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jueves, 9 de mayo de 2013

70. EL VAUBAN. UN "ECOBARRIO" EN FREIBURG IM BREISGAU



Tomo prestada de internet esta foto de presentación del Vauban porque me da que ese famoso barrio de Friburgo que visité el domingo pasado, aunque tiene algunas cosas interesantes, encaja más con una ingenua ecología de anuncio político o de pequeños gestos y detalles que con un trabajo serio de recuperación de los valores de la ciudad.

Poco he encontrado en español sobre la historia del barrio, pero entre unas noticias y otras puedo resumir que fue un campamento militar ocupado desde la SGM por el ejército francés que el Ayuntamiento de Friburgo compró en 1993 tras la reunificación alemana, y que debido al peso de los Verdes en el gobierno municipal lo han ido promocionando y construyendo desde entonces como un "barrio ecológico".

Nosotros lo visitamos una soleada mañana de domingo de primeros de mayo en la que, por si fuera poca la alegría de la primavera, también había programada una carrera solidaria por la integración de los discapacitados en la vida social. No podía ofrecer por tanto mejor aspecto y mayor animación.


Visto en planta es un espacio oblongo en el que se agradece la sencillez del trazado urbanístico: una calle semipeatonal central Este-Oeste recorrida por los tranvías que llevan al centro de la ciudad y una serie de pastillas perpendiculares a ese eje lo suficientemente separadas entre sí como para permitir unos parquecillos intermedios.


Enseguida llaman la atención dos cosas: que hay muy pocos coches y que los espacios verdes intermedios están llenos de casetas para bicis y jardinerías.



Lo del almacenamiento de los coches parece haber sido resuelto a la americana, es decir, con dos grandes edificios parking, uno situado detrás de la plaza del barrio y otro en el cordón umbilical con la ciudad.



Explico lo del cordón umbilical con una planta general a escala algo menor que la anterior:


Como el barrio está ubicado al Sur de Friburgo, toda la vida del barrio sale por esa calle Norte Sur situada a la derecha de la foto, en donde justo abajo, vemos el segundo de los parkings que mostraba arriba.

También en esa imagen se aprecia una de las trampillas o trucos que tienen los espacios verdes de la zona sur y es que al dar a ese arroyo tan arbolado que cierra el barrio por ahí, parecen siempre mucho más tupidos o como metidos en el bosque.


En todo caso la edificación no sobrepasa nunca las cuatro alturas, siendo mayormente de tres (lo que nosotros llamamos como baja y dos), aunque lo que más se agradece es que en vez de grandes edificios se ha preferido cierto troceamiento del parcelario o de las promociones, dando lugar a una mayor diversidad de formas




En algunos bloquecitos un poco mayores, las terrazas al sur trazadas con cierta generosidad de anchura y sin mayores problemas de seguridad o privacidad, dan una imagen bastante amable, casi como de viviendas en la costa.


Más dudosas o infantiles son las intervenciones pictóricas en los viejos edificios existentes:



Blandenguerías que en algún caso llamativo contrastan con la formación ingenieril o artística de algunos de los arquitectos modernos a la hora de diseñar los accesos a algunos bloques, ay,  mediante ridículas pasarelas en el aire:


El abuso de los colorines infantiles se mitiga con la generosa utilización de la madera en suelos, fachadas o escaleras exteriores, recurso este último que nos recuerda al patrón recomendado por Alexander en su famoso Lenguaje de Patterns y que nos parece de lo más acertado del barrio.





Puestos a ser folklóricos, hasta hay reservada una calle para los carromatos de los viejos hippies.


Dicen los usuarios en alguna entrevista que leído por ahí que es un sitio estupendo para tener hijos pero que la homogeneidad cultural y social del barrio les hace pensar que no será su residencia para toda la vida.

En Friburgo, como en todas partes, hay barrios de bloques bastante más duros y sórdidos en las formas, aunque seguramente no tan homogéneos en el tipo de gente. Pero en la corona del casco viejo también hay barrios y calles con una calidad urbana muy superior a la que se ha podido conseguir en este ecobarrio. Posiblemente no sea tan fácil colocar en sus casas las mismas placas solares que en Vauban o en otros "ecobarrios", por lo que finalmente habrá que tomarlas como su genuina señal de identidad.





jueves, 4 de octubre de 2012

63. FREIBURG IM BREISGAU



A lo largo de los últimos treinta años en los que he tenido la suerte de visitar muchas ciudades del mundo, creo que sólo ha habido una que me ha llegado especialmente al corazón. Y no lo hizo por sus singulares condiciones paisajísticas, por su especial belleza, por su densidad histórica o por su grandiosa arquitectura. Al corazón no se llega por esas cosas. La Friburgo alemana (Freiburg im Breisgau) me emocionó por algo tan pequeño y sencillo como las acequias de sus calles.

Y es que siendo niño, mi pueblo, Anguciana, estaba lleno de ellas. Y digo siendo niño, porque según se fueron pavimentando las calles, se fueron tapando las acequias que las recorrían hasta desaparecer por completo. Fue un proceso del que apenas nos dimos cuenta, o que incluso saludamos como logro del progreso y del que tomé honda conciencia cuando visité por primera vez Friburgo en el año 1991.

He rastreado todo mi blog de Anguciana en busca de fotos antiguas en las que se pudieran ver las acequias que corrían por el pueblo, pero sólo he encontrado un par de ellas.


A los pies de ese niño sentado al comienzo de la plaza de la iglesia, pasaba una acequia de derecha a izquierda que llegaba hasta la esquina de las escuelas y que usábamos, precisamente, para lavarnos las manos antes de entrar en ella. Lo primero que hacíamos al entrar en la escuela era ponernos en fila para enseñar las manos al maestro y demostrar que las traíamos limpias y listas para el uso de libros y cuadernos. Y si no te las veía limpias te atizaba en las manos con la regla para que bajaras de nuevo a la acequia a lavártelas. Se puede apreciar en la foto el paso de hormigón entre la plaza del Ayuntamiento y la plaza de la Iglesia. Cuando se pavimentó la segunda y se tiraron las escuelas la acequia desapareció.

Como fueron desapareciendo todas y cada una de las acequias que recorrían sus calles y que en ocasiones, como vemos en esta otra foto a las afueras del pueblo, servían incluso para hacer la colada o limpiar los alimentos.


El sistema de acequias que recorría el pueblo no era sino continuidad del sistema de regadío de las huertas que se ubicaban al pie de las casas. Muchas de esas huertas también han ido desapareciendo así que me temo que me va a costar un poco reconstruir sobre el plano de Google Earth el esquema de sus acequias, pero a fe que lo voy a hacer. Aunque sólo sea por rescatarlas para la memoria, ya que no creo que se vuelvan nunca a recuperar.

Friburgo es una ciudad de rango muy superior a mi pueblo y bastante menos necesitada de regadío de huertas, por lo que la irrigación de sus calles tendría más que ver con motivos sanitarios o estéticos.


En cualquier caso, y a sabiendas de su convulsa historia, lo primero que hice en aquella visita de 1991 fue comprar un libro de fotografías de la ciudad sobre el terrible periodo de su reconstrucción, entre 1944 y 1952.

Lo ojeo ahora para ver cómo fueron apareciendo las acequias de sus calles bajo los escombros y como las conservaron. El alcance de la destrucción es verdaderamente impactante:



Y como ya observé en la reconstrucción de Berlín (v LHD n18) lo primero que los alemanes pusieron en funcionamiento para levantar la ciudad fue hacer circular el tranvía. Pero lo que nos sorprende ahora y me causa admiración es que junto a la reconstrucción de las vías, los friburgueses recuperaron también las acequias de sus calles y no aprovecharon el caos y la renovación para taparlas.





No hay nadie en el mundo que no se haya sentido fascinado por el espectacular contraste que producen las calles de Venecia, de Amsterdam, de Gante o de San Petesburgo cuando en lugar de calzadas para vehículos nos encontramos con canales para góndolas y barcas, pero yo no he visto nunca elogiar esa otra simbiosis urbana entre calle y agua, mucho más delicada, útil y sencilla, como es la de las acequias corriendo alegres por las calles.


De ahí la ilusión que me hace escribir esta nota, especialmente cuando el destino ha querido que una de mis hijas haya elegido esa ciudad para vivir: una ciudad con calles como las del pueblo de mi niñez.