro Citröen 2CV por el encajonado valle del río Torán con aquellas extraordinarias torrenteras al fondo,



y en el primer recodo avistamos la forma en la que el pueblo se asentaba en la ladera orientada a naciente.



Las pocas bordas que quedaban con tejado de paja estaban, sabía yo, en el camino que llevaba de Caneján a Bordius, justo a la derecha del pueblo.



Y una vez que aparcamos en el pueblo, para allí nos fuimos en la agradable pero distante compañía de una pareja de aldeanos.















Nuestros guías continuaron camino adelante y nosotros nos quedamos a contemplar largo rato esas reliquias arquitectónicas del neolítico y a hacernos fotos.






Siguiendo el camino por el que se fueron los lugareños, hubiéramos podido llegar a Bordius, pueblo abandonado en el que Soler y Santaló tomó a principios de siglo una foto en la que, no ya las bordas, sino las mismas casas tenían tejados de paja. Esa foto la publicó y puede verse en el libro LA CASA POPULAR EN ESPAÑA que escribió Fernando García Mercadal en 1930, que es la que pongo aquí (facsímil en colección Punto y Línea de la ed GG, Barna 1981):


Ya que en su día no fuimos hasta las ruinas del despoblado de Bordius, lo he hecho ahora con Google Earth:


No hemos vuelto a Caneján desde entonces y eso que tuvimos un amigo, colega de Rosalía en el MIR (el doctor Cristian Fallos se llamaba), que tenía allí una casa de un abuelo suyo que había sido medio contrabandista y que nos invitó a visitarle. (Con Cris hice un par de excursiones montañeras por la Rioja que espero contar en Montes).

Guardo también del pueblo de Caneján esta hermosa vista tomada cuando volvíamos de aquella especial comunión con esas bordas de tejado de paja que nos permitieron volver al neolítico gracias al motor de un 2CV y a nuestra ilusión.


Por las fotos que encuentro en Panoramio parece que los tejados de esas bordas han sido ya sustituidos por otros de chapa más modernos y que el pueblo está tomando el aire vulgar de cualquiera de los pueblos del valle,




así que es muy posible que no quiera volver por allí y que prefiera dejar en este blog el recuerdo de aquel gran momento.

Aunque no hay que ser derrotistas: río arriba hay una gran excursión del alta montaña hasta Montgarri que me gustaría muchísimo hacer. Eso sí, de llevarla a cabo, su historia ya no la pondré en este blog, sino en el mencionado MONTES.