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martes, 25 de octubre de 2011

53. LUJUA. Vizcaya. España

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Hace unos años estuve en Lujua por algún compromiso familiar de mi mujer, y vi la que podría haber sido mi casa, la casa de mi vida. Así que sentí un cosquilleo especial y le hice esta foto. De esas dos casas gemelas, creo que era la de la derecha, que aún seguía medio abandonada. Pertenecía al Obispado (la foto está hecha desde el porche de la misma iglesia) y  traté de comprarla allá por el año 1977, cuando en España estábamos todos ilusionados con la democracia..., bueno, todos menos los vascos, que por lo visto después, preferían ser nación antes que vivir en democracia y en paz. Los años siguientes a mi vano intento de compra (dos veces he tratado con la Iglesia para intentar comprarles una casa junto a una parroquia pero en eso de los negocios son... ¡de la piel del diablo...!) fueron de continuos atentados terroristas y desilusión democrática, por lo que con el tiempo, me alegré mucho de que los curas hubieran sido tan perros y me impidieran echar raíces allí. 

Mi mujer había nacido en el mismo Lujua, en una casa de la carretera que he señalado con una flechita roja en el mapa que pongo aquí:


Y en aquellos años, apenas había media docena de casas en torno a la iglesia, y tenía todo un delicioso aire rural. El aeropuerto de Sondica sólo tenía una pista y los aviones no daban mucha guerra.

Sin embargo, cuando hice mi última visita a Lujua (que se había cambiado de nombre por Loiu / ¡vaya adelanto!) todos los alrededores de la iglesia estaban urbanizados, acerados, enfarolados y..."arrodeados" por adosados.


.. y como se puede ver en la foto anterior, la nueva pista del gran Sondika (ahora con K, claro) parece enchufar directamente al que pudo ser mi barrio..

Antes de aquellos años de ilusión, yo había empezado a pensar que Dios era un personaje literario y me había alejado de él; pero he de reconocer que, si es tan bueno como dicen algunos, en aquel pasaje de la novela de mi vida estuvo muy cerca de mí.
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viernes, 29 de octubre de 2010

40. LA CASA FAMILIAR EN ANGUCIANA, La Rioja.

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No me urgía traer aquí, entre las casas de mi vida, la casa familiar de Anguciana, porque la tenía por un valor seguro e imperecedero. Pero como habrá podido ver el lector de Cascotes, el asedio a que ha sido sometida últimamente por el “diseño” de los alrededores (ingeniería de tráfico en la carretera, y pavimentación y mobiliario de arquitectos en la nueva plaza, Cascotes 146 y 155) me ha hecho pensar mucho en ella, seguramente porque lo mejor de esa casa era su ubicación, es decir, “sus alrededores”.

Aunque ahora todos la tengan por la casa de los Diez del Corral en Anguciana, nada más falso porque la casa era de los Angulo, concretamente de una hermana soltera de mi abuela, Milagros Angulo, y según tengo oído, debió de ser su padre, Ricardo Angulo, quien le dio el empaque con que ha llegado a nuestros días a base de unir dos o tres viejas casas rurales, regularizar la posición de sus tres balcones a la plaza y construir una gran galería al sur. Cuando yo era un renacuajo, la solterona tía Milagros moraba en solitario en esa inmensidad de habitaciones acompañada por su sobrina y hermana de mi padre, Pilar Diez del Corral Angulo, también soltera, quien a la postre heredaría la casa. La tendencia de mi pade a no perder las raíces con su pueblo fue lo que hizo que poco a poco fuéramos entrando nosotros a habitar esa casa, bien pasando los veranos con las dos tías, o como en mi caso, quedándome en solitario o con algún otro hermano a pasar los inviernos y estudiar así mis primeras letras en la escuela del pueblo.

Pero vinculaciones familiares aparte, lo que me interesa ahora es mirarla con “ojos de arquitecto” para descubrir todos esos valores que ahora ignoran o desprecian “los arquitectos”. Y como por razones obvias no voy a descubrir su interior más que a rasgos generales, la mirada que quisiera compartir con los amantes de la arquitectura que aquí vienen, es la del exterior, y hacerlo en un doble sentido: en la forma en que se ve la casa desde el pueblo y en la forma en que se ve el pueblo desde la casa. Es decir, la enorme sensación de presencia y de vida en el pueblo que posee esa casa.


Sin ser gran cosa, la fachada es como un orgulloso esfuerzo de poner orden y geometría donde no lo había. Y esa es para mí, o esa ha sido siempre para mí, la arquitectura, la gran arquitectura.

Por dentro las cosas no son tan claras porque no hay ni una habitación que tenga los ángulos rectos. Escandalizado hace muchos años porque siendo arquitecto yo no hubiera levantado una planta fidedigna de la misma, me puse a ello, y tengo que confesar que ante las irregularidades de las cotas acabé por desistir. La única medida que en verdad me interesó es la de las alturas de los techos, inusualmente baja en sus dos plantas vivideras (se toca el techo con la mano), y similares por tanto a las casas de Wright o Le Corbusier. La planta baja, donde estaban el granero y las cuadras, o la planta bajocubierta, caótico desván, tienen alturas superiores, cumpliéndose así el pattern (Alexander) de “variedad en la altura de techos”


Otro gran gesto de ordenación arquitectónica por parte de su artífice fue la construcción de la doble galería al sur, verdadero captador de energía solar para caldear la casa (¡ahora se diría que sostenible!).

De esa galería ya hablé y puse una foto en el LHD a propósito de la ilustración del pattern “sol dentro”  donde también apunté que, sin embargo, el constructor se quedó un poco corto en la anchura de la misma no llegando al pattern que propone Alexander para las así llamadas “habitaciones exteriores”. La galería de la casa de los Medranos en Anguciana tenía una anchura mucho más útil y la de mi casa en Logroño (foto en la mencionada entrada del LHD) también.



Bien como captador de sol, pero floja como habitación exterior, lo mejor de la galería es su presencia en el jardín. Porque esa es otra pieza maestra de la arquitectura de esa casa, el jardín de “tapias altas” (otro de mis patterns favoritos de Alexander).

Hace unos cuantos años leí en alguna estúpida normativa urbanística redactada por arquitectos la expresa prohibición de hacer jardines con tapias altas. Menuda memez. Seguro que quien redactó esa normativa no había estado jamás en un lugar como el jardín de mi casa de Anguciana, un verdadero oasis en el mismo centro del pueblo gracias también a la colaboración jardinera de mi padre que cuando empezó a coger las riendas de la casa le dio sombra con tres hermosas acacias y lo forró de enredaderas.




Otro de los patterns de que hizo gala en su día fue el de “banco a la entrada de la casa”, en concreto, bancos, dos, por aquello del empaque geométrico.


Desaparecieron con un arreglo de la fachada y con las posteriores aceras de la plaza. Pero quién iba a imaginar a dónde iríamos a parar en esto de los bancos... (v. Cascote 155)

Pero vayamos ya a las vistas desde la casa porque es gracias a ellas donde se siente verdaderamente la presencia del pueblo en su interior. Sus seis balcones, abiertos a la zona triangular de la plaza siempre la han mirado como de soslayo y por eso el foco de atención de la fachada norte siempre tira a lo alto del campanario de la iglesia, y en concreto a la contemplación del nido de las cigüeñas.



Y ya que traigo otra vez a colación la presencia de los animales en la vida del pueblo, no está de menos contar que desde siempre las abejas han elegido uno de los balcones centrales de nuestra casa para enjambrar, y que ahí siguen:


El lateral izquierdo de la casa (según se mira de frente) posee unas medias ventanas que se abren al que fuera uno de los puntos más singulares y lleno de vida del pueblo, el desaparecido badén, lugar que mereció por ello una entrada propia en el blog de Anguciana. Y esta es la vista que puse allí.



Pero la vista más secreta y oculta que se tiene desde la casa, es la que ofrece un ventanuco del desván abierto a un patio situado en su medianil oeste. Como es la habitación más escondida de la casa, siempre fue mi preferida para refugiarme allí a leer y, de paso, a contemplar casi a hurtadillas, las almenas de la que durante un par de generaciones fuera, en efecto, la casa de los Diez del Corral cuando el bisabuelo Justo se casó con la señora del Castillo, doña Pilar Blanco de Salcedo.


Bueno, seguro que me dejo en el tintero un montón de cosas, pero nada me apetece más: pues si hay un pattern que verdaderamente me gusta en materia de arquitectura y que se cumple a la perfección en la casa de Anguciana, es el de ser una casa con innumerables cosas que contar, Una casa siempre “con misterios”.


viernes, 7 de mayo de 2010

30. CIR Nº 1 SAN PEDRO. Colmenar Viejo, Madrid.

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No, no, tranquilos que no es mi idea contar la mili, dios me libre. Pero en el empeño de comentar aquí los sitios en que he vivido no podía dejar de lado un lugar tan especial como el campamento militar al que fui destinado en el famoso y extinguido “servicio militar obligatorio”.

Algo de “orden militar” ya llevaba yo encima tras mi paso por el PATRONATO que vimos dos post atrás. Pero aquel espléndido lugar y rico complejo de edificios lleno de unidad, poco o nada tenía que ver con el Campamento de Instrucción de Reclutas de Colmenar Viejo que habité en los tres primeros meses del año 1977, justo en plena transición española de la dictadura a la democracia.

Me habían comentado que por razones estratégicas o de seguridad los recintos militares están borrados en Google Earth pero, por suerte, este lugar de instrucción no debe ser objetivo importante para el enemigo y he podido acercarme hasta él con el famoso atlas cibernético y revivirlo. No tengo ni idea de cual será su uso actual y tampoco tengo mucho interés en saberlo.

En la foto de arriba puede verse la totalidad del recinto, situado al noroeste del pueblo de Colmenar Viejo. En el primer vistazo puede advertirse el completo desorden espacial o geométrico del mismo (quizás pensado así para despistar al enemigo...). El acceso está situado al Este junto a la carretera que lo comunica con el pueblo, y el orden interior de manzanas brilla por su ausencia. En eso tiene mucho más de “campamento” que de cuartel, más de implantación efímera que de pequeña ciudad. Pero de efímero nada, los pabellones son recios y si no recuerdo mal, construidos con granito de la zona. El desorden tiene más que ver con la incapacidad de diseño de los ingenieros militares que con su solidez constructiva.

Poco recuerdo de la utilidad de tanto pabellón como puede verse por ahí revuelto, pero salvo error que agradecería se me corrigiese, anoto a continuación los que tengo en memoria.



El señalado con el número 9 era el de mi compañía, la “novena”, nombre fatídico en lo musical pues nuestro himno era la antítesis de la famosa coral de Beethoven en la homónima Sinfonía. Los mandos nos exigían cantarlo cuando desfilábamos, pero la mayor parte de nosotros sentía tal vergüenza de la letra (y de la música) que nos ganamos más de un castigo por farfullarlo de mala gana. Afortunadamente muchas cosas he olvidado de la mili pero la letra del himno de la Novena Compañía aún me persigue:

La Novena Compañía
Toda llena de alegría
Nos ponemos a cantar
Con ardor ferviente y sano
Con el Cetmet en la mano
La mejor del CIR será.

La Novena cuando sale a desfilar
A las chicas con su garbo prenderá
Y a sus madres les dirán con ansiedad
Estos chicos tienen aire militar.

Cielo santo. Me pregunto si el compositor sería el mismo diseñador del CIR.

La Compañía era una simple nave corrida de dos pisos ocupada por literas de tres alturas, pasillo en medio y taquillas junto a las paredes. Es decir, un enorme dormitorio doble para ciento y pico reclutas. Un detalle que había olvidado pero que he podido recordar gracias a algunas cartas que escribí desde allí es que en el pasillo había televisiones encendidas en las horas de asueto. Horror sobre horror.

Es por eso que en tales momentos de descanso, en vez de ir al dormitorio solíamos apretujarnos en el atestado HS (Hogar del Soldado), otra nave inmensa situada al Sur del recinto donde cientos de reclutas rapados merendábamos a gritos y bebíamos botellines de cerveza.

El otro gran tejado que puede verse en la foto, justo encima de la Novena Compañía, era el gigantesco comedor. Pero..., ¡oh gran diseño militar!, la cocina (K) no estaba junto al comedor sino al Sur de nuestra Compañía por lo que los perolos del rancho tenían que ser transportados por los reclutas al aire libre.

Acabo con los restos de mi memoria señalando que los pabelloncitos situados al Oeste del recinto eran las Aulas (A) donde recibíamos las clases teóricas de defensa y ataque, es decir, de distinguir lo que era un “refugio” de un “abrigo”: uno de ellos (no recuerdo cual) era un lugar que te protegía del fuego y de las vistas del enemigo (por ejemplo, una roca) mientras que el otro te protegía de las vistas pero no del fuego (por ejemplo, un arbusto). Horas y horas nos pasamos con esa clase.

El último de los puntos señalados en el croquis de mayor detalle es el campo de la Jura de Bandera, una especie de gran plaza de armas asfaltada (PA) de la que creo tener alguna foto, porque para tan memorable ocasión los familiares sí podían llevar cámaras. El problema es que salieron muy mal y no tuve cuidado en guardarlas.

Más allá del Campamento propiamente dicho pero formando parte de mi memoria del lugar hay cuatro o cinco temas, imágenes o sensaciones que no puedo dejar de pasar por alto. La primera de ellas era el grandioso fondo que tenía detrás: la Sierra del Guadarrama. La fotografía que he encontrado en Panoramio exagera la proximidad mediante el procedimiento del teleobjetivo, pero lo cierto es que su presencia en tan desolado lugar era verdaderamente consoladora. Y más, con nieve, tal y como lucía en los meses de invierno en que me tocó estar allí.



Al pueblo solo salimos un par de domingos y lo recuerdo tan feo o más que el propio Campamento. Mi impresión será seguramente subjetiva porque formar parte de las oleadas de borregos que deambulaban por entre sus calles y su plaza no era algo que te levantara precisamente el ánimo pero la foto del edificio del Ayuntamiento que he encontrado en Panoramio no es tampoco como para elevarte la moral.



Mucha mejor impresión me dejaron los caminos hacia el Oeste por donde hicimos un par de marchas vespertinas/nocturnas. En esta foto tomada de Panoramio puede verse la belleza de un terreno en el que el célebre granito madrileño afloraba por doquier. La marchas nocturnas iban hasta la vía del ferrocarril Burgos Madrid, elemento que les daba un aire de Segunda Guerra Mundial o algo así.



El campo de tiro estaba situado justamente en el lado opuesto de las marchas, es decir, hacia el Este, justo debajo del Cerro San Pedro que da nombre al Campamento. El camino en los meses de invierno estaba completamente verde, era bonito y pasaba entonces por los decorados de un poblado construido como escenario para películas del Oeste americano. Ya no debe quedar nada de ese poblado porque he rastreado a ver si había alguna foto de Panoramio y no he conseguido ninguna. Pero la del Cerro vale la pena.



Si no fuera por la Sierra y los caminos, el CIR n1 podría ser un lugar para olvidar, o un Cascote, es decir, una arquitectura para... no dar jamás tu vida por defenderla, como enseñaban allí. Pero cuando no se puede salvar la arquitectura buenos son los Montes. A ver si hay suerte y ocasión y algún día subo al Guadarrama o al mismísimo Cerro de San Pedro (lo hice: ver Montes 197).

Bueno, pongo de remate la única foto que tengo del CIR. Aparte de la Novena Compañía puede verse detrás uno de los recios muros de los pabellones del complejo. Algo es algo.

viernes, 23 de abril de 2010

28. EL PATRONATO MILITAR VIRGEN DEL PUERTO. Santoña, Santander

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Hace trece años visité con mi mujer y mis hijas el que fue mi colegio internado entre los diez y los quince años e hice un buen reportaje fotográfico. Comiendo en Madrid no hace unas semanas, mi hija mayor me preguntó por aquel edificio y me pidió que le diera detalles. Tuve que pedir un bolígrafo a la camarera y según iba dibujando en las servilletas de papel sentí que me entusiasmaba con la gran riqueza de pabellones y patios que poseía aquel micromundo en que viví mi primera adolescencia. De vuelta a casa pensé que para poner en orden lo que fue una conversación de sobremesa debería sacar del cajón aquellas fotos y dedicarle un “edificio LHD” con todo merecimiento de causa. Sí, ya sé que corro el riesgo de incurrir en las batallitas del abuelo en vez de hablar de arquitectura, pero ese va a ser siempre el problema de ese apartado llamado “mis casas” que un día me propuse ir poniendo aquí. Como la presencia de los visitantes en las fotos tampoco va ayudar a separar la arquitectura de la nostalgia, si os animáis a seguirme en la visita, os pido un doble esfuerzo de comprensión, es decir, tratar de eliminar a los visitantes de la imagen para no tener que hacer un tremendo trabajo de photoshop. Bueno, dicho esto, vamos con ello.

No conozco la historia de ese edificio ni cómo se gestó, pero el caso es que cuando yo entré en él el 5 de octubre de 1963 para el curso 63-64 estaba perfectamente organizado para funcionar como internado e instituto de bachillerato. También venía funcionando como colonia veraniega para hijas de militares, y así fue como lo había visitado previamente, no sé si en el verano previo o el anterior, porque mis padres mandaron allí a una hermana mayor a pasar un mes de vacaciones. De paso lo conocimos todos y tomaron la decisión de internarme en él. Era costumbre entonces mandar a los hijos a estudiar en un internado (mis tres hermanos mayores estaban ya en sendos colegios religiosos en Javier y Murguía) y como ser el cuarto supondría ya un gasto considerable, la fórmula de enviarme a un patronato para hijos de militares, resultaba mucho más económica. El internado de invierno e instituto se había puesto en funcionamiento tan sólo tres años atrás, es decir, en el curso 1960-61, con dos cursos de bachillerato, 1º y 2º. Cuando yo entré había sólo cinco cursos, desde primero hasta quinto. En los años siguientes se fueron rellenando los dormitorios y las aulas hasta los siete cursos de que constaba por entonces el bachiller completo. Como digo, yo estuve allí hasta el curso 67-68, así que tuve más que tiempo de que el lugar dejara huella en mí. Pero dejemos ya los datos personales de una vez (darían para un blog entero) y entremos en la descripción de la riqueza espacial de ese pequeño mundo.

El emplazamiento del colegio es extraordinario: una parcela longitudinal frente a la bahía de Santoña con vistas al puntal de Laredo (por entonces un arenal sin ni una sola edificación). Entre el edificio y el agua, un gran espacio verde usado como campos de fútbol, y más allá del verde, un largo espigón sobre la pequeña y efímera playa, que sólo se descubría en marea baja. Esta es la vista desde el puntal de Laredo en una foto tomada hace un par de años:



En esta otra foto, que he tomado del Panoramio, se aprecia muy bien la relación del edificio, a la derecha, con el espacio abierto de juegos y el mar. Y al fondo a la izquierda se ve parcialmente la silueta del Monte Jano:




Lo curioso del caso es que siendo el Cantábrico un mar al Norte, la singularidad de la bahía hace que el edificio estuviese perfectamente orientado a Sur. Y ya que hablamos del sur, vaya aquí junto a la foto áerea de Google, la foto del puntal de Laredo en la visita de 1997, es decir, totalmente lleno de edificios de apartamentos veraniegos. Insisto, en 1963 no había apenas ningún edificio en él.





Acercándonos con Google Earth veremos ya la planta del colegio con todos sus pabellones, pero antes de eso me interesa comentar también que la perspectiva hacia el Noreste tenía aires montañeros, con el monte Buciero detrás y el cierre bélico de un viejo fortín habitado entonces por gitanos en plan “ocupa”.








Entrando en detalle, la siguiente imagen es la de la planta del colegio, en donde he puesto hasta 20 números para distinguir los edificios y espacios más representativos:



Describir cada uno de esos lugares con sus especiales características y la vida que se hacía en cada uno de ellos me llevaría mucho más de un post así que voy tan sólo a hacer una descripción telegráfica y a poner las fotos que tengo de aquella visita de 1997.

El edificio 1 (foto de presentación de este post) era el de la entrada principal y el de la dirección del centro, tanto del internado como del instituto. Tiene una decoración en piedra algo refitolera pero se puede aguantar. Lo importante es que da acceso al patio central (11) y a un corredor que lo circunda a modo de medio claustro cerrado con cristaleras. No tenía entonces ese torpe pedestal en el centro que le han hecho para la bandera, pero sí esas dos fuentecitas de agua cuyo uso tan frecuente las convertía en auténticos focos de vida







Los pabellones señalados con el n. 2 tenían tres plantas (voy a hablar siempre en pasado porque aunque el edificio aún está en pié mi referencia es la de los usos que tenía cuando lo habité). En la planta baja estaban las aulas orientadas a sur a las que se accedía por un gran pasillo usado como zona de recreo cuando el tiempo era lluvioso.








Por una escalera situada junto al patio central se subía a los dos pisos superiores destinados a dormitorios. Entre el cuerpo de la escalera y el pabellón propiamente dicho sobresalían unos pequeños cuerpos que correspondían a los aseos y baños de las tres plantas.


En el edificio n. 3 que puede verse en la foto de la fuentecita del patio detrás de la hilera de plátanos, estaba instalada una pequeña comunidad de monjas de hábito blanco que gobernaba los asuntos domésticos del centro. También contenía la consulta médica y una enfermería con camas. En planta baja, además estaba el aula específica de Dibujo Artístico.

Con el número 12 he señalado el patio de acceso al comedor (pabellón n. 4) lugar de paso que tenía una especial peculiaridad: la presencia del pequeño pabelloncito n. 10 donde vivían las “chicas” o “señoritas” que se ocupaban de la limpieza y servicio del colegio. Eran chicas jóvenes de entre 15 y 30 años que como se puede uno imaginar, constituían nuestro mayor referente femenino y erótico. (Es lógico que en la visita de las fotos pusiera allí a mis tres mujeres). Detrás de ellas puede observarse el paso cubierto y acristalado entre el pabellón de aulas y el comedor (edificio 4). El pabellón del comedor tenía dos plantas: el comedor abajo y arriba un aula gigantesca de usos múltiples.



Detrás de este paso aparecía otro patio alargado y sin cementar (13) que llevaba hasta la cocina (5), la lavandería (6) y el cine (7). Un gran patio donde todas las tardes hacíamos una larguísima fila para recibir la merienda junto a la puerta de la cocina.


Desde el patio central y en sentido opuesto se iba por un patio sin cementar a la capilla (pabellón n. 8), aunque lo normal era acceder a ella por un paso cubierto y acristalado similar al del comedor, que en esta foto se aprecia mejor:




Tras ese paso había un último patio cementado (15) cerrado al monte con una pared de frontón. Sin embargo, el uso más feliz de aquel espacio cuando yo estuve allí, fue el de cancha de baloncesto.




Detrás de la capilla, que como puede verse en la foto anterior era de una sola planta, había otro patio sin pavimentar y un pabellón que se estrenó justo el año en que yo llegué: el gimnasio (9).





La puerta verde que se ve justo delante del gimnasio era la del taller del mantenimiento de todo el colegio. Aún recuerdo lo serio que era el tipo que lo llevaba.

Me dejo algunas cosillas, como el campo de balonmano (16) que se construyó estando yo allí y en el que jugué en no pocas ocasiones (se puede ver en la foto que ilustra los pabellones n. 2), o el inaccesible jardín francés (17) que había delante del pabellón de aulas del lado del comedor, pero no me alargo más porque seguramente me volverían a salir recuerdos personales, y porque prefiero acabar el post con un pensamiento sobre arquitectura: el de que me es imposible imaginar que un arquitecto de nuestra época hubiera sabido hacer un edificio tan contundente, tan complejo y con un repertorio mínimo de patterns tan sencillos en un lugar tan excepcional.

jueves, 15 de octubre de 2009

15. MI ULTIMA CASA

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Creía que al proponerme escribir sobre las casas que he habitado a lo largo de mi vida iba a dar con un gran filón para este blog pero resulta que no me es fácil ponerme a decir algo razonable sobre ellas. Seguramente porque es un asunto muy íntimo. Puse hace tiempo la casa en que nací, y luego no he puesto más, así que no sé si al poner hoy la casa que tengo destinada a guardar mis restos habré concluido con este capítulo. Ya veremos.

Creo haber contado por algún lado (sí, en el blog de Anguciana, entrada LA DULA) que uno de mis primeros trabajos como estudiante de arquitectura fue levantar el plano del cementerio de Anguciana para el Ayuntamiento, entonces regido por mi padre. Recuerdo hasta los honorarios, siete mil pesetas de 1973, y el destino que las dí, una Bultaco Mercurio de quinta mano que aún tengo en un garaje. Me gustaría poder ver algún día ese plano porque reflejaba el estado anterior a la masiva construcción de nichos y panteones que se ha hecho en este cementerio durante los últimos treinta años, panteones, sobre todo, que han acabado con la imagen bucólica de tumbas en tierra y cruces de hierro negras que aún tenía por entonces.



Contemporánea de aquel interés de mi padre/alcalde por organizar el cementerio en su totalidad, fue la delimitación y reconstrucción de la propia parcela familiar situada en el rincón noroeste del recinto, junto a las paredes de la ermita. Y a fé que lo hizo bien y que ese lugar me encanta, porque lo hizo de un modo bastante desordenado y austero.

Para empezar se recogieron los restos de los frailes del convento, quienes seguramente por querencia hacia la propiedad del castillo que ellos ocuparon después de mi familia, se habían metido también en el terreno de la tumba familiar. En la pared quedó una placa conmemorativa de todos ellos, aunque sus restos debieron trasladarse al osario común que estaba más o menos donde luego se construyeron los nichos.



En su lugar se construyó un segundo depósito de féretros para la familia, pero a diferencia del viejo, que sobresale medio metro por encima de la rasante, se dejó a ras de tierra, lo que le da al lugar un cierto aire de provisionalidad que no tiene nada que ver con la eternidad de su destino. Recolocó la cruz que acompañaba de un modo poco ortodoxo al primer depósito (recuerdo que no lo hacía en la posición tradicional de cabecera, sino que estaba colocada simplemente a su lado), y delimitó el recinto con una cadena agarrada a otras dos piedras que podrían ser otras dos cruces truncadas como en el Gólgota.



Por supuesto no se puso ningún nombre ni soporte para que lo hubiera. Y me parece un detalle bellísimo. Aparte del “deshabillé” general, esa ausencia de titulares es seguramente lo más hermoso de ésta mi última casa: que nuestros restos se separen para siempre de nuestros nombres; que los nombres subsistan un poquito más en la memoria de los vivos y que los cuerpos o sus cenizas (solución ésta más higiénica, al parecer) vuelvan anónimamente y con la mayor humildad a la tierra.

En fin, uno nunca sabe cuánto durará la memoria de su nombre, ni si acabaré en ese lugar que tanto me gusta,-porque una cosa sí que tengo clara, y es que si muero lejos de él, nada me parece más tonto que andar transladando con gran gasto lo que no será sino polvo en cualquier parte del mundo. Prefiero, con mucho, contemplar con cariño ese lugar mientras viva y celebrar a mi padre como su arquitecto.

domingo, 14 de junio de 2009

11. MIS CASAS (1). Manuel Becerra 5. Madrid

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Yo he venido usando los blogs como depósitos de artículos pero la vocación inicial de los blogs parece que fue la de poner los diarios al alcance de los demás, y en consecuencia, la de alentar la escritura de diarios, un género literario que estaba en desuso. En general creo haber usado los blogs lejos de la idea del diario, pues he escrito siempre mis artículos con vocación pública, pero hoy sin embargo voy a transgredir esa línea y voy a empezar a colgar unas entradas mucho más personales, mucho más cerca de lo que es un diario o unas memorias que de los artículos.

Cuando escribí La conferencia de Nápoles conté que al final uno acaba siendo parte de las ciudades que habita, o viceversa, que uno acaba siendo conformado por ellas. Del mismo modo he pensado ahora que sería interesante hacer memoria de las casas que uno ha ido habitando para saber cómo uno se ha conformado. Al igual que en aquella conferencia voy a ponerme yo como ejemplo (no tengo otro más a mano) y voy a hacer un recorrido lo más prolijo posible por todas las casas o edificios que he habitado de un modo más o menos continuado. No sé si al final daría para un blog aparte, pero de momento las iré colocando aquí, en Edificios LHD, que es un lugar lo suficientemente abstracto como para que quepan en él.

Para abrir boca, pongo hoy la casa en que nací, y lo hago con el orgullo de poder decir que soy de los que aún vine al mundo en una casa, es decir, en un lugar concreto, en vez de hacerlo en el espacio anónimo de un quirófano de hospital.

La casa en que nací es esa de ahí arriba. Está en la Plaza Manuel Becerra número 5 de Madrid, plaza que siendo niño cambió de nombre a Plaza de Roma y que luego, ya no sé cuando, volvió a ser de Manuel Becerra. La casa hace esquina con la calle Ramón de la Cruz y según se mira la foto, el lado izquierdo es el que da a la plaza y el lado derecho el que da a la calle. Exactamente la habitación donde nací es la que del balcón que se ve en el extremo superior derecho de la casa, es decir, la del séptimo y último piso que, como queda dicho, da a la calle Ramón de la Cruz. Es una habitación que parece que está como colgada o aislada porque el resto del piso estaba retranqueado tras una amplia terraza que era nuestro espacio de recreo. El torreón de la esquina pertenecía a la otra mano.

La foto la hice en 1977, cuando estaba haciendo la mili, también en Madrid.

Desconozco la fecha de construcción de la casa, el arquitecto y el promotor, aunque ya me gustaría poder dar con ellos algún día. Lo que sí sé es que no hace mucho, algún arquitecto, aparejador o empresa de reformas de esas a las que les ha dado por el colorín, la ha transfigurado en esta casa rojiza que fotografié el pasado mes de diciembre:




No voy a entrar en análisis de cada casa ni mucho menos. Lo que me apetece es ir poniendo una casa tras otra para ver qué mundo hacen entre todas ellas. Y todo lo más, decir que además de nacer, viví en ella hasta los siete años y que luego volví a habitarla en 1977 cuando hice la mili en la Agrupación Obrera y Topográfica de Madrid y los militares nos dejaban dormir fuera del cuartel.