sábado, 20 de febrero de 2010

21. LAS CASAS DE TANA TORAJA, Sulawesy, Indonesia.

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Si creo que me moriré sin haber ido a Memphis, más seguro es que deje este mundo sin haber pisado Indonesia. Selva con mosquitos y bichos de toda índole, tipos de ojos rasgados con machetes en la mano (y encima musulmanes), y por si fuera poco, el cuarto país más poblado del planeta. No sé, igual de viejo me da por hacer un crucero como a Jünger en “Pasados los setenta”, pero no creo que aquí den las pensiones para tanto. Eso, si nos podemos jubilar...




Pero ya que viajar de verdad empieza a no interesarme, y a países raros mucho menos, con internet y buenos corresponsales, cada vez me gusta más. Hubo un tiempo en coleccionaba los suplementos dominicales de viajes, pero hubo también un momento en que me dieron asco: todo era bonito, todo era accesible, todo era igual, todo era plano. Si el periodismo en general es ya el modelo casi perfecto de la escritura vacía, el periodismo de viajes es el periodismo de los periodismos. Los blogs, sin embargo, son otra cosa. Fotos bellísimas y comentarios espontáneos, casi diría que directos. Y eso que la escritura nunca lo es (y la escritura pública mucho menos).




A lo que vamos: hace unas semanas encontré por causalidad el blog de un tal Ignacio Izquierdo,
que por lo visto anda por ahí dando la vuelta al mundo, y me enganché. No tengo ni idea de quien le paga ni he tenido tiempo de bucear hacia atrás en todo lo ya recorrido (¡va por el día 267 de su viaje!) pues de momento, bastante tengo cada semana con seguir lo que cuelga.
La calidad de las fotos raya en la perfección, o sea, en ese arte tan sobado de la fotografía publicitaria que más bien echa para atrás. No es fácil ver la verdad de las cosas cuando la fotografía es tan edulcorada y a mí en los viajes me gusta la verdad y no lo de los suplementos dominicales. Sin embargo, la frescura de sus textos compensa largamente la perfección de las fotos.



Gracias a Google Earth viajo luego a los lugares que menciona en su blog, comparo sus fotos con las que pone la gente, y me hago una idea. Las fotos que la gente cuelga en Panoramio son más de andar por casa, es decir, más cercanas a la verdad de los lugares.
Sin embargo en el caso de la aldea de Tana Toraja, las fotos que he encontrado en Panoramio son incluso más sorprendentes que las del propio Ignacio Izquierdo. Las casas con tejados en forma de cuernos de búfalo y los arrozales escalonados en ladera, parece que no necesitan de preciosismo alguno en el manejo de la cámara. Como escribí una vez del Guggenheim de Bilbao, toda foto que les hagas, por muy mal que encuadres (e incluso si encuadras mal, mejor) te sale una obra de arte.
No sé si hago bien en poner en este blog dedicado a la arquitectura sensata algo tan insensato como esas casas de Tana Toraja o esos minifundios de arrozales en ladera, pero eso es lo que pasa por viajar con internet: que a diferencia de los viajes pensados desde suplementos dominicales en que vas buscando lo que ya habías visto en las fotos, con blogs y google earth te sueles encontrar lo que no buscabas.


martes, 9 de febrero de 2010

20. BERDUN (Huesca)

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En pocas ocasiones me enamoro ya de un lugar, pero el otro día me ocurrió. Con la de veces que he pasado por delante del pueblo de Berdún nunca me había parado en él. Bueno, sí, una vez me había parado, pero no en el pueblo sino al pie del mismo, en la carretera. Y eso lo conté en un Cascotes: Parada Respiratoria.

Ni siquiera estuve seguro entonces de que aquel bar de carretera perteneciese a Berdún. Los pueblos de Huesca me dan pánico porque el Forropiedra Aragonés del que hablé en un LHD, ha causado, y sigue causando, estragos en ellos.

Pero bueno, esta vez era de noche, teníamos que cenar y había tiempo para pasear, y como la opción del Bar de la Parada Respiratoria siempre estaba asegurada nos atrevimos a subir al pueblo. ¡Y qué sorpresa!. Calles estrechas y sin apenas coches, casas de verdad y con poco o nada de forropiedra ni de modernidades de arquitectos. No pudimos disfrutar de las impresionantes vistas que tienen desde ese balcón sobre el Pirineo, con el Bisaurín al fondo



o del dominio de la Canal que lleva el nombre del propio pueblo, pero a cambio hicimos vida interior y recalamos en su único bar, El Rincón de Emilio, que a pesar de tener un anuncio-cartel gigantesco y bastante horroroso (o convencional) a la entrada-aparcamiento, resultó tener un estupendo ambiente popular. Tienen una web con foto forropiedra, pero por suerte no vimos esa perspectiva, y lo que sí hicimos en él fue cenar un par de huevos fritos con Chistorra por 4 euros, atendidos estupendamente por Sandra, una camarera la mar de tranquila, servicial y simpática.

Como era de noche no pude hacer fotos de sus calles y casas, pero rastreando por la red he encontrado un par de ellas para poner aquí.




La verdad es que cuando nos fuimos de Berdún dudamos de si era tan bonito como lo habíamos visto, o si mi amor era producto de la nocturnidad, pero a la vista de estas fotos creo que fue un amor verdadero.

La mayoría de las fotos de Google Panoramio son las que los turistas hacen desde la carretera. Y entre ellos me incluyo. Nosotros la hicimos al día siguiente, pero fue más que nada para testimoniar nuestro flechazo. Es la que he puesto para iniciar este post.

Para acabarlo, pongo la habitual foto aérea de Google.



Y por supuesto, la bellísima y limpia cara norte del pueblo según se descubre cuando se viene de Pamplona.

viernes, 29 de enero de 2010

19. MEMPHIS, CON JIM JARMUSCH

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Por mucho que la acaricie el Mississippi no creo que el destino me lleve nunca a Memphis, Tennessee, pero gracias a esto de las descargas directas (que la gente con posibilidades se quiere cargar) he podido visitar recientemente esta ciudad de la mano de Jim Jarmusch en Mystery Train (película que rodó en 1989, ¡cielos! ¡hace veintiún años y yo no la había visto!), y no quisiera irme de ella sin dejar un agradecido recuerdo al buen guía, algunas fotos más, y una recomendación a todos mis lectores para que no dejen de acudir a sus impagables servicios. (Para lo de las fotos me han asistido mis tíos Google Earth y Panoramio, claro está, gente muy amable que de seguro también os atenderán con la misma generosidad que a mí).

Tras la foto de bienvenida a la ciudad que he puesto arriba, los protagonistas se preguntan si ir primero a los Sun Records (los estudios donde se grabó el primer disco de rock en 1950) o a Graceland (la mansión sureña que se compró Elvis Presley cuando se hizo rico). Como no usan planos y descubren Memphis caminando con la maleta a cuestas, gana lo primero, que está en el centro, y porque, como se puede ver con GE, Graceland está en las afueras.

La visita al interior de los Sun Records es impagable pero como mejor la veis en la película, aquí os dejo sólo la foto del exterior. Extraordinario lugar. Dicen que mueve a miles de turistas a visitar Memphis.



Se deduce del diálogo final de la película que los protagonistas visitaron también Graceland antes de tomar el tren, pero como eso no sale, pongo aquí dos fotos, que yo sí que he estado allí aunque no he dejado firma en la valla.




Tampoco van los chicos a la Beale Street que es la calle más turística de la ciudad, donde están las viejas tiendas de discos y el café B.B King, dedicado ese otro gran guitarrista de Memphis del que la película no habla (no te enfades por eso, Javier). Aquí la foto.



Pero como era de esperar el núcleo de la película se ubica en un lugar propio, el Hotel Arcade, que los protagonistas descubren de noche.



Si yo fuera a Memphis, antes que a los Sun Records o a Graceland, iría a ver el Hotel Arcade, pero mira por donde que ya no está. He localizado el Arcade Restaurant en la 540 South Main Street (bastante cerca de la destartalada estación de tren), desde el que se veía ese posible nuevo mítico lugar, que seguramente no atraería a miles de turistas pero en el que algunos nos guiñaríamos el ojo.



Con Google Earth me he ido hasta allí para descubrir (punto amarillo) que el Hotel ya no es visitable, pero que los alrededores son tan desoladores (o más) que en 1989.


De todos modos no hay que desesperar. Estos norteamericanos son capaces de reconstruirlo tal cual. Aunque, en tal caso, ay, mejor que busquéis mi complicidad en otro lugar porque no creo que vaya yo a Memphis para ver un simulacro.

domingo, 20 de diciembre de 2009

18. LA CASA DE JOHN SOANE. LONDRES

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En el calendario de francés que he comprado para practicarlo durante el año que viene he encontrado una cita de Auguste Perret que podía muy bien ser el pie de foto de la imagen de arriba, el dibujo que John Soane hizo hacer a Joseph Gandy de su Banco de Inglaterra. Dice así:

L’architecture, c’est ce qui fait les belles ruines.

El 1 de junio del 2004 llevé a mis alumnos de la Escuela de Diseño de Logroño a ver la casa de John Soane y, obviamente, aproveché la ocasión para buscar en ella el dibujo de Gandy. Recuerdo que no me emocionó gran cosa. Colgado a cierta altura y enmarcado en cristal no conseguí apreciar los trazos del dibujante y pensé que hasta podía estar viendo una reproducción.

Pero la casa, en modo alguno decepciona. Javier Dulín estaba tan entusiasmado que dijo que su visita justificaría perfectamente un desplazamiento de fin de semana a Londres.
Como fuimos a primera hora de la mañana y llegamos antes de que la abrieran, pusimos a los alumnos a dibujar la fachada.




Una vez dentro, dimos una hora para verla y hacer dibujos en su interior, pero a los quince minutos me asomé por una ventana y vi a tres o cuatro alumnas fumando en la calle. “Se ahogaban en la casa...” me explicaron luego...

Ciertamente, algunos pasajes de la casa son muy agobiantes y la acumulación de restos de arquitecturas (ruinas) lo llena todo. (Creo que no dejaban hacer fotos en el interior, así que estas que muestro son “piratas”, o sea, muy inglesas).





Yo también tengo ahora mi casa llena de ruinas (libros, cuadernos, revistas, fotos) y miles de restos de arquitecturas (ordenador), así que de vez en cuando tengo que salir a la calle a respirar. Comparto aficiones con Soane y sensaciones con mis alumnas.

Pero no todo es ruina en la casa de John. Hay dos momentos espaciales verdaderamente intensos, el del techo de la salita y el del espejo de la chimenea.




Y un momento de color amarillo que había visto publicado en un Tratado sobre el Color en la arquitectura y que en vivo y en directo no me decepcionó. Es más, creo que mi foto es mucho mejor que la de aquel manual:



Cuando dejamos la casa fuimos andando hasta el Banco de Inglaterra. No controlé entonces (ni sigo controlando ahora), si todo era tal como lo pensó Soane o si había añadidos posteriores pero en mi cuaderno anoté que aquello tenía pinta de un pastel francés envuelto en una fortaleza neoclásica.





Sir John Soane sabía muchísimo de arquitectura y de ruinas pero seguro que por su imaginación (la del pirata inglés) no pasó una imagen como ésta... de su Banco de Inglaterra así pirateado:



Entre los tiempos de John Soane y los nuestros, Perret volvió a aquel viejo pensamiento de que la arquitectura tiene más que ver con la muerte que con la vida. El problema es que, ahora, cuando la arquitectura es totalmente una ruina, es ya imposible que nos evoque tan bellos pensamientos.

(Para organizaros un viaje a la casa de John Soane, este es el enlace)

domingo, 29 de noviembre de 2009

17. LA CABAÑA DE JULIO VILLAR

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Hace catorce años la revista Archipiélago que dirigía José Angel González Sainz me invitó a participar en un número dedicado al transporte. La revista Archipiélago, recientemente desaparecida, estaba entonces en plena juventud, llena de ideas y energías. Entre los artículos que compondrían el número se solía incluir una entrevista a algún experto en la materia, y hablando sobre el asunto en su viejo piso de Catelldefels a orillas de la ruidosa autovía, le propuse al director hacerle esa entrevista a Julio Villar, el conocido navegante del Mistral, el hombre que había dado la vuelta en mundo en un pequeño velero de 7 metros, y que lo había contado en su delicioso libro ¡Eh Petrel!. Pero no era por ese libro tan conocido por el que yo quería estar con él, sino por otro mucho menos divulgado y a mi parecer mucho más interesante que publicó unos años después en la misma Editorial Juventud, y que llevaba por título VIAJE A PIE (Barcelona 1986). Yo lo había leído en la primavera de aquel 1995, y además de que su contenido podía encajar con nuestro espíritu crítico sobre la alocada movilidad de nuestros días, su lectura me había generado grandes deseos de conocer al autor.

Hombre aventurero o medio hippy, no fue fácil dar con él, pero por el propio libro y algunos recortes de periódicos sabía que se había instalado en algún lugar de L’Ametllá de Mar, provincia de Tarragona, y para allí me fui con mi fiel escudera en un día caluroso del verano de aquel mismo año. Tengo apuntado en mis cuadernos de notas que le preguntamos a un guardia del puerto, a dos policías municipales, a la mujer de Víctor (el secretario del juzgado), y a un tal Roberto (que tenía una tienda de modas con una fachada de piedra), y con los datos de unos y otros nos echamos hacia el monte por unas pistas de tierra que a punto estuvieron de acabar con los bajos de nuestro Seat Ibiza. Tras varias dudas y alguna parada a preguntar en las escasas masías habitadas por donde pasamos, dimos finalmente con una especie de casa/cabaña que parecía autoconstruida y que bajo el sol achicharrante de julio era el único lugar habitado entre los almendros y los olivos de aquel monte bajo.



Tenía como nombre SAGARMANA, que si mal no recuerdo tiene que ver con el nombre que le dan los sherpas al monte Everest, lugar que conoció Julio Villar cuando participó en la expedición Tximist al Everest de 1974.

No había nadie allí, así que nos sentamos un rato a contemplar el lugar, a dejarle una nota con un número ya editado de Archipiélago (la revista de crítica de la cultura que le había buscado pero en la que ya no saldría) y hacer unas pocas fotos de la cabaña. Sentí cierta sensación de fracaso pero entre las cosas que le puse en la nota le escribí que "el destino sabrá".

Por un artículo de este mismo año encontrado en internet proveniente de un suplemento de náutica veo que aún vive allí. Y a falta de haberle conocido en persona, he visto un par de vídeos bastante malos en youtube donde una jovencita risueña le hace una entrevista bastante sosa. Una pena, porque ese hombre es un ser extraordinario. Tan extraordinario como el lugar que se construyó para habitar sobre la poética de sus dos libros.



miércoles, 28 de octubre de 2009

16. LA CABAÑA en TODTNAUBERG de MARTÍN HEIDEGGER

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Poco antes de salir hacia el sur de Alemania para pasar las vacaciones del 2008 cerca del Bodensee , di por casualidad con un librito sobre la cabaña de Heidegger editado por GGili. No bien lo hube ojeado en la misma librería ya vi que el libro tenía muy poca sustancia, pero de todos modos lo compré, más que nada como guía de excursión. Unos datos en internet hubieran sido mucho más baratos y menos plomizos pero hasta la desaparición definitiva de los libros aún quedan unos años.

Como no podía ser de otro modo, el librito en cuestión era la versión reducida de la tesis doctoral (¡nada menos!) de un arquitecto y profesor de arquitectura de Cardiff, o sea, Gales, Gran Bretaña, y todo él estaba escrito en el doble tono reverencial suscitado, en primer lugar, por el influjo del habitante de la cabaña, y en segundo lugar, por el academicismo propio de las tesis doctorales.

En relación con Martín Heidegger alguien debería más bien escribir un tratado sobre sus artes del hechizo (o incluso de hipnosis) sobre sus discípulos, alumnos y estudiosos, porque por todo lo que he leído en torno a su figura, al parecer emanaba un respeto inusual. El mismo respeto que te da el no entender ni papa de sus libros, especialmente del famoso Ser y Tiempo en la traducción del asturiano mexicano José Gaos. (Debe ser muy bueno todo esto, -decíamos los irreverentes estudiantes de arquitectura cuando algunos esforzados profesores trataban hacer semiótica con la misma-, porque no entendemos nada). Que yo sepa, sólo a los valientes Thomas Bernhard (“Heidegger era un charlatán del mercado filosófico”) o Eduardo Gil Bera (“teólogo vergonzante”) les he oído faltarle al respeto con gracia y fundamento. Los periodistas no han dejado de dar vueltas a su filonacismo a ver si así se curaban de la devoción general de sus discípulos, pero ni por esas.

Por supuesto que he hecho más intentos de acercamiento a los textos de Heidegger más allá del Ser y el Tiempo, y como arquitecto que uno es no podía dejar de leer, releer y citar cuanto pudiera, el tan cacareado Bauen Wohnen Denken (Construir Pensar Habitar), pero las más de las veces (Caminos del Bosque, De Camino al Habla, Conferencias y Artículos, Introducción a la Metafísica, o Hölderlin o la esencia de la Poesía, y algún otro más que no recuerdo) no he hecho sino sufrir verdaderas fatigas lectoras para extraer poco más que algunos giros lingüísticos o efímeras expresiones poéticas sobre las más grandiosas y abstractas palabras. No sé, igual me ha quedado algo más de todos esos esfuerzos, pero como digo, no sabría decir muy bien donde los tengo.

En todo caso, como gozo de gran curiosidad por poner lugar, cara y vida a los grandes nombres de la historia y de los libros, la oportunidad de visitar la cabaña de Heidegger, en donde según los datos aportados por su doctorando arquitecto, no se retiraba a disfrutar de la naturaleza (como hacemos casi todos) sino a pensar desde ella, desde sus fuerzas primigenias, etc (v. pag 66), era todo un caramelo para mis vacaciones.

Y así fue. La tarde del viernes 25 de julio del 2008 nos llegamos hasta el pequeño pueblecito de Todtnauberg (un conjunto de casas desordenadas en el paisaje de la Selva Negra), aparcamos en lo que creímos era el albergue juvenil del pueblo (ni las indicaciones del libro del galés resultaron útiles como guía de viaje) y fuimos paseando monte arriba por los “caminos del bosque” hasta dar con los escondidos accesos (únicamente peatonales y hasta yo diría que montañeros) de la famosa cabaña.




Hacía un bochorno del carajo y el sol picaba de lo lindo así que como sus herederos no “moraban” esa tarde en la casa, hicimos mangas y capirotes de las advertencias de Privateweg y Durchgang verboten y nos aposentamos en los alrededores de la misma para ver si así se nos ensanchaba el entendimiento de la existencia. Sí, ya sé que legalmente eso está muy mal, pero yo me niego a reconocer como privado algo tan evidentemente público. Si buena parte de los pensamientos de Heidegger salieron de esa casita, y yo ya he pagado en cientos de horas el esfuerzo por desentrañar esos pensamientos, algo de esa cabaña era mía, qué caramba. Por lo menos, la media hora que pasamos sentados alternativamente en la escalerita de la puerta, pues por no tener, la casa no tiene ni un maldito banco exterior para sentarse fuera. Se ve que todo en la filosofía es interior, muy interior y profundo.



Como esquiadores que somos, lógicamente nos atraía mucho la vista hacia esa pista que se ve a la izquierda según se mira desde la puerta de la casa.



Pero nos imaginamos que en pleno invierno, viendo y oyendo la algarabía de esquiadores subiendo por los arrastres y bajando por la pista, pocos pensamientos profundos sobre la existencia se nos iban a ocurrir.




Como queriendo evitar el goce y la distracción de las amplias panorámicas, unos pocos árboles delante de la puerta cierran la vista directa de la casa hacia el valle, aunque... no consiguen evitar que por entre sus ramas se cuelen los innumerables ruidos que ahora producen todo tipo de artefactos mecánicos. En el poco rato que allí estuvimos, los tractores, las motosierras y una máquina machacona del caserío más cercano no pararon de llenar el ambiente con sus ruidos, y aunque en los tiempos del filósofo no debía de haber tantos motores, seguro que algunos de ellos, incluso menos silenciados que los de ahora, llegarían hasta la cabaña.



Con el calor que hacía, obviamente nos acercamos a la rústica pero cuidada fuentecita en madera de la casa (única instalación de fontanería de la misma) a beber agua y refrescarnos. O a beber (metafóricamente) de las mismas fuentes de la sabiduría que el gran filósofo. El excusado, según los planos de la casa, está detrás de la misma, y puesto que estaba cerrado y no hubo falta, quedamos mismamente excusados de su visita.



A menos que el autor o la editorial me regañen por el escaneo (en el copyright dice que cualquier reproducción está prohibida salvo excepción prevista por la ley (¿?) / y seguro que estoy en la excepción...) pongo aquí la planta de la casa.



Y la foto con las coordenadas y el localizador de Google Earth (ahí sí que no me pillan los del copyright, ¡Viva Google Earth!)



http://maps.google.es/maps?ll=47.858755,7.9504019&z=15&t=h&hl=es

Que Vds “filosoffen” bien.

jueves, 15 de octubre de 2009

15. MI ULTIMA CASA

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Creía que al proponerme escribir sobre las casas que he habitado a lo largo de mi vida iba a dar con un gran filón para este blog pero resulta que no me es fácil ponerme a decir algo razonable sobre ellas. Seguramente porque es un asunto muy íntimo. Puse hace tiempo la casa en que nací, y luego no he puesto más, así que no sé si al poner hoy la casa que tengo destinada a guardar mis restos habré concluido con este capítulo. Ya veremos.

Creo haber contado por algún lado (sí, en el blog de Anguciana, entrada LA DULA) que uno de mis primeros trabajos como estudiante de arquitectura fue levantar el plano del cementerio de Anguciana para el Ayuntamiento, entonces regido por mi padre. Recuerdo hasta los honorarios, siete mil pesetas de 1973, y el destino que las dí, una Bultaco Mercurio de quinta mano que aún tengo en un garaje. Me gustaría poder ver algún día ese plano porque reflejaba el estado anterior a la masiva construcción de nichos y panteones que se ha hecho en este cementerio durante los últimos treinta años, panteones, sobre todo, que han acabado con la imagen bucólica de tumbas en tierra y cruces de hierro negras que aún tenía por entonces.



Contemporánea de aquel interés de mi padre/alcalde por organizar el cementerio en su totalidad, fue la delimitación y reconstrucción de la propia parcela familiar situada en el rincón noroeste del recinto, junto a las paredes de la ermita. Y a fé que lo hizo bien y que ese lugar me encanta, porque lo hizo de un modo bastante desordenado y austero.

Para empezar se recogieron los restos de los frailes del convento, quienes seguramente por querencia hacia la propiedad del castillo que ellos ocuparon después de mi familia, se habían metido también en el terreno de la tumba familiar. En la pared quedó una placa conmemorativa de todos ellos, aunque sus restos debieron trasladarse al osario común que estaba más o menos donde luego se construyeron los nichos.



En su lugar se construyó un segundo depósito de féretros para la familia, pero a diferencia del viejo, que sobresale medio metro por encima de la rasante, se dejó a ras de tierra, lo que le da al lugar un cierto aire de provisionalidad que no tiene nada que ver con la eternidad de su destino. Recolocó la cruz que acompañaba de un modo poco ortodoxo al primer depósito (recuerdo que no lo hacía en la posición tradicional de cabecera, sino que estaba colocada simplemente a su lado), y delimitó el recinto con una cadena agarrada a otras dos piedras que podrían ser otras dos cruces truncadas como en el Gólgota.



Por supuesto no se puso ningún nombre ni soporte para que lo hubiera. Y me parece un detalle bellísimo. Aparte del “deshabillé” general, esa ausencia de titulares es seguramente lo más hermoso de ésta mi última casa: que nuestros restos se separen para siempre de nuestros nombres; que los nombres subsistan un poquito más en la memoria de los vivos y que los cuerpos o sus cenizas (solución ésta más higiénica, al parecer) vuelvan anónimamente y con la mayor humildad a la tierra.

En fin, uno nunca sabe cuánto durará la memoria de su nombre, ni si acabaré en ese lugar que tanto me gusta,-porque una cosa sí que tengo clara, y es que si muero lejos de él, nada me parece más tonto que andar transladando con gran gasto lo que no será sino polvo en cualquier parte del mundo. Prefiero, con mucho, contemplar con cariño ese lugar mientras viva y celebrar a mi padre como su arquitecto.